Telva Mieres (Unidad y Lucha).— El panorama político y mediático anda revuelto desde que la perla de Abu Dabi decidió que era el momento óptimo para irrumpir en el mercado editorial y lanzarse con Reconciliación, un volumen de supuesta “no ficción” que él firma, pero que otros redactan, y en el que despliega sus memorias. Su difunto padre ya le había advertido, con un cariñoso spoiler, que evitara la tentación de contar su vida, porque bastante había visto ya el país con cómo la había vivido. Pero nada: allí que se presenta el hombre, dispuesto a ocupar las librerías con esa habilidad tan propia de los privilegiados para transformar el lujo en lamento, a ver si rascaba unas perras.
En sus páginas, el campechano relata la dureza de su sufrido exilio: el martirio emocional de vivir lejos de Españita, acompañado únicamente por su nieto Froilán, que es como no tener compañía alguna, porque el chaval pasa las noches rumbiando de rave en rave. Contemplamos, pues, la tragedia del soberano que tuvo un país a sus pies y ahora sobrevive en un emirato, refugiado en un palacio prestado. En medio de su intensa soledad, recibió a un periodista francés y se arrancó a confesarle su profunda admiración por el Caudillo: un hombre, dice, inteligente, con olfato político y la generosidad suficiente como para hacerlo rey.
Menos mal que por fin lo reconoce. Después de décadas negando lo evidente, cuando algunos advertíamos que la monarquía española es hija directa del franquismo, y nos miraban como si habláramos en arameo. Y ahora es el propio refugiao de los Emiratos quien admite con total naturalidad que fue Franco quien le nombró. Para colmo, se emociona evocando al hombre “al que nadie pudo destruir”, poniendo a la memoria del dictador un lirismo impropio incluso para nuestro tiempo.
Han pasado ya cincuenta años y podemos afirmar que aquel influencer del Ferrol, con bigotito corto, recto y mal semillao, fue un visionario cuando aconsejó a Juan Carlos: “Cásese y deje de retozar”. Un consejo fallido, porque se casó… pero lo otro, mira, no lo dejó.
Tampoco surtió efecto aquella advertencia elemental de “ni se coge dinero de desconocidos ni se aceptan regalos de emires y banqueros”. Faltaría más. El Emérito hizo negocios redondos, convirtió Sanxenxo en su santuario particular y va y viene de Abu Dabi a las regatas de las Rías Baixas con la misma desenvoltura con la que un ciudadano corriente coge el circular.
Y cuando una cree que la retranca gallega podría sacarnos de la desgana y el hastío que provoca la degeneración borbónica, aparecen por la esquina derecha del escenario las narices de Feijóo atrapadas en una escena del pasado, interpretando el papel de oposición. No sería extraño que el hombre rumie la idea de publicar un libro titulado Resignación, porque por perder, ha perdido hasta el relato.
Alberto comparte con Juan Carlos no sólo aquel fragmento del mapa, sino también la obcecación de borrar a Sánchez del horizonte, con la desfachatez propia de los petulantes que sacan pecho de forma chulesca aun sabiendo que de su liderazgo no queda ni el eco: se evaporó entre vuelos privados y sombras de yates con narco, sin que nadie les conceda ya siquiera el beneficio de la duda.
Y aquí seguimos, entre memorias ajenas y memoriones propios. Menos mal que entre tanto despropósito, aún nos queda la certeza de que el esperpento patrio nunca decepciona.


