El fascismo no murió: vive, prospera y gobierna.
Por André Abeledo Fernández
Hay quienes se sorprenden. Hay quienes fingen sorprenderse. Y hay quienes llevamos años avisando de lo que estaba pasando mientras la socialdemocracia miraba para otro lado, ocupada en gestionar el sistema en lugar de transformarlo. La ultraderecha no ha surgido de la nada: ha sido cultivada, tolerada y en muchos casos financiada por los mismos poderes económicos que financiaron al fascismo hace noventa años. Nada nuevo bajo el sol.
Vivimos una situación terrible. La ultraderecha y el fascismo se han fortalecido en Europa y en el mundo. En los Estados Unidos, el país militarmente más poderoso del planeta, gobierna la extrema derecha neofascista. Los poderes económicos, una vez más, apoyan a la ultraderecha y al neofascismo, igual que en su momento apoyaron al fascismo histórico.
Y mientras tanto, la socialdemocracia vuelve a traicionar a la clase trabajadora y da la espalda a la realidad, como el «burgués asustado que es el peor de los fascistas».
Pero hay algo que en el Estado español tiene una especificidad que no podemos ignorar: aquí el fascismo nunca fue derrotado. Aquí el fascismo murió en la cama. Y eso tiene consecuencias que todavía pagamos.
La toma del poder por parte del fascismo en Europa es un peligro, pero en el Estado español es una realidad: el fascismo continúa vivo y activo en las estructuras del poder. Por eso existe una «Fundación Francisco Franco» que exalta la figura del dictador genocida con total impunidad legal, mientras se persigue a quienes enarbolan banderas republicanas o reivindican la memoria de los fusilados. Ahí están las prioridades del sistema.
Los Reyes de España son herencia directa de los deseos del dictador genocida Francisco Franco, un franquismo que pidió al nazismo que eliminase a miles de españoles en el campo de concentración nazi de Mauthausen.
Y sin embargo, la monarquía sigue siendo intocable para los grandes medios, para los partidos del régimen, para quienes consideran que la Transición fue un éxito modélico. Modélico para quién, habría que preguntarse.
El franquismo pervive en los apellidos de los jueces que condenan a sindicalistas. Pervive en los cuarteles donde todavía cuelgan retratos que deberían estar en un museo de la vergüenza. Pervive en la Iglesia que cobró por bendecir los fusilamientos y que nunca devolvió lo que robó. Pervive en los registros de la propiedad donde figuran tierras expropiadas a familias republicanas. No es una metáfora: es una continuidad material, institucional, estructural.
El fascismo en España significó un genocidio ideológico del que este país nunca hizo el duelo necesario. Alemania juzgó a sus nazis, Italia procesó a sus criminales de guerra. Aquí los nietos de los que fusilaban son diputados, empresarios, obispos. Y la impunidad se llama estabilidad democrática.
La ultraderecha de hoy no nació en un garaje. Nació en ese humus de impunidad, de memoria silenciada, de fosas sin abrir. Vox no es una anomalía: es la expresión más honesta de lo que siempre estuvo ahí, debajo de la alfombra del consenso. El PP ha gobernado durante décadas defendiendo que no había nada que depurar, que había que pasar página sin leerla. Pues bien: la página no pasada se llama hoy ultraderecha organizada, financiada y con representación parlamentaria en media Europa.
Ante el racismo y la xenofobia no vale ponerse de perfil. No vale el equidistantismo cobarde de quienes equiparan al agresor con el agredido, al verdugo con la víctima. El antifascismo no es una opción política más: es una obligación moral e histórica. La fuerza del fascismo reside, más que en nada, en el hecho lamentable de la división de las fuerzas capaces de oponerse a su avance. Lo dijo José Díaz Ramos hace noventa años y sigue siendo verdad hoy.
La clase trabajadora no puede permitirse el lujo de la fragmentación mientras la derecha cierra filas. No podemos seguir discutiendo de siglas mientras ellos avanzan. La unidad popular no es un eslogan bonito: es la única herramienta que históricamente ha frenado al fascismo. Las urnas ayudan, pero no bastan. Fue la movilización en las calles, en los centros de trabajo, en los barrios, lo que en su día dobló el espinazo al fascismo allí donde fue derrotado.
Aquí aún queda mucho por hacer. Las fosas siguen cerradas, las leyes de memoria siguen sin aplicarse del todo, la Fundación Franco sigue existiendo. Mientras eso sea así, no podemos hablar de democracia plena. Podemos hablar de una democracia incompleta, heredera de una dictadura que no se depuró. Y esa herencia, compañeras y compañeros, la pagan cada día los de abajo.
El fascismo no murió. Se disfrazó. Y ahora vuelve sin disfraz.
André Abeledo Fernández

