Fidel no fue un ángel. Fue algo más necesario: un símbolo de que otro mundo es posible.
El imperialismo lleva décadas tratando de enterrar la revolución cubana. No lo ha conseguido. Y eso, por sí solo, ya dice mucho.
(André Abeledo Fernández. Militante comunista · CIG · A Coruña)
«El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación.»— Ernesto Che Guevara
Hay una operación ideológica que se repite con una precisión casi quirúrgica cada vez que alguien nombra a Fidel Castro en un medio de comunicación burgués: reducirlo a dictador, a tirano, a caudillo tropical. El objetivo es siempre el mismo. No se trata de analizar a un hombre. Se trata de desacreditar una idea. Se trata de convencer a la clase trabajadora de que es imposible organizarse, tomar el poder, y construir algo diferente. Se trata, en definitiva, de que nadie se atreva a soñar.
Pues bien: yo me atrevo. Y no porque sea ingenuo, sino porque la historia no miente cuando se lee entera, no a retazos.
Cuba antes de 1959 no era una democracia con algunos problemas. Cuba era una colonia de facto del imperialismo norteamericano. Era una isla donde la United Fruit Company y los casinos de la mafia de Lansky dictaban la política económica. Donde Batista, ese sí un dictador de manual, torturaba y desaparecía opositores con el beneplácito de Washington. Donde la mortalidad infantil se cebaba con los hijos de la clase trabajadora mientras los hijos de los ricos veraneaban en Miami.
Esa era la Cuba «libre» que tanto añoran los que hoy viven cómodamente en el exilio de Florida, llorando una propiedad que nunca labraron con sus manos.
«La revolución no fue un golpe de estado. Fue un pueblo harto de ser pisoteado decidiendo, por fin, ponerse en pie.»
La revolución del 59 no fue perfecta. Ninguna revolución lo es, porque las revoluciones las hacen seres humanos en condiciones de presión extrema, rodeados de enemigos reales y poderosos. Lo que sí fue la revolución cubana fue real. Y sus logros, también reales, son los que el establishment mediático se empeña en silenciar o minimizar con la misma dedicación con la que amplifican cada crítica.
Hablemos de esos logros, que de los errores ya se ocupan con entusiasmo los voceros del capital. Cuba tiene hoy una de las tasas de mortalidad infantil más bajas del hemisferio occidental. Más baja que la de Estados Unidos, ese faro de libertad que nos ilumina desde el norte. Cuba erradicó el analfabetismo en menos de un año, con una campaña que movilizó a decenas de miles de jóvenes al campo, con cartillas y lámparas de gas. Eso no se improvisa. Eso se hace cuando un gobierno trabaja para el pueblo, no para los accionistas.
Cuba ha enviado médicos a más de sesenta países cuando había terremotos, epidemias, catástrofes. No vendedores de armas. No asesores militares. Médicos. Eso se llama internacionalismo proletario. Eso es exactamente lo que el Che, que no era un adorno de camiseta sino un hombre que lo entregó todo, quería decir cuando hablaba de moral comunista.
Nadie que se tome en serio el marxismo puede defender que la historia se cuenta en blanco y negro, con santos y demonios. Eso es la propaganda burguesa, no el análisis de clase.
Pero hay una diferencia abismal entre la crítica honesta que busca aprender y avanzar, y la demonización sistemática que busca paralizar. La que practican los grandes medios, financiados por los mismos poderes que llevan más de sesenta años asfixiando a Cuba con un bloqueo criminal, no es análisis. Es guerra psicológica. Y hay que llamarla por su nombre.
Porque ese bloqueo, del que tanto se habla en abstracto, es una realidad de carne y hueso para la clase trabajadora cubana. Es medicamentos que no llegan. Es piezas de recambio que no pueden comprarse. Es un país al que se intenta estrangular económicamente para que su pueblo, desesperado, eche la culpa a la revolución en lugar de al imperialismo que lo estrangula. Ese es el plan. Y funciona, porque muchos lo compran sin rechistar.
«Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre.» — Karl Marx
Fidel Castro resistió. Eso es innegable incluso para sus enemigos más acérrimos. Resistió a diez presidentes norteamericanos. Resistió la invasión de Bahía de Cochinos, financiada por la CIA. Resistió más de seiscientos intentos de asesinato documentados. Resistió el derrumbe de la Unión Soviética, que dejó a Cuba sola frente al huracán. Y Cuba siguió en pie. Con dificultades enormes, sí. Pero en pie.
Eso no es el mérito de un hombre solo, naturalmente. Es el mérito de un pueblo organizado que decidió que su dignidad no estaba en venta. Pero sería deshonesto no reconocer que Fidel fue el eje de esa resistencia durante décadas. Y que su figura, con todas sus contradicciones, representó para millones de trabajadores y trabajadoras en América Latina, en África, en Asia, la prueba viva de que el Imperio no era invencible.
«Cuando un pueblo decide ponerse en pie, ni el más poderoso de los imperios puede obligarlo definitivamente a arrodillarse.»
Los que hoy atacan a Fidel desde la comodidad de sus despachos o sus platós televisivos nunca han tenido que tomar una decisión con un fusil apuntándoles a la cabeza, con el bloqueo más largo de la historia moderna asfixiando a su país, con la primera potencia mundial financiando su desestabilización. Juzgar desde ese privilegio es fácil. Demasiado fácil.
La clase trabajadora de este Estado español, que conoce bien lo que es tener a los poderes económicos en contra, que sabe lo que cuesta conquistar cada derecho y lo rápido que te lo arrancan cuando bajas la guardia, debería reconocer en la revolución cubana algo propio. Porque el enemigo es el mismo: el capital, que no tiene bandera pero sí tiene clase.
No se trata de idealizar. Se trata de entender. Se trata de aprender. Se trata de no dejar que nos roben la memoria histórica de los pueblos que han luchado, igual que no dejamos que nos roben la nuestra.
Fidel Castro ha muerto. La revolución cubana sigue viva. Y mientras haya trabajadores que prefieran la dignidad a la sumisión, seguirá siendo una llama que el imperialismo, por mucho que sople, no conseguirá apagar.
¡Hasta la victoria siempre!
André Abeledo Fernández

