Maradona fue el Dios del fútbol de los pobres que nunca se arrodilló ante los poderosos

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Maradona fue el Dios del fútbol de los pobres que nunca se arrodilló ante los poderosos.

Hay futbolistas extraordinarios. Hay leyendas. Hay ídolos. Y después está Diego Armando Maradona.

Porque Maradona no fue solamente el mejor jugador de fútbol de la historia. Fue algo mucho más incómodo para los poderosos: un hombre que nunca olvidó de dónde venía. Un niño nacido en Villa Fiorito, en uno de los barrios más humildes de Argentina, que llegó a la cima del mundo sin dejar de mirar hacia abajo, hacia los que seguían luchando para llegar a fin de mes.

Por eso todavía molesta.

No les molesta únicamente el futbolista que humilló a Inglaterra en México 86. No les molesta solamente el genio capaz de marcar el mejor gol de la historia de los Mundiales después de recorrer medio campo dejando rivales por el camino. Lo que realmente les molesta es que aquel hombre, convertido en multimillonario y en una de las personas más famosas del planeta, jamás aceptó convertirse en un sirviente de los poderosos.

Maradona nunca le lamió las botas al amo yanqui.

Mientras hoy abundan los deportistas que se fotografían sonrientes con multimillonarios, presidentes, magnates o dirigentes responsables de guerras y sufrimiento, Diego eligió otro camino. Se reunió con Fidel Castro, admiró al Che Guevara, apoyó la Revolución Cubana, defendió la causa palestina, respaldó a Hugo Chávez, a Evo Morales, a Lula y a todos aquellos gobiernos y movimientos que, con sus aciertos y errores, intentaban plantar cara al poder económico internacional.

Por eso lo odiaban.

Porque Diego no era neutral.

Y la neutralidad, en un mundo dividido entre explotadores y explotados, casi siempre beneficia a los de arriba.

Resulta curioso observar cómo algunos sectores que se presentan como progresistas terminan coincidiendo con la derecha más reaccionaria cuando hablan de Maradona. Unos y otros utilizan exactamente el mismo argumento: sus errores personales.

Que si sus excesos. Que si sus adicciones. Que si su vida privada. Que si sus contradicciones.

Como si hubieran descubierto algo nuevo.

Claro que Maradona tuvo defectos. Claro que cometió errores. Muchos. Algunos muy graves. Él mismo los reconoció públicamente en numerosas ocasiones. Pero parece que hay quienes solo son capaces de mirar sus sombras mientras ignoran deliberadamente todo lo demás.

Porque Diego no fue un santo.

Y nunca pretendió serlo.

Era un ser humano nacido en la pobreza extrema que alcanzó una fama descomunal siendo apenas un muchacho. Un hombre sometido durante décadas a una presión mediática que pocos podrían soportar. Un personaje lleno de contradicciones, como lo son casi todos los grandes personajes de la historia.

Sin embargo, sus críticos parecen exigirle una perfección moral que jamás exigen a banqueros, empresarios, reyes o presidentes responsables de decisiones que afectan a millones de personas.

A Maradona se le juzga como si hubiera sido un jefe de Estado.

Pero Diego era futbolista.

Y fue el mejor.

No robó países. No provocó guerras. No arruinó la vida de millones de trabajadores. Sus errores, en gran medida, acabaron dañándole sobre todo a él mismo.

Lo que hizo en el terreno de juego fue otra cosa.

Allí fue arte.

Allí fue magia.

Allí fue revolución.

Maradona convirtió al Nápoles, el equipo de la Italia pobre y despreciada, en campeón frente a los gigantes ricos del norte. Hizo campeón del mundo a Argentina cargándose el equipo a la espalda. Fue capaz de cambiar la historia de clubes y selecciones prácticamente él solo.

Y precisamente por eso millones de personas siguen queriéndolo.

Porque representaba la posibilidad de que uno de los nuestros derrotara a los de arriba.

Porque cuando Inglaterra seguía simbolizando para muchos argentinos el recuerdo reciente de Malvinas, Diego les marcó dos goles que entraron directamente en la historia universal del fútbol. Uno con la picardía de los barrios humildes. El otro con una obra de arte irrepetible.

Mientras algunos siguen llorando por la Mano de Dios cuarenta años después, olvidan convenientemente el gol en el que dejó atrás a media selección inglesa para demostrar quién era realmente el mejor futbolista que había pisado un campo.

Pero Maradona era mucho más que fútbol.

Era pueblo.

Era barrio.

Era conciencia de clase incluso cuando tenía millones en la cuenta bancaria.

Porque nunca dejó de sentirse uno de los de abajo.

Por eso organizaba partidos benéficos para ayudar a niños enfermos. Por eso defendía causas impopulares. Por eso hablaba sin permiso y sin pedir disculpas. Por eso conectó con millones de trabajadores en Argentina, en Nápoles, en Cuba, en Venezuela y en cualquier rincón del planeta donde hubiera gente humilde soñando con derrotar a gigantes.

Los poderosos tienen héroes impecables, educados y obedientes.

Los pobres tuvieron a Maradona.

Con todas sus contradicciones.

Con todas sus luces y sombras.

Con todos sus errores.

Y precisamente por eso era auténtico.

No hace falta justificar cada aspecto de su vida para reconocer su grandeza. No hace falta compartir todas sus decisiones para entender lo que representó. No hace falta construir un santo para rendir homenaje a un hombre que marcó una época.

Porque Diego fue mucho más que una biografía.

Fue un símbolo.

Un símbolo de rebeldía.

De orgullo popular.

De resistencia.

Y de dignidad frente a quienes siempre han querido que los de abajo bajen la cabeza.

Dijo una vez Maradona que se arrepentía del 99% de las cosas que había hecho en la vida, pero que el otro 1%, el fútbol, compensaba todo lo demás.

Quizás porque sabía que cuando entraba en un campo dejaba de ser simplemente Diego.

Se convertía en algo mucho más grande.

En el Dios futbolístico de los pobres.

 

André Abeledo Fernández

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