Lumumba sigue en pie
Hay hombres a los que pueden asesinar, pero jamás derrotar. Patrice Lumumba fue uno de ellos.
Lo secuestraron, lo torturaron, lo entregaron a sus verdugos y finalmente lo asesinaron. Después intentaron borrar incluso su recuerdo, disolviendo su cuerpo en ácido para que no quedara ni una tumba donde su pueblo pudiera llorarlo. Pero fracasaron.
Porque hay ideas que son más fuertes que las balas, más resistentes que las cárceles y más duraderas que los imperios.
Lumumba fue el héroe de la independencia congoleña, un patriota valiente y un socialista convencido que defendió algo tan sencillo y tan revolucionario como que las inmensas riquezas del Congo debían servir para mejorar la vida de los congoleños y no para enriquecer a las multinacionales extranjeras ni a las viejas potencias coloniales.
Ese fue su verdadero crimen.
No podían permitir que el pueblo congoleño tomara el control de sus recursos. No podían tolerar que un dirigente africano hablara de dignidad, soberanía y justicia social. Por eso fue perseguido. Por eso fue derrocado. Por eso fue asesinado.
La responsabilidad de aquel crimen histórico recae sobre quienes conspiraron para aplastar la libertad del Congo: los sectores colonialistas belgas, los intereses económicos extranjeros, los traidores internos y también quienes desde organismos internacionales miraron hacia otro lado mientras se consumaba una de las mayores infamias del siglo XX.
Pero la historia tiene una extraordinaria capacidad para hacer justicia.
Décadas después de su asesinato, Lumumba sigue vivo en la memoria de millones de personas. Vive en el Congo. Vive en África. Vive en todos aquellos rincones del mundo donde se lucha contra la explotación, el colonialismo y la dominación de los poderosos sobre los pueblos.
Y a veces la memoria adopta formas tan sencillas como hermosas.
Durante el Mundial, millones de personas conocieron la historia de Michel Nkuka, el aficionado congoleño conocido como «Lumumba». Inmóvil durante los noventa minutos de cada partido, convertido en una auténtica estatua humana, rinde homenaje al líder independentista asesinado.
Su viaje para acompañar a la selección congoleña estuvo lleno de obstáculos. Problemas burocráticos, dificultades económicas, visados, autorizaciones y una interminable sucesión de trabas que parecían impedir su presencia. Sin embargo, perseveró. Como perseveran siempre los pueblos que se niegan a rendirse.
Y cuando finalmente pudo estar junto a su selección, no representaba únicamente a un aficionado. Representaba una memoria colectiva. La memoria de un pueblo que no olvida a quienes dieron su vida por su libertad.
Quizás Patrice Lumumba no pudo contemplar una victoria de su país en una Copa del Mundo. No pudo ver muchas de las conquistas por las que luchó. Le arrebataron demasiado pronto la posibilidad de seguir construyendo el futuro de su nación.
Pero consiguió algo mucho más importante.
Se ganó el respeto eterno de los hombres y mujeres honestos del mundo.
Porque los imperialistas pudieron destruir su cuerpo, pero nunca pudieron destruir su ejemplo.
Y mientras exista una persona dispuesta a recordar su nombre, mientras exista un congoleño que reivindique su legado o un pueblo que siga luchando por su soberanía y su dignidad, Patrice Lumumba seguirá en pie.
Como una estatua que ningún ácido podrá jamás disolver.
André Abeledo Fernández

