Del Hotel King David a Gaza: 80 años de la misma doctrina de terror
Camaradas:
Hay quien todavía pregunta, con genuina o interesada sorpresa, cómo ha llegado Israel hasta aquí. Cómo un Estado puede bombardear campamentos de refugiados, cortar el agua y la comida a una población entera, matar niños a centenares y seguir presentándose ante el mundo como una democracia ejemplar. La respuesta no está en 2023, ni siquiera en 1948. Está en 1946, entre las ruinas humeantes del Hotel King David de Jerusalén.
Aquel atentado, perpetrado por el Irgún, no fue un exceso aislado ni un accidente de guerra. Fue la demostración práctica de una doctrina: la de que los objetivos políticos sionistas podían y debían imponerse por cualquier medio, incluidos los explosivos contra civiles, los asesinatos selectivos y la guerra psicológica. Ideólogos como Menájem Begin o Yitzhak Shamir —ambos, no lo olvidemos, futuros primeros ministros de Israel— defendieron sin pudor que el terrorismo era simplemente «un medio de combate», despojado de cualquier escrutinio moral. El grupo Lehi, en sus publicaciones de la época, llegó a manejar la idea de una supuesta superioridad racial judía, un dato que debería incomodar mucho más de lo que incomoda a quienes hoy se rasgan las vestiduras selectivamente ante cualquier forma de racismo.
Conviene decirlo con toda claridad, porque la confusión interesada es constante: hablamos del sionismo como proyecto político-colonial, no del judaísmo como religión ni de los judíos como pueblo. Fueron judíos antisionistas, contrarios a aquella agenda militarista, quienes también sufrieron la violencia de las milicias sionistas en los años treinta y cuarenta. El enemigo del sionismo nunca ha sido solo el árabe palestino: ha sido también, históricamente, cualquiera que se opusiera a su proyecto colonial, viniera de donde viniera.
Aquella tierra, Palestina, tenía dueño. No era un desierto vacío ni una tierra «sin pueblo para un pueblo sin tierra», como rezaba la propaganda sionista. El Reino Unido, potencia mandataria, vendió y entregó lo que no le pertenecía. Y la ONU, en 1948, cometió el error histórico de sancionar la partición y permitir la fundación de un Estado construido sobre el despojo. Desde entonces, van camino de ochenta años de ocupación ilegal, de colonización y de sangre palestina derramada.
Lo que hoy sucede en Gaza no es un episodio nuevo: es la misma doctrina de 1946, actualizada con misiles estadounidenses en lugar de tarros de leche cargados de explosivos. La Convención de 1948 sobre el Genocidio define este crimen como el exterminio sistemático de un grupo humano por razón de etnia, religión o nacionalidad, mediante actos que incluyen matar a sus miembros, causarles graves daños físicos y mentales, o someterlos a condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción. Cualquiera que observe Gaza sin anteojeras ideológicas reconocerá en ella, punto por punto, esa definición. Negarlo no es matiz: es complicidad disfrazada de prudencia.
Y mientras tanto, Netanyahu y Trump escenifican su pantomima de «plan de paz», una cortina de humo diseñada para desactivar la solidaridad internacional con Palestina y hacernos creer que el genocidio ha terminado cuando las bombas siguen cayendo. Trump no es ningún pacificador: es el guardaespaldas armado del sionismo, el patrocinador de la impunidad, un megalómano dispuesto a incendiar el mundo entero por vanidad. Netanyahu y él son la misma moneda con dos caras.
Ochenta años después del Hotel King David, la doctrina sigue intacta. Cambian las armas, cambian los nombres de los primeros ministros, pero la lógica colonial y el desprecio por la vida palestina permanecen. La historia, camaradas, no absolverá a los verdugos. Tampoco a quienes, desde el silencio cómplice de Occidente, miran hacia otro lado.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

