Cuba resiste: el genocidio silencioso del bloqueo imperialista.
Por André Abeledo Fernández
Hay crímenes que se cometen con bombas y hay crímenes que se cometen con sanciones. Los primeros los vemos en los telediarios, generan titulares, indignan o no indignan según la piel de las víctimas. Los segundos son más silenciosos, más graduales, más cómodos para quien los perpetra porque permiten matar sin mancharse las manos de sangre visible. Lo que Estados Unidos hace contra Cuba desde hace más de seis décadas es un crimen de esa segunda categoría. Y tiene nombre: genocidio económico.
Ninguna otra nación enfrenta un andamiaje de leyes y políticas de agresión y coerción tan prolongado, anacrónico, sistemático y complejo como el que sufre Cuba. Más de sesenta años de bloqueo. Más de sesenta años castigando a un pueblo por atreverse a construir otro modelo. Por demostrar que es posible tener sanidad universal, educación gratuita y soberanía nacional sin pedir permiso a Washington. Eso no se perdona. Eso se estrangula.
Y el estrangulamiento se ha recrudecido hasta extremos criminales. El gobierno de Donald Trump adoptó más de 240 nuevas sanciones contra Cuba.
Doscientas cuarenta. Cada una diseñada para hacer más difícil la vida de un pueblo que ya lo tiene difícil. Trump firmó una orden ejecutiva que amplía las sanciones contra Cuba, dirigidas a funcionarios, entidades y todo aquel que sea cómplice de actos de corrupción o violaciones de los derechos humanos, así como a personas que operen en los sectores de energía, defensa, minería y finanzas. Los bancos y empresas extranjeras que hagan negocios con entidades cubanas sancionadas también podrían quedar excluidos de los mercados estadounidenses. Es decir: quien se atreva a comerciar con Cuba, quien se atreva a venderle combustible o medicamentos, quien se atreva a tender la mano a un pueblo acorralado, también será castigado. El imperialismo no tiene límites cuando se trata de defender su hegemonía.
Las consecuencias las paga la gente. No los dirigentes, no las instituciones: la gente. Los niños, los ancianos, los enfermos. Unos 2,7 millones de cubanos son afectados diariamente por el desabastecimiento de agua, porque el sistema hídrico está operando con apenas el 37 por ciento del combustible necesario. Casi tres millones de personas sin agua potable garantizada. En el siglo XXI. En un país que lleva décadas siendo señalado como ejemplo mundial en atención sanitaria y esperanza de vida. Los apagones prolongados alcanzan hasta veintidós horas diarias en algunas zonas, paralizando servicios públicos, agravando la escasez de alimentos y medicinas. Veintidós horas sin luz. Sin nevera. Sin conservar alimentos. Sin bombas de agua. Sin equipos médicos funcionando.
Porque el bloqueo energético golpea directamente la salud. La viceministra de Salud cubana denunció ante la Asamblea Mundial de la Salud que, en un país donde se garantiza acceso universal y gratuito a la salud para el cien por cien de la población, la mortalidad infantil se ha duplicado. Los niños con cáncer no pueden acceder a tratamiento por falta de medicación. Las listas de espera quirúrgicas superan los cien mil pacientes, de los cuales doce mil son niños. Niños. Doce mil niños esperando una operación que no llega porque el bloqueo les corta el suministro de lo necesario para llevarla a cabo. Eso tiene un nombre: crimen contra la humanidad.
El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos reiteró su llamado a todos los Estados para que revisen y levanten las medidas unilaterales que afectan de manera amplia e indiscriminada a la población cubana, recordando que el acceso a bienes y servicios esenciales como alimentos, agua, medicamentos, combustible y electricidad es fundamental para garantizar el derecho a la vida.
La ONU lo dice. Lo lleva diciendo décadas. La Asamblea General de Naciones Unidas vota año tras año, con una abrumadora mayoría internacional, a favor de levantar el bloqueo. Y Washington vota en contra. Siempre. Solo. Con Israel a su lado, fiel escudero en todos los crímenes.
