Mercadona: el Imperio del Miedo que enferma a sus trabajadores.
Detrás de la imagen de empresa modelo y de los datos de facturación millonaria, se oculta un sistema de control laboral que tritura la dignidad de quienes trabajan en sus establecimientos.
Hay empresas que construyen su reputación sobre el marketing, sobre la liturgia del éxito empresarial que los grandes medios de comunicación repiten hasta el agotamiento. Mercadona es una de ellas. Juan Roig lleva décadas siendo presentado como el empresario modélico, como el ejemplo a seguir, como el hombre que supo construir un imperio desde la humildad y el trabajo. Pero lo que no cuentan, lo que los grandes titulares ocultan con esmero, es el precio humano que pagan quienes trabajan en ese imperio.
Quien haya pisado la trastienda de un supermercado Mercadona —no como cliente, sino como trabajador— sabe de lo que hablo. Lo saben las cajeras que arrastran tendinitis por los ritmos de escaneado impuestos. Lo saben los reponedores que cargan bultos a contrarreloj bajo la mirada permanente de los indicadores de productividad. Lo saben quienes, para poder levantarse cada mañana y presentarse a su turno, necesitan medicarse. Y eso, compañeras y compañeros, no es un modelo de éxito: es un escándalo social que debería avergonzar a cualquier sociedad que se diga civilizada.
No hay modelo empresarial exitoso que se sostenga sobre la salud rota de su clase trabajadora.
La presión como sistema, no como excepción.
Lo que Mercadona ha construido no es simplemente una empresa exigente. Ha construido una cultura del miedo. Una arquitectura de control tan perfectamente diseñada que muchos trabajadores ni siquiera son conscientes de que están siendo sometidos a ella. Los objetivos de productividad se presentan como retos, como motivación, como algo natural en el entorno laboral moderno. Pero cuando esos objetivos son inalcanzables sin dañar el propio cuerpo y la propia mente, cuando el trabajador debe elegir entre su salud o su empleo, estamos ante una forma de violencia laboral sistematizada.
La estructura jerárquica vertical que impone la empresa no deja margen para la disidencia. Los mandos intermedios son correa de transmisión de esa presión hacia abajo, y ellos mismos están atrapados en el mismo sistema. Nadie queda fuera de la lógica del control. El trabajador no es una persona: es un recurso, y como tal se gestiona. Se mide, se cronometra, se compara y se descarta cuando ya no rinde al nivel exigido.
Lo que la empresa no quiere que sepas:
Altos índices de patologías musculoesqueléticas y ansiedad laboral entre la plantilla.
Presión sobre trabajadores en situación de baja médica para que se reincorporen antes de tiempo, bajo amenaza de perder complementos salariales.
Restricciones a la representación sindical independiente: se favorece la negociación con sindicatos afines a la dirección.
Ritmos de trabajo diseñados para maximizar la productividad por encima de los límites ergonómicos recomendados.
Clima de vigilancia permanente que genera estrés crónico y deterioro de la salud mental.
La trampa de los altos salarios:
Se nos dice que Mercadona paga bien. Y es cierto que los sueldos están por encima de la media del sector. Pero eso no es generosidad patronal: es el precio que la empresa paga para justificar una exigencia desmesurada y para atar al trabajador a una cadena dorada de la que cuesta mucho salir. Cuando llevas años en la empresa, cuando tienes hipoteca e hijos, cuando los sueldos del sector son miserables en comparación, ¿a dónde vas? La trampa está perfectamente diseñada. El salario no es un derecho conquistado: es una correa.
Y así se explica el silencio. El trabajador de Mercadona aprende pronto que hay cosas que no se dicen, quejas que no se expresan, derechos que no se ejercen si uno quiere conservar su puesto. La libertad sindical, reconocida por la Constitución y por todos los convenios internacionales del trabajo, se convierte dentro de esta empresa en un ejercicio de resistencia personal frente a una maquinaria que la hostiga sistemáticamente.
El silencio del trabajador no es conformidad: es el resultado del miedo que la empresa ha cultivado con maestría.
La respuesta sindical como única salida
Frente a todo esto, la respuesta no puede ser individual. El trabajador que se enfrenta solo a Mercadona pierde. Siempre. La única herramienta eficaz que hemos construido históricamente la clase trabajadora es la organización colectiva, el sindicato combativo, la solidaridad de clase. No los sindicatos que van a negociar a la dirección sin cuestionar el modelo, sino los sindicatos que ponen el poder económico de la empresa al servicio de quienes la sostienen con su trabajo y su salud.
En Galicia, la CIG ha venido denunciando esta realidad durante años. No siempre con el eco mediático que merece, porque los grandes medios no tienen interés en incomodar a uno de sus mayores anunciantes. Pero la denuncia está ahí, documentada, sostenida por testimonios reales de trabajadores reales que han pagado con su cuerpo y con su bienestar los beneficios millonarios de Juan Roig.
La clase trabajadora no necesita empresarios modelo. Necesita derechos garantizados, representación sindical libre, inspección de trabajo con recursos reales, y una sociedad que deje de aplaudir a quien construye su fortuna sobre la precariedad ajena. Mercadona no es un ejemplo: es una advertencia. Y mientras sigamos mirando hacia otro lado, seguirá habiendo trabajadores que se medican para poder sobrevivir a su jornada laboral. Eso, en una sociedad justa, no debería ser tolerable. Pero aquí estamos.
André Abeledo Fernández
Delegado sindical de la CIG en Mercadona (A Coruña)

