Palestina: la memoria como arma contra el olvido
Camaradas, hay verdades que no admiten matices ni equidistancias. Debemos ser antisionistas, antinazis, antifascistas, antigenocidas, antiimperialistas —pero nunca, jamás, antisemitas—. Confundir estas cosas no es un error inocente: es la trampa que el propio sionismo tiende para silenciar toda crítica. Los semitas son los palestinos. Los israelíes que colonizan su tierra son, en su inmensa mayoría, descendientes de comunidades judías europeas que llegaron a un territorio que no era suyo. Decir esto no es odiar al pueblo judío: es nombrar correctamente a los colonos y al colonialismo.
La tierra que hoy llamamos Palestina no nace en 1948. Es una de las regiones más antiguas habitadas por seres humanos, poblada desde tiempos remotos de la Prehistoria, cuando ya existían comunidades agrícolas y ciudades como Jericó, Gaza o Jerusalén en la Edad del Bronce. Ya en la Antigüedad clásica, el nombre de Palestina aparecía recogido en fuentes griegas y, después, en las romanas y británicas, para designar esta región entre el Mediterráneo y el río Jordán. El pueblo palestino desciende de los pueblos semitas del Levante —hebreos, fenicios, cananeos, filisteos— que durante milenios compartieron, disputaron y reconstruyeron esta tierra. Por eso decimos con toda propiedad histórica: los palestinos son semitas, y quienes los acusan de antisemitismo por defender su propia tierra cometen un fraude ideológico.
El territorio pasó por asirios, babilonios, persas, griegos y romanos, y desde el año 636, por la expansión árabe-musulmana, que allí permaneció durante siglos, salvo el paréntesis sangriento de las Cruzadas. Fue bajo el Imperio Otomano, entre el siglo XVI y comienzos del XX, cuando el territorio vivió un largo periodo de estabilidad relativa. Fue el imperialismo europeo el que rompió esa historia. El Acuerdo Sykes-Picot de 1916 repartió Oriente Medio entre Francia y el Reino Unido como quien reparte un botín, traicionando las promesas hechas a los árabes que habían luchado junto a los aliados. Y fue el Reino Unido, con la Declaración Balfour de 1917, quien se comprometió a construir en Palestina «un hogar nacional para el pueblo judío», sin consultar jamás al pueblo que ya vivía allí.
De ese colonialismo británico nace directamente la Nakba de 1948: la expulsión, el despojo y la destrucción de cientos de pueblos palestinos para la fundación unilateral del Estado de Israel, proclamado el 14 de mayo de 1948 en Tel Aviv por David Ben-Gurión. No hubo «conflicto entre dos pueblos»: hubo un proyecto colonial de asentamiento que expulsó a la población autóctona más allá de lo que la propia ONU le había asignado. Esa herida, camaradas, sigue abierta. Por eso, desde 1977, cada 29 de noviembre se conmemora el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino: para recordar que aquella partición nunca fue justicia, y que setenta y ocho años después la Nakba continúa, ahora bajo bombas y bloqueo en Gaza.
Como clase trabajadora, como internacionalistas, no podemos mirar hacia otro lado. La lucha del pueblo palestino es la lucha de todos los pueblos oprimidos por el imperialismo occidental y sus socios locales. Defender su derecho a existir, a volver y a vivir libres en su propia tierra no es una posición «polémica»: es, sencillamente, estar del lado correcto de la historia.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

