Mercadona: beneficios millonarios, despidos y trabajadores enfermos
Cada vez que se habla de Mercadona, una parte importante de los medios de comunicación se apresura a construir el mismo relato: una empresa modélica, moderna, eficiente y preocupada por sus trabajadores. Un relato cuidadosamente elaborado durante años mediante campañas de imagen, publicidad institucional y una extraordinaria capacidad para conseguir que muchos periodistas, tertulianos y opinadores repitan sin cuestionar el discurso oficial de la compañía.
Sin embargo, detrás de esa imagen de empresa ejemplar existe una realidad muy diferente que conocen perfectamente miles de trabajadores y trabajadoras.
Mercadona lleva décadas acumulando beneficios multimillonarios. Los obtuvo durante los años de crecimiento económico, durante la crisis financiera, durante los años de recuperación y también durante la pandemia, cuando millones de personas atravesaban enormes dificultades económicas y sociales. Mientras pequeños comercios cerraban sus puertas y muchas familias sufrían para llegar a fin de mes, la compañía de Juan Roig continuaba aumentando sus ingresos y consolidando su posición dominante en el sector de la distribución.
Pero esos beneficios no parecen servir para garantizar la estabilidad laboral de toda su plantilla.
En Galicia, la implantación del nuevo modelo de tienda ya está provocando que sobren trabajadores y trabajadoras. La propia representación sindical de la CIG denuncia que la apertura de estas nuevas instalaciones implica una reducción de personal que ya se traduce en traslados forzosos y en una creciente incertidumbre sobre el futuro de numerosos puestos de trabajo.
La pregunta es sencilla: si una empresa gana miles de millones de euros, ¿por qué necesita reducir plantilla? ¿Por qué aumenta la presión sobre los trabajadores? ¿Por qué cada vez hay menos personal para realizar más tareas?
La respuesta es igualmente sencilla: porque para determinados modelos empresariales nunca es suficiente.
Nunca es suficiente obtener beneficios. Nunca es suficiente aumentar la productividad. Nunca es suficiente mejorar los resultados. Siempre quieren más.
Y ese «más» suele salir del mismo sitio: de la espalda, de la salud y de los derechos de quienes levantan la empresa cada día.
Los trabajadores denuncian desde hace años una presión constante para reducir bajas, para incrementar ritmos de trabajo y para asumir cargas laborales cada vez mayores. No es casualidad que las declaraciones de Juan Roig sobre el absentismo hayan generado tanta polémica. El presidente de Mercadona ha insistido repetidamente en presentar las bajas laborales como un problema para las empresas, alimentando un discurso que termina señalando a quienes enferman como si fueran sospechosos de algo.
Pero enfermar no es un privilegio.
Enfermar no es un fraude.
Enfermar no es absentismo.
Enfermar es una realidad humana.
Los trabajadores no son máquinas. No son códigos de barras. No son números en una hoja de cálculo. Son personas que sufren lesiones, enfermedades, ansiedad, estrés y agotamiento físico después de años soportando ritmos de trabajo cada vez más intensos.
Cuando una empresa obtiene beneficios récord mientras reduce personal y aumenta la presión sobre quienes permanecen en plantilla, el problema no son las bajas laborales. El problema es un modelo laboral basado en exprimir al máximo a los trabajadores.
Resulta especialmente llamativo el silencio de buena parte de la clase política ante estas situaciones. Gobiernos de distinto color político han convertido a Mercadona en un ejemplo empresarial mientras miraban hacia otro lado cuando surgían denuncias sobre condiciones laborales, despidos o conflictos sindicales.
Tampoco sorprende la actitud de las cúpulas de los sindicatos mayoritarios, demasiado acostumbradas a la paz social y a la negociación de despacho. Mientras tanto, son los sindicatos de clase que continúan presentes en los centros de trabajo los que siguen denunciando abusos, defendiendo a los despedidos y enfrentándose a las presiones empresariales.
Por eso es tan importante la labor que está realizando la CIG.
La empresa se niega a ofrecer explicaciones claras sobre el impacto de las nuevas tiendas en el empleo. Se niega a reunirse para responder a preguntas legítimas de la representación sindical. Los trabajadores quieren saber qué ocurrirá con sus puestos de trabajo, cuántos traslados habrá y si se producirán nuevos despidos. Son preguntas razonables. Son preguntas democráticas. Son preguntas que cualquier empresa que presume de transparencia debería responder.
Sin embargo, la respuesta es el silencio.
Y cuando una empresa calla ante la preocupación de sus trabajadores, normalmente es porque las respuestas no son precisamente tranquilizadoras.
Por eso es fundamental apoyar las movilizaciones convocadas por la CIG contra los despidos, los traslados forzosos y los abusos laborales. Porque la defensa del empleo no afecta únicamente a quienes trabajan hoy en Mercadona. Afecta al conjunto de la clase trabajadora.
Cada derecho que se pierde en una empresa termina debilitando los derechos de todos.
Cada despido injustificado abre la puerta a nuevos despidos.
Cada traslado impuesto sirve de precedente para futuras imposiciones.
Y cada vez que un trabajador tiene miedo de coger una baja médica por temor a represalias, pierde toda la sociedad.
La riqueza de Mercadona no la crea Juan Roig desde un despacho. La crean miles de trabajadores que descargan mercancías, reponen estanterías, atienden cajas, limpian instalaciones y soportan la presión diaria para que los beneficios sigan creciendo.
Por eso quienes generan la riqueza merecen respeto, estabilidad laboral y derechos.
No despidos.
No traslados forzosos.
No represalias.
Y desde luego no campañas de maquillaje mediático destinadas a ocultar una realidad que cada vez más trabajadores están dispuestos a denunciar.
Frente al silencio, organización.
Frente a los abusos, movilización.
Y frente a quienes consideran que los beneficios empresariales están por encima de la salud y la dignidad de las personas, solidaridad de clase y apoyo a la CIG en la defensa de los puestos de trabajo y de los derechos laborales.
André Abeledo Fernández

