Refugiados de primera y de segunda: el doble rasero de Occidente
Hay una pregunta incómoda que Europa lleva demasiado tiempo evitando: ¿valen todas las vidas lo mismo?
Si atendemos a las políticas migratorias, a la cobertura de los grandes medios de comunicación y a la respuesta de buena parte de los gobiernos occidentales, la respuesta parece evidente: no.
No todos los refugiados son bienvenidos. No todas las víctimas reciben la misma solidaridad. No todas las guerras ocupan portadas. No todas las invasiones provocan sanciones. No todas las tragedias conmueven las conciencias.
Hay refugiados de primera y refugiados de segunda.
Cuando millones de personas huyeron de la guerra en Ucrania, Europa abrió sus fronteras con rapidez. Era lo correcto. Quien escapa de las bombas merece protección, solidaridad y un futuro digno.
La pregunta es por qué esa misma humanidad desaparece cuando quienes llaman a nuestras puertas son familias sirias, afganas, palestinas, yemeníes, sudanesas o saharauis. ¿Qué cambia? ¿Su sufrimiento? No. Lo único que cambia es el origen, el color de la piel, la religión o los intereses geopolíticos que hay detrás de cada conflicto.
Porque el problema nunca ha sido la capacidad para acoger. El problema ha sido la voluntad política.
Mientras unas guerras monopolizan los informativos, otras desaparecen deliberadamente del mapa mediático. Palestina sigue sufriendo una devastación que ha provocado una enorme crisis humanitaria. Yemen continúa siendo escenario de una de las mayores catástrofes humanitarias del planeta tras años de guerra. Sudán se desangra en un conflicto brutal. Haití vive atrapado entre la violencia, el hambre y la inestabilidad. Somalia, Mozambique y tantas regiones africanas siguen acumulando muertos mientras el silencio informativo se convierte en una forma más de abandono.
El pueblo saharaui continúa esperando que algún día se cumpla el derecho internacional y pueda decidir libremente su futuro. Décadas de exilio en los campamentos de refugiados de Argelia apenas merecen unos segundos en los telediarios. Lo que no aparece en pantalla parece dejar de existir.
Miles de personas siguen atravesando desiertos, selvas y mares huyendo de guerras, persecuciones, hambre o miseria. No buscan privilegios. Buscan sobrevivir.
Sin embargo, cuando llegan a las fronteras de Europa o de Estados Unidos encuentran alambradas, muros, concertinas, devoluciones en caliente y discursos de odio que los presentan como una amenaza.
Resulta especialmente hipócrita escuchar a determinados dirigentes políticos hablar de derechos humanos mientras respaldan intervenciones militares, venden armas a regímenes autoritarios o guardan silencio cuando sus aliados vulneran sistemáticamente la legalidad internacional.
Las mismas potencias que tantas veces dicen defender la democracia han participado directa o indirectamente en conflictos, cambios de régimen e intervenciones cuyas consecuencias siguen pagando millones de personas inocentes. Después llegan los refugiados. Pero las causas que los obligaron a abandonar sus hogares rara vez ocupan el centro del debate.
Y entonces aparecen quienes culpan a los propios migrantes.
Como si fueran responsables de las guerras.
Como si hubieran elegido nacer bajo las bombas.
Como si abandonar tu casa, perder a tu familia y jugarte la vida en una patera fuera un privilegio y no una tragedia.
El racismo y la xenofobia no siempre se expresan con insultos. A veces se manifiestan estableciendo categorías entre seres humanos. Decidiendo qué muertos importan y cuáles pueden olvidarse. Determinando qué niños merecen solidaridad y cuáles solo inspiran indiferencia.
Ese es el verdadero fracaso moral de Occidente.
No puede haber derechos humanos a la carta. No puede haber solidaridad selectiva. No puede haber legalidad internacional para unos países e impunidad para otros dependiendo de quién sea el aliado de turno.
El internacionalismo no consiste en defender únicamente a quienes nos resultan cercanos o convenientes. Consiste en defender la dignidad humana allí donde sea pisoteada, sin preguntar el color de la piel, la bandera, la religión o el pasaporte de las víctimas.
Porque una vida palestina vale lo mismo que una ucraniana. Una familia yemení vale lo mismo que una europea. Un niño saharaui tiene exactamente los mismos derechos que cualquier otro niño del mundo.
Mientras existan refugiados de primera y de segunda, mientras unas guerras sean visibles y otras permanezcan deliberadamente ocultas, no podremos hablar de una comunidad internacional guiada por los derechos humanos, sino por los intereses económicos y geopolíticos de quienes siguen decidiendo qué tragedias merecen nuestra atención y cuáles pueden quedar enterradas bajo el silencio.
André Abeledo Fernández

