Sandino, sembrador y simiente

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José Aragón (radiolaprimerisima.com).— Cuando por aquellos días en México, Sandino se debatía entre continuar trabajando tranquilamente en tierras aztecas o regresar a Nicaragua para asumir el liderazgo de la lucha contra la intervención extranjera, seguramente no se imaginaba que aquellas cavilaciones que abrumaban su espíritu, eran el preludio de una gran inspiración que marcaría para siempre su historia personal y la historia y el destino de nuestro país.

 

Cada noticia que llegaba a México informando sobre los acontecimientos en Nicaragua, intensificaba el debate interno del futuro General de Hombres y Mujeres Libres. Así, de entre esa avalancha de emociones, reflexiones y análisis diversos, comienzan a emerger, desde el fondo de su corazón rebelde, los primeros fulgores de lo que llegaría a ser el más elevado de sus ideales: conquistar el derecho a una Patria libre y soberana después de tantos siglos de avasallamiento extranjero que habían colocado a Nicaragua ante el mundo como una simple caricatura de nación.

Fueron muy necesarios aquellos días y noches de ensimismamiento y diálogos con su conciencia, porque un hombre como era él, acostumbrado a los desafíos y fogueado desde niño en la dura batalla cotidiana por la vida, seguramente intuía que esta vez el destino le estaba planteando una prueba de tamaño colosal en la que indefectiblemente estaría en juego la propia vida, motivo suficiente para sopesar minuciosamente cada detalle antes de dar el firme, valiente y definitivo paso al frente.

Los grandes ideales sociales siempre nacen a partir de una realidad anómala y se van ensanchando con aspiración de enmendar, superar y perfeccionar esa realidad. Es en momentos difíciles y de injusticias evidentes que, espíritus como el de Sandino comienzan a elevarse, convirtiéndose en los Prometeo que se arriesgan a salir en busca del fuego para conquistarlo y ponerlo generosamente sobre las manos de la humanidad en forma de hermoso ideal, cuya fulgurante llama apunta siempre hacia la verdad.

Esa capacidad de mirar e ir más allá del horizonte hace que, idealistas como Sandino, sean incomprendidos y que la verdad encerrada en su ideal, en un primer momento, no sea apreciada con nitidez por la sociedad. Aprovechándose de eso, los serviles al imperio no tardaron en hacer campaña tildándolo de loco, fantasioso, soñador o poco realistas en sus posiciones patrióticas y en su llamamiento a combatir hasta la muerte para expulsar a los invasores y reconquistar la Patria para los nicaragüenses.

Pero aquellas horas de intensas meditaciones en México forjaron una vocación inquebrantable en el espíritu de Sandino. Por eso, a los que intentaban menospreciar la pureza de su causa y su radical postura frente al invasor, él les respondía con absoluta claridad sobre la fuerza de su ideal: “Los pesimistas dirán que soy muy pequeño para la obra que tengo emprendida; pero mi insignificancia está sobrepujada por la altivez de mi corazón de patriota, y así juro ante la Patria y ante la historia que mi espada defenderá, el decoro nacional y que será redención para los oprimidos”.

Un ideal como el de Sandino, marcado por el fuego de la verdad, nace destinado a superar todos los obstáculos, incluso a sobrevivir al ser humano que lo forjó. Y la experiencia adquirida en los azares de la guerra, junto con la conciencia diamantina de sus soldados, le fue mostrando al General que sus sueños continuarían más allá de su propia existencia. Tan claro lo llegó a tener que proclamó, lleno de convicción y firmeza, “Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte; y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán”.

Aunque el General Sandino sabía que, en el caso de faltar él, habría muchos nicaragüenses dispuestos a continuar la lucha, probablemente, en sus últimos momentos de vida, no alcanzara a imaginar que la fuerza moral de su hermoso ideal, no solamente había conseguido asestar una contundente derrota militar al ejército más poderoso del mundo, sino, también, que se había convertido en el mayor y más luminoso ejemplo para la lucha contra el colonialismo en todos los continentes. Fue tal la magnitud de su victoria, que nada ni nadie podría arrancar su ejemplo del corazón del pueblo donde quedaba firmemente plantado, a la espera del momento oportuno para renacer y alzarse nuevamente como bandera colectiva y fuerza moral en las futuras batallas en defensa de la Patria y su dignidad.

No obstante, el General Sandino estaba consciente de que los imperialistas podían aceptar la derrota militar, pero les sería más difícil aceptar la derrota política. Y se mostraba inquieto ante el nuevo escenario político que se abría con el fin de la guerra. Sabía que en ese terreno el imperio y sus agentes contaban con una gran ventaja: la bola de políticos criollos acostumbrados a hacer de la política su mejor negocio, por lo que, al imperio, no le sería difícil sobornarlos, corromperlos y utilizarlos como piezas importantes en el tablero contra de la causa patriótica representada en los planteamientos de paz del Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional.

Por eso, en aquella intensa hora final, frente a sus verdugos y decepcionado por el laberinto de trampas en el que había quedado atrapado, no dudó en dejar constancia de su frustración respecto a los corruptos y marrulleros, proclamando lacónicamente: “¡Me embrocaron estos políticos!”.

Pero muy pronto, la certeza del General Sandino expresada en aquella frase “y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán”, se convertiría en realidad cuando, veintisiete años después de su desaparición física, un joven matagalpino de grandes ojos azules y de elevadas convicciones patrióticas, rescataría la estrella sublime del ideal sandinista del sucio fango en el que intentaron enterrarla “las ocas del cenegal”.

Con la estrella de Sandino firmemente asida entre sus manos, Carlos Fonseca Amador, joven estudioso, con seriedad de adulto y mirada profunda, asume la tarea de aportarle nuevos bríos para ponerla en pie y convertirla en eficaz herramienta de lucha contra la injerencia extranjera y para conseguir la definitiva redención de los oprimidos, tal como lo soñó el General Sandino. Y así, en 1961, aparece sobre el horizonte de la Patria oprimida aquella hermosa estrella y su fulgor, heredada por nuestro heroico General, esta vez bajo el nombre de Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)

El afanoso trabajo de alfarero emprendido por Carlos Fonseca, consiguió dar forma a la organización político-ideológica más cohesionada de la historia nicaragüense. El FSLN ha sido, desde su fundación, la única organización política con capacidad de convocar y aglutinar en su seno a obreros y campesinos en torno a la esencia de la lucha, el programa político y los sueños de libertad y justicia legados por Sandino.

De ahí que, aquel 19 de julio de 1979, se convirtiera en estruendo de pueblo y corazones victoriosos, en júbilo y esperanza cierta de obreros y campesinos, que a partir de entonces recogerían el fruto de la cosecha sembrada por tantos hombres y mujeres heroicas que abonaron con su vida la difícil y larga senda hacia la libertad y la justicia, por donde hoy continúa avanzando firme el pueblo nicaragüense en las nuevas batallas por la defensa nacional y el progreso colectivo, bajo la dirección de Daniel y Rosario.

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