Venezuela: el crimen que occidente llama operación.
Por André Abeledo Fernández
En la madrugada del 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses irrumpieron en Caracas y se llevaron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores. Lo hicieron de noche, con helicópteros, con armas, con la prepotencia de quien lleva décadas creyendo que el mundo entero es su patio trasero. Lo llamaron operación. Lo llamaron captura. Pero tiene otro nombre: secuestro. Violación flagrante de la soberanía de un pueblo. Acto de guerra contra una nación independiente.
El propio Maduro, ante el juez en Nueva York, lo dijo con claridad: «No soy culpable, soy un hombre decente, sigo siendo el presidente de mi país.» Y añadió: «Fui secuestrado.» «Soy un prisionero de guerra.» Puede uno estar de acuerdo o en desacuerdo con Maduro, con su gobierno, con sus políticas. Eso es legítimo y forma parte del debate político. Lo que no es legítimo, lo que no tiene ninguna justificación bajo ningún marco legal ni moral, es que el ejército de una potencia extranjera entre en la capital de un país soberano y se lleve a su presidente.
Porque eso es exactamente lo que hizo Trump. El operativo, que duró aproximadamente cuarenta minutos, fue ordenado por el presidente Donald Trump tras meses de preparación. Meses planificando una invasión. Meses preparando la violación de todos los tratados internacionales que existen. Y ejecutándola con la tranquilidad de quien sabe que nadie de peso le va a pedir cuentas.
Trump declaró después que Estados Unidos «tomará el control» de Venezuela hasta que haya una transición. Ahí está todo. Sin eufemismos, sin diplomacia, sin el mínimo pudor. El imperialismo con el rostro descubierto: yo entro, yo capturo, yo decido quién gobierna y quién no. El siglo XIX con tecnología del siglo XXI.
Y occidente, ¿qué hizo occidente? Lo de siempre. Mirar hacia otro lado, buscar los matices, hablar de narcotráfico y de democracia como si eso justificara invadir un país. Los mismos que llenan la boca con el derecho internacional cuando les conviene, los mismos que invocan la soberanía nacional cuando hablan de Ucrania, callaron o aplaudieron cuando las botas norteamericanas pisaron Caracas. La hipocresía tiene límites que occidente lleva décadas superando sin ruborizarse.
China fue de los pocos que alzaron la voz, pidiendo a Estados Unidos que liberara «inmediatamente» al presidente Maduro y a su esposa, que cesara sus esfuerzos por subvertir el gobierno venezolano y que resolviera el problema mediante el diálogo. Mientras tanto, los gobiernos europeos guardaban un silencio que es en sí mismo una toma de posición. El silencio ante un crimen es complicidad.
El saldo del operativo: decenas de militares venezolanos y cubanos muertos, civiles fallecidos, soldados norteamericanos heridos. Una operación de guerra presentada como actuación policial. Bombas y helicópteros para detener a un hombre acusado de narcotráfico. Si la excusa fuera el narcotráfico, habría que empezar por varios aliados estratégicos de Washington en la región, cuyos vínculos con el narco están documentados y no generan ninguna operación militar.
No nos engañemos: Venezuela tiene petróleo. Venezuela tiene recursos. Venezuela lleva décadas siendo un mal ejemplo para el orden imperial, un país que se atrevió a decir que los recursos naturales son del pueblo y no de las multinacionales. Eso es lo que no se perdona. Eso es lo que se paga. No el narcotráfico, no los derechos humanos, no la democracia: la osadía de intentar otro modelo.
El Partido Socialista Unido de Venezuela calificó la captura como un secuestro y exigió el regreso de su líder. Tienen razón en el diagnóstico aunque sea parte interesada. Porque independientemente de lo que uno piense de Maduro, lo que ocurrió esa madrugada en Caracas fue un secuestro de Estado perpetrado por la mayor potencia militar del mundo contra un país que no tiene capacidad de respuesta simétrica. Eso no es justicia. Es impunidad con uniforme.
La clase trabajadora venezolana, la que sufrió las sanciones, la que pagó con escasez y miseria la presión imperial durante años, vuelve a pagar ahora con incertidumbre e intervención extranjera. Porque cuando cae un gobierno en estas condiciones, no suele venir la democracia detrás. Suele venir el caos, la privatización y la entrega de los recursos al mejor postor con pasaporte norteamericano.
Venezuela no es un problema de Maduro. Venezuela es un problema del imperialismo. Y mientras no lo entendamos así, seguiremos siendo espectadores de cómo el más fuerte hace y deshace a su antojo, con nuestro silencio como aval.
Patria o muerte. La soberanía de los pueblos no se negocia.
André Abeledo Fernández

