El petróleo, la bandera y el látigo: Groenlandia y Ceuta, dos caras de la misma sumisión
Mientras el imperio norteamericano ensaya en Groenlandia su vieja gramática colonial —desembarcar equipo antes que firmar permisos, imponer hechos consumados antes que negociar soberanías—, en el sur de Europa la extrema derecha continental afila los mismos cuchillos contra España. No es casualidad. Es la misma lógica de dominación aplicada a dos escenarios distintos: allá se ocupa territorio ajeno con contenedores y taladros; aquí se amenaza con expulsar a un Estado miembro de sus propias estructuras de integración por no haber sabido —o no haber querido— hacer de muro fronterizo para el imperio y su vasallo sionista.
Groenlandia: el hecho consumado como método imperial.
El Gobierno de Nuuk lo ha dicho con la contundencia de quien ya no puede fingir sorpresa: Greenland Energy, empresa tejana vinculada al entorno de Donald Trump, ha desembarcado equipos de perforación en la costa oriental de la isla sin autorización vigente. El material —cientos de contenedores trasladados desde Tasiilaq hasta Nerlerit Inaat— apunta a la región de Jameson Land, donde la compañía calcula reservas de crudo por valor de un billón de dólares. Groenlandia dejó de conceder licencias petroleras en 2021 por razones ambientales, y los pozos previstos se sitúan, según ha denunciado el medio de investigación danés Danwatch, en una zona protegida por el Convenio de Ramsar sobre humedales. Nada de esto ha frenado el calendario: la empresa prevé que un buque zarpe de Canadá el 12 de septiembre con 300 contenedores más, y que la primera perforación arranque en octubre.
No hace falta inventar tramas ocultas para ver el patrón: converge en este proyecto un donante republicano, un expresentador televisivo convertido en activo político —Phil McGraw, el tristemente célebre «Dr. Phil»— y un veterano de la Marina estadounidense vinculado al programa de defensa antimisiles Golden Dome. Que Larry Swets, presidente de Greenland Energy, se apresure a negar cualquier relación con las aspiraciones anexionistas de Trump sobre Groenlandia solo confirma que el desmentido es ya, en sí mismo, parte del guion. Dos días después de conocerse el desembarco sin permiso, Trump publicó en Truth Social una imagen suya cerniéndose amenazante sobre un poblado groenlandés. La coincidencia temporal habla más que cualquier comunicado de prensa.
Esto es el imperialismo del siglo XXI: no necesita ya tanques ni cañoneras, le basta con una empresa privada, un vacío regulatorio y la certeza de que el Estado nación agredido —aunque sea escudo autónomo de una potencia de la OTAN como Dinamarca— carecerá de la fuerza real para revertir el hecho consumado una vez ejecutado. Groenlandia puede emitir todas las «advertencias firmes» que quiera; el petróleo, mientras tanto, sigue su curso hacia Jameson Land.
Ceuta: la ultraderecha europea al servicio del mismo amo.
Y mientras el imperio ensaya en el Ártico su vieja fórmula de la ocupación silenciosa, en el sur de Europa sus vasallos hacen el trabajo sucio de otra manera: convirtiendo una tragedia humana —decenas de muertos en la frontera de Ceuta— en munición política contra España. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, y la ministra de Interior finlandesa, Mari Rantanen, se han sumado sin pudor a la propuesta de Giorgia Meloni de estudiar la suspensión de España del espacio Schengen. Frederiksen, que se presenta como socialdemócrata, no ha dudado en pedir que la UE «considere todas las opciones, incluida la suspensión de la cooperación de Schengen». Rantanen ha ido más lejos, acusando directamente a España de «fracasar por completo» en la protección de la frontera exterior y sentenciando que los países que no cumplan esa función no pueden seguir en el club.
Que sea precisamente la derecha italiana de Meloni quien marque el paso, y que socialdemócratas nórdicos corran a aplaudir, retrata con precisión quirúrgica el estado de la socialdemocracia europea: vaciada de contenido de clase, convertida en administradora dócil de las fronteras que el capital y el imperio le exigen gestionar. No defienden a sus pueblos, no defienden ni siquiera una idea de Europa social; obedecen. Y quien obedece de esa manera —arrastrándose ante Washington y ante Tel Aviv, alineándose con la extrema derecha italiana en lugar de con el país agredido por una tragedia migratoria— no puede reclamar ninguna superioridad moral frente a Vox o Fratelli d’Italia. Es la misma ultraderecha, solo que con otro nombre en la papeleta.
Dos escenarios, una sola arquitectura de poder.
Groenlandia y Ceuta no son casos aislados: son la misma arquitectura de dominación imperial vista desde dos ángulos. En el Ártico, el capital estadounidense —con Trump como ariete político y empresas privadas como punta de lanza— avanza sobre un territorio que no le pertenece, sin esperar ni papeles ni permisos. En el Mediterráneo, los aliados europeos de ese mismo bloque atlantista y sionista presionan para castigar a España, no por haber fallado en solidaridad humana, sino por no haberse alineado con la suficiente rapidez con la política de fronteras cerradas que exige el imperio ante la crisis migratoria que sus propias guerras y saqueos coloniales en el Magreb y el Sahel han contribuido a producir.
La lección para la clase trabajadora y los pueblos de Galicia y del Estado español es la misma en ambos frentes: ni el multilateralismo liberal ni la Unión Europea van a protegernos de estas dinámicas. Solo la organización popular, la soberanía real de los pueblos y la ruptura con la lógica de bloques imperialistas —sea el que ocupa Groenlandia por el petróleo o el que amenaza a España por no hacer de muro— pueden ofrecer una salida que no sea, una vez más, la sumisión.
Até a vitoria sempre!.
André Abeledo Fernández

