
El ciclista (Unidad y Lucha).— La jornada laboral de 8 horas es uno de los logros históricos del movimiento obrero. Desde los 80 del siglo pasado luchan los sindicatos para conseguir la semana laboral de 35 horas. Los empresarios no querían bajar ni un minuto de las 40 horas y la derecha la calificaba de “absurda, estúpida y descabellada”. Después de muchas huelgas el 1 de octubre 1995 se firmó en Alemania el primer convenio colectivo de la semana laboral de 35 horas.
En 1998 llegaron los alumnos modelo del neoliberalismo, los verdes y los socialdemócratas, al gobierno modificando profundamente la legislación laboral. La palabra mágica tanto entonces como hoy: flexibilización. En aquella época del cambio de siglo igual que hoy son las clases populares que cargan con los costes de la crisis económica.
El gobierno de derecha junto con la socialdemocracia vuelve a empeorar las condiciones de trabajo y recortar las prestaciones para los sectores más vulnerables. Las condiciones más restrictivas de la prestación de subsistencia castigan a los ya excluidos.
Desde el punto de vista de los capitalistas y sus políticos sumisos, recortar derechos no sirve sólo para acosar a los desempleados y crear un gigantesco sector de bajos salarios, también permite trasladar los recursos al gasto militar y un objetivo fundamental es disciplinar a la plantilla fija. La amenaza de perder el nivel de vida alcanzado en caso de perder el empleo surte efecto.
Ante los 130 000 puestos de trabajo industriales que se destruyeron el año pasado, incluso las plantillas relativamente bien organizadas son susceptibles al chantaje. La patronal quiere recortes salariales, suprimir las pagas de Navidad así como otros pagos extraordinarios previstos en los convenios colectivos.
En el primer trimestre de este año, según datos de la Oficina Federal de Estadística, otros 486 000 personas, es decir, un 1,1 %, han perdido su empleo. Este descenso prolongado es una tendencia negativa que se viene registrando desde el verano de 2025. Los sectores más afectados por la destrucción de empleo son la industria manufacturera (menos 2,1 %) y la construcción ( -1,1 %).1 Estas pérdidas se vieron compensadas por ligeros aumentos en el sector de servicios, crearon unos 45 000 puestos y los servicios públicos de educación y sanidad crecieron notablemente, con 181 000 puestos de trabajo más (+1,5 %). Un dato interesante es que el volumen de trabajo total se mantuvo sin cambios, con 15 700 millones de horas: es decir hay menos personas que trabajan pero muchos tienen que realizar horas extras – pagadas o no.
Los representantes del capital exigen que se trabaje más horas aun y con“mayor flexibilidad”, además piden la modificación de la Ley de Jornada Laboral, y la ministra de trabajo del partido socialdemócrata obedece vendiendo la reforma – abolir la jornada de 8 horas – como mejora para conciliar trabajo y vida familiar. Si se aprobara este cambio en el futuro se permitiría una jornada laboral de 12 horas y 15 minutos, y una semana laboral de seis días. “En casos extremos, los empresarios podrían obligar a sus empleados a trabajar 73,5 horas a la semana”, critican los especialistas en derecho laboral.
La mayor flexibilidad que esgrimen como justificación las patronales y el Gobierno resulta, al analizarla detenidamente, una tontería neoliberal. Los horarios de trabajo ya presentan un alto grado de flexibilidad y el trabajo según necesidad de la empresa forma parte desde hace tiempo de la rutina laboral de muchos trabajadores.
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1 En estos momentos se están produciendo intensos debates e incluso negociaciones concretas sobre la posibilidad de fabricar modelos de automóviles chinos en las fábricas alemanas de Volkswagen.