La vicecanciller cubana Josefina Vidal lo dijo sin rodeos: Cuba no es ni ha sido nunca una amenaza para Estados Unidos. La única base militar extranjera en la isla es la de Guantánamo, mantenida por Estados Unidos contra la voluntad del gobierno y del pueblo cubanos. Ahí está la paradoja obscena del imperialismo: quien ocupa militarmente territorio cubano, quien tiene una cárcel de torturas en suelo cubano, quien lleva más de sesenta años intentando asfixiar económicamente a la isla, es quien señala a Cuba como amenaza. El lenguaje del poder siempre invierte la realidad: el agresor se presenta como víctima, la resistencia se criminaliza, la soberanía se llama amenaza.
Pero Cuba resiste. Más de seis millones de cubanos, sobre una población de nueve millones, firmaron en abril de 2026 una declaración por la paz y contra el recrudecimiento de las agresiones del gobierno de Estados Unidos, en un proceso llamado «Mi Firma Por La Patria». Seis millones de firmas. Dos de cada tres cubanos diciéndole al mundo que no están solos, que son conscientes de lo que les hacen, que se niegan a rendirse. Eso es pueblo. Eso es dignidad. Eso es lo que el imperialismo no puede comprar ni bombardear.
La economía cubana acumula una caída de más del quince por ciento desde 2020. El país produce solo un tercio de la energía que consume. La falta de suministros se refleja en largas filas en las gasolineras y en la profundización de la escasez de productos esenciales como alimentos, agua, medicinas y gas para cocinar. Eso es lo que produce el bloqueo. No la ineficiencia, no el socialismo, no los argumentos que repiten sin descanso quienes justifican lo injustificable: es el bloqueo. Es la guerra económica sostenida durante décadas por la potencia más poderosa del planeta contra una isla de nueve millones de personas que tuvo la osadía de decir que otro mundo era posible.
La arquitectura económica del conflicto expone una contradicción fundamental: Estados Unidos ha impuesto enormes costos a muchas de las mismas economías en las que se apoya como socios comerciales y estratégicos. Porque el bloqueo a Cuba no solo daña a Cuba. Las sanciones secundarias amenazan a cualquier empresa, banco o país que comercie con la isla. Es el imperialismo usando su poder económico como arma de destrucción masiva, obligando al mundo entero a participar en el cerco o sufrir las consecuencias.
Y Europa, una vez más, se inclina. Con honrosas excepciones individuales, los gobiernos europeos han guardado silencio cómplice mientras un pueblo se queda sin agua, sin medicamentos, sin luz. Solo un grupo de 35 eurodiputados de diferentes grupos políticos tuvo la decencia de enviar una carta a la Alta Representante de la UE expresando su profunda preocupación por el impacto del recrudecimiento de las sanciones estadounidenses contra Cuba, denunciando que las acciones orientadas a obstaculizar el suministro de combustible a la isla agravan la ya compleja situación económica y social del país y constituyen una práctica contraria al espíritu y la letra de la Carta de las Naciones Unidas. Treinta y cinco de los setecientos veintipico eurodiputados. El resto, silencio. El resto, complicidad.
La clase trabajadora del mundo tiene la obligación moral de solidarizarse con Cuba. No porque Cuba sea perfecta. No porque no haya críticas legítimas que hacer. Sino porque lo que se le hace a Cuba es injusto, es ilegal y es un crimen que llevamos demasiado tiempo tolerando con demasiada normalidad. Solidarizarse con Cuba es defender el principio de que ningún pueblo tiene derecho a ser sometido por hambre, que la soberanía no es un privilegio de los poderosos, que el derecho a la autodeterminación no caduca aunque Washington lo lleve seis décadas intentando enterrar.
Viva Cuba libre. Abajo el bloqueo genocida. La solidaridad internacional no es caridad: es deber de clase.
André Abeledo Fernández

