Tatiana Delgado (Unidad y Lucha).— Hace unas semanas Rodrigo Cuevas, artista asturiano reivindicó en La Revuelta, programa de máxima audiencia televisiva, el indulto para Las 6 de la Suiza, y explicó el caso denunciando que el consejo de ministras y ministros a pesar de las múltiples peticiones del indulto para las sindicalistas llevaba casi un año de retraso después de su entrada en prisión, el propio presentador ignoraba la situación de las compañeras encarceladas, al día siguiente mis compañera de trabajo tampoco sabían nada, una semana después, en plena semana santa, el gobierno socialdemócrata y que se considera a sí mismo de izquierdas, concedía el indulto a las compañeras, condenadas a una pena individual de tres años y medio de prisión y a una multa. El castigo, objetivo y subjetivo se ha cumplido, por un lado, se criminaliza la acción sindical y por otro se levanta un muro de silencio en torno al caso.
El caso de “Las seis de La Suiza” no es un exceso judicial ni una excepción: es una advertencia clara, directa y sin maquillaje que expresa los límites de la democracia burguesa que ha sentado en el banquillo al sindicalismo combativo, solidario y de clase. Este caso no es una anomalía, ha puesto en juego el alcance real de los derechos sindicales cuando estos se ejercen de manera efectiva.
El conflicto parte de una situación cotidiana laboral: una trabajadora que denuncia acoso y vulneración de derechos, y que recurre a la organización colectiva. La intervención de la CNT fiel a la tradición del movimiento obrero: acción directa, solidaridad y presión pública, como herramientas para equilibrar la relación profundamente desigual de capital y trabajo. Sin embargo, es precisamente la eficacia de estas la que es perseguida y condenada.
Y aquí está la cuestión: el sindicalismo solo es aceptable si es dócil, si negocia sin molestar, si no cuestiona. En cuanto empieza a hacer daño —económico, reputacional o político— se activa toda la maquinaria represiva. Porque lo que realmente se castiga no es una supuesta ilegalidad, sino la eficacia de la lucha.
La sentencia es profundamente política. Cuando se afirma que las protestas fueron “coercitivas” porque afectaron al negocio, lo que se está diciendo es que la presión obrera no puede tener consecuencias reales. Es decir: puedes protestar o quejarte, pero sin incomodar. Puedes organizarte, pero sin poner en riesgo los intereses del empresario. En cuanto cruzas esa línea, deja de ser un derecho y pasa a ser un delito.
Desde esta perspectiva, la sentencia cumple una función que va más allá de lo jurídico. Tiene un claro carácter ejemplarizante, con un mensaje inequívoco: cuando la acción colectiva produce efectos reales, puede ser objeto de persecución penal.
El paso por todos los tribunales —hasta el Supremo y el Constitucional— no ha hecho más que reforzar esa idea. No hay fisuras cuando se trata de defender el capital, el orden social. Y cuando finalmente llega el indulto parcial, no es justicia: es cálculo. Llega tarde, después de la cárcel y pagar la multa, después de señalar, asustar, disciplinar. El indulto del gobierno socialdemócrata no repara la injusticia, su función es gestionar sus efectos una vez cumplido el objetivo principal: el castigo y la advertencia. Es una medida política que alivia la presión social, pero que no cuestiona el fondo del problema.
Su ingreso en prisión no buscaba solo encerrarlas a ellas. Buscaba meter miedo en cada centro de trabajo, en cada sindicato, en cada persona que se plantee plantar cara. Es un aviso: “esto es lo que pasa si vais demasiado lejos”.
Pero hay algo que no han conseguido, que se quedaran solas frente al poder del estado. La solidaridad, las movilizaciones, la presión desde abajo han demostrado que la clase trabajadora sigue teniendo fuerza cuando se organiza. Que cuando tocan a una, respondemos muchas. Que la lucha, aunque la quieran criminalizar, sigue siendo el único camino real para defender derechos. Porque cuando la justicia castiga la defensa colectiva, lo que está en juego es la capacidad misma de la clase trabajadora para defenderse, y en este caso así ha sido con las Seis de la Suiza a la cabeza.

