Venezuela necesita solidaridad, no hipocresía
Cuando un pueblo sufre una tragedia de dimensiones devastadoras, las diferencias ideológicas deberían quedar en un segundo plano. Lo primero son las personas. Lo primero son las vidas humanas. Lo primero son quienes han perdido a sus seres queridos, quienes han visto cómo su hogar quedaba reducido a escombros y quienes hoy afrontan el futuro con el dolor, la incertidumbre y el miedo como únicos compañeros.
Venezuela atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. Miles de familias han sido golpeadas por una catástrofe que nadie merece sufrir. En estos momentos no toca hacer cálculos políticos ni aprovechar el sufrimiento ajeno para defender posiciones ideológicas. Toca algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: ayudar.
La solidaridad internacional no puede ser una fotografía ni un titular de prensa. Debe traducirse en equipos de rescate, hospitales de campaña, medicinas, alimentos, maquinaria para retirar escombros y todos los recursos necesarios para salvar vidas. Cada hora cuenta. Cada persona rescatada es una victoria de la humanidad frente a la tragedia.
Pero la solidaridad también exige memoria.
Durante años Venezuela ha soportado sanciones económicas, bloqueos y múltiples medidas que han dificultado enormemente su desarrollo. Independientemente de las posiciones políticas que cada uno pueda mantener sobre el Gobierno venezolano, quienes consideran que esas medidas han perjudicado al conjunto de la población sostienen que ahora existe una obligación moral de contribuir a la recuperación del país y de eliminar aquellos obstáculos que dificulten la reconstrucción.
Los anuncios de ayuda humanitaria, aunque siempre bienvenidos cuando sirven para salvar vidas, resultan insuficientes frente a una tragedia de esta magnitud. Venezuela necesita mucho más que gestos simbólicos. Necesita un auténtico compromiso internacional para reconstruir viviendas, hospitales, escuelas, carreteras e infraestructuras esenciales.
Europa tampoco puede permanecer impasible. Todo aquello que dificulte la recuperación del pueblo venezolano debería ser revisado con urgencia. Cuando un país ha sido golpeado por una catástrofe de semejante magnitud, la prioridad debe ser facilitar su reconstrucción y no añadir nuevas dificultades.
La reconstrucción debería apoyarse sobre tres pilares fundamentales: ayuda humanitaria inmediata para salvar vidas; un gran plan internacional que permita reconstruir las zonas devastadas; y la eliminación de todos aquellos obstáculos que impidan al pueblo venezolano recuperarse con rapidez.
En medio de tanto dolor, quiero expresar también una alegría personal. Mi familia política en Venezuela ha sufrido daños materiales, pero, afortunadamente, no pérdidas humanas irreparables. Y eso, en un momento como este, lo cambia todo. Las casas pueden volver a levantarse. Los bienes materiales pueden recuperarse. La vida, no.
Conozco la enorme capacidad de resistencia del pueblo venezolano. He visto cómo afrontan las dificultades cotidianas con una mezcla admirable de dignidad, ingenio y solidaridad. Estoy convencido de que volverán a levantarse. Pero ningún pueblo debería hacerlo solo cuando el mundo tiene capacidad para tenderle la mano.
Hoy no hacen falta discursos grandilocuentes. Hace falta humanidad.
Hace falta menos hipocresía y más solidaridad.
Hace falta menos castigo y más cooperación.
Hace falta menos propaganda y más rescates.
Desde aquí envío un abrazo enorme a todo el pueblo venezolano. Mi pensamiento está con quienes buscan desesperadamente a sus familiares entre los escombros, con quienes lloran a sus seres queridos y con quienes, pese al dolor, no pierden la esperanza de encontrar vida donde todavía quedan ruinas.
Ojalá las próximas horas traigan muchos rescates, muchas buenas noticias y el comienzo de la reconstrucción.
Porque Venezuela no necesita compasión.
Necesita justicia, solidaridad y la ayuda de toda la comunidad internacional.
André Abeledo Fernández

