La unidad de la izquierda: reconstruir la conciencia de clase para cambiar la sociedad
La izquierda no necesita parecerse más a la derecha para ganar elecciones. Necesita volver a parecerse al pueblo trabajador. Ahí está la clave de todo.
Durante demasiados años la izquierda ha olvidado algo fundamental: sin conciencia de clase no existe transformación social posible. Se ha sustituido la organización por el marketing político, la militancia por la estrategia de despacho y la defensa de los trabajadores por luchas internas absurdas que solo benefician a quienes siempre han mandado.
Mientras la derecha económica sigue perfectamente organizada defendiendo sus intereses de clase, una parte de la izquierda continúa dividida en pequeños espacios incapaces de comprender que el enemigo no está en quien comparte el 90% de tus ideas, sino en quienes condenan a millones de personas a salarios miserables, precariedad, privatizaciones y pobreza.
La unidad de la izquierda no puede construirse únicamente alrededor de siglas, liderazgos o acuerdos electorales. Eso es insuficiente y además profundamente frágil. La verdadera unidad solo puede construirse desde abajo, desde la clase trabajadora, desde los barrios, desde los centros de trabajo, desde el sindicalismo combativo y desde la movilización social.
Porque la izquierda será popular o no será nada.
La gente trabajadora no necesita discursos vacíos ni guerras de egos permanentes. Necesita soluciones reales a sus problemas cotidianos: vivienda digna, salarios justos, servicios públicos fuertes, sanidad pública, educación pública, pensiones dignas y derechos laborales. Necesita volver a sentir que existe una izquierda que habla su idioma y que defiende sus intereses sin complejos.
Y para eso hace falta recuperar algo que durante años intentaron destruir: la conciencia de clase.
Nos hicieron creer que ya no existían clases sociales. Que todos éramos clase media. Que el individualismo era modernidad y que la solidaridad era una idea anticuada. Pero la realidad ha terminado desmontando esa gran mentira neoliberal.
Hoy millones de trabajadores no llegan a fin de mes mientras unos pocos acumulan beneficios obscenos. Los jóvenes no pueden emanciparse. La vivienda se ha convertido en un negocio para fondos buitre. Los servicios públicos son atacados constantemente mientras se rescatan bancos y grandes empresas. Y ante todo esto la extrema derecha crece alimentándose del miedo, la frustración y el abandono social.
La ultraderecha no avanza porque tenga soluciones. Avanza porque una parte del pueblo trabajador siente que nadie le representa. Y cuando la izquierda abandona el conflicto social y la defensa de la mayoría trabajadora, otros ocupan ese espacio con odio, racismo y falsas respuestas.
Por eso la unidad es hoy una necesidad histórica.
Pero unidad no significa uniformidad. La izquierda siempre ha sido diversa y eso no es un problema. El problema aparece cuando las diferencias secundarias pesan más que los objetivos comunes. Cuando el sectarismo se convierte en una forma de hacer política. Cuando algunos prefieren mantener pequeñas parcelas de poder antes que construir una alternativa fuerte capaz de cambiar las cosas.
La izquierda debe aprender nuevamente a cooperar, a debatir desde el respeto y a comprender que ningún espacio político por sí solo podrá transformar la sociedad.
Hace falta una izquierda valiente, que no tenga miedo de hablar de explotación, de lucha de clases, de redistribución de la riqueza y de poder económico. Una izquierda que vuelva a señalar a los verdaderos responsables de la desigualdad y que deje de asumir los marcos ideológicos impuestos por el neoliberalismo.
Y sobre todo hace falta una izquierda que vuelva a ilusionar.
Porque cuando la izquierda conecta con la vida real de la gente trabajadora, cuando escucha más y habla menos desde la superioridad moral, cuando acompaña los conflictos sociales y laborales, cuando se compromete de verdad con el pueblo, entonces la esperanza vuelve a abrirse camino.
La historia demuestra que todos los derechos sociales conquistados fueron fruto de la organización colectiva y de la lucha popular. Nada fue regalado.
Por eso el reto de nuestro tiempo no es únicamente ganar elecciones. El verdadero reto es reconstruir una mayoría social consciente, organizada y solidaria capaz de defender sus intereses frente a quienes quieren convertir todos los derechos en mercancía.
La unidad de la izquierda no puede basarse solamente en repartirse puestos. Debe basarse en un proyecto común de transformación social y justicia para la mayoría trabajadora.
Porque solo recuperando la conciencia de clase podremos frenar a la ultraderecha.
Y solo desde la unidad popular podremos construir una sociedad más justa, más igualitaria y más humana.
André Abeledo Fernández

