Gaza: el genocidio que occidente decidió no ver.
Por André Abeledo Fernández
Llamémoslo por su nombre. No es un conflicto. No es una operación de seguridad. No es una respuesta defensiva. Es un genocidio. Un genocidio en directo, retransmitido en tiempo real, documentado por periodistas que mueren mientras lo cuentan, por médicos que operan sin anestesia, por madres que escriben los nombres de sus hijos en las piernas antes de dormir, por si los encuentran muertos al amanecer.
Gaza está siendo arrasada. No hay otra forma de decirlo. Hospitales bombardeados, escuelas convertidas en refugios y luego en escombros, campos de refugiados atacados desde el aire. El derecho internacional no es papel mojado: es papel quemado. Y quienes deberían aplicarlo miran hacia otro lado o, directamente, firman los cheques para que siga.
Porque esto no se sostiene sin los Estados Unidos. Eso hay que tenerlo claro. Israel no es una potencia autónoma que actúa por su cuenta: es el gendarme que Washington mantiene en Oriente Próximo para garantizar el control estratégico de la región, el acceso a los recursos, la estabilidad del orden imperial. Cada bomba que cae sobre Gaza lleva sello norteamericano. Cada tanque que aplasta una familia lleva tecnología financiada por el Congreso. Cada veto en el Consejo de Seguridad de la ONU lleva la firma de un presidente demócrata o republicano, que en esto no hay diferencia que valga.
Los Estados Unidos no son cómplices del genocidio: son sus patrocinadores. La diferencia no es semántica. El cómplice mira y calla. El patrocinador paga, arma y protege diplomáticamente. Eso es lo que hace Washington desde hace décadas, sin importar qué partido ocupe la Casa Blanca. Obama bombardeó siete países. Trump entregó Jerusalén. Biden envió armas mientras pedía moderación con la boca. El imperialismo tiene sus propias reglas y ningún presidente las cambia: las administra.
Y Europa, ¿qué hace Europa? Europa hace lo que mejor sabe hacer cuando el amo habla: obedecer y justificarse. Los gobiernos europeos, con honrosas y escasas excepciones, se han colocado del lado del agresor con una velocidad que debería avergonzar a cualquiera que haya pronunciado alguna vez la palabra Holocausto con respeto. El mismo occidente que construyó su identidad moral sobre las cenizas de Auschwitz mira cómo se repite la lógica del exterminio y busca los matices, exige la proporcionalidad al bombardeado, pide contención a quien entierra a sus hijos bajo los escombros.
Es una hipocresía tan descomunal que ya ni siquiera se molestan en disimularla.
Cuando Rusia invadió Ucrania, occidente se levantó como un solo hombre: sanciones, armas, solidaridad, banderas en los perfiles de las redes sociales. Cuando Israel arrasa Gaza, los mismos gobiernos piden diálogo, invocan la complejidad del conflicto y se abstienen en las votaciones de la ONU. La conclusión es tan obvia que duele: no todas las vidas valen lo mismo para occidente. Nunca valieron.
No nos engañemos: el silencio de los gobiernos europeos no es cobardía ni ignorancia. Es una decisión política consciente. Callan porque sus intereses económicos, estratégicos y militares están alineados con Washington. Callan porque Israel es el aliado preferente en una región llena de petróleo y de rutas comerciales. Callan porque reconocer el genocidio implicaría consecuencias jurídicas, diplomáticas y económicas que no están dispuestos a asumir. El cinismo tiene un precio, y ellos lo pagan a gusto mientras otros lo pagan con sus vidas.
Los pueblos, sin embargo, no callan. Las calles de Madrid, Londres, París, Berlín, se han llenado una y otra vez de ciudadanos que sí son capaces de llamar genocidio al genocidio. Trabajadores, estudiantes, jóvenes que no entienden por qué sus gobiernos financian con sus impuestos a quien bombardea hospitales. Esa brecha entre los gobiernos y sus pueblos es una de las grietas más reveladoras del momento que vivimos: la democracia liberal no representa a sus ciudadanos cuando los intereses del capital apuntan en otra dirección.
El movimiento BDS crece. Las universidades se movilizan. Los sindicatos llaman al boicot. Los jueces de La Haya, presionados por la evidencia, abren procedimientos. No es suficiente. No es suficiente mientras los bombardeos continúan, mientras los camiones de ayuda humanitaria esperan en la frontera y los niños mueren de hambre y de sed en el siglo XXI, a pocas horas en avión de los parlamentos que hablan de valores y derechos humanos.
La historia juzgará este momento.
Juzgará a los gobiernos que callaron. Juzgará a los medios que pusieron comillas al genocidio y hablaron de «enfrentamientos». Juzgará a los líderes que estrecharon la mano del verdugo y hablaron de «derecho a la defensa» mientras se enterraba a familias enteras. Y juzgará también a quienes pudiendo hablar decidieron guardar silencio para no incomodar al poderoso.
Palestina libre. Desde el río hasta el mar.
André Abeledo Fernández

