Oriente Medio en llamas: el precio del imperialismo lo paga el mundo.

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Oriente Medio en llamas: el precio del imperialismo lo paga el mundo.

Por André Abeledo Fernández

Hay momentos en que la historia se acelera y nos obliga a mirarla de frente, sin excusas y sin eufemismos. Estamos en uno de esos momentos. Oriente Medio arde. No por azar, no por una espiral de violencia inevitable, no por el eterno e inexplicable conflicto de civilizaciones que nos venden los grandes medios. Arde porque alguien decidió prenderle fuego. Y ese alguien tiene nombre, apellidos y dirección: Washington y Tel Aviv.

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron por sorpresa una serie de bombardeos aéreos sobre varias ciudades de Irán, mientras estaban en curso negociaciones diplomáticas entre Washington y Teherán. Léase bien: mientras se negociaba, mientras Irán tendía la mano diplomática, las bombas caían. Irán había declarado públicamente su disposición a entregar su uranio enriquecido y permitir visitas a sus instalaciones nucleares por parte de organismos internacionales. La respuesta de Trump fue el ataque. Eso no es política exterior. Es un crimen de guerra con traje de presidente.

Los ataques resultaron en el asesinato del líder supremo iraní Alí Jamenei y de otros altos mandos, así como miles de muertes y heridos, especialmente civiles iraníes. Civiles. Familias. Personas que no habían hecho nada más que vivir en un país que Washington lleva décadas queriendo doblar. El imperialismo no distingue uniformes de pijamas cuando lanza sus bombas.

Y no contentos con Irán, Israel sigue operando en el Líbano. Las fuerzas israelíes continúan con ataques aéreos y bombardeos de artillería en el sur del Líbano, causando muertos y heridos civiles, violando un frágil alto el fuego que ellos mismos se encargan de romper sistemáticamente. El Líbano, un país ya devastado por décadas de crisis, sigue siendo el patio de operaciones de la impunidad israelí. Y occidente sigue mirando hacia otro lado.

Mientras tanto, Gaza. Gaza sigue. Porque el genocidio no se detiene, no hace pausa, no espera a que el mundo resuelva sus otras guerras. Gaza acumula muertos, acumula escombros, acumula generaciones de niños que no conocerán otra cosa que el horror. Lo que comenzó siendo denunciado como una operación de seguridad lleva ya más de dos años siendo lo que siempre fue: un exterminio sistemático, documentado, financiado y protegido diplomáticamente por los mismos que hablan de valores y derechos humanos en cada cumbre internacional.

El hilo que une Gaza, el Líbano e Irán no es difícil de seguir: es el mismo hilo del imperialismo, el mismo proyecto de dominación de Oriente Medio, el mismo interés por controlar los recursos, las rutas y los gobiernos de una región entera. Israel es el brazo ejecutor regional. Estados Unidos es quien firma los cheques, veta en la ONU y proporciona la cobertura diplomática y militar. Los tres jinetes del apocalipsis contemporáneo: el sionismo, el militarismo y el capital, cabalgando juntos como siempre lo han hecho.

Y el mundo paga las consecuencias. Porque las guerras del imperialismo no las pagan solo quienes las sufren en carne propia. Las consecuencias económicas en cascada de esta guerra se están irradiando mucho más allá del Golfo, reconfigurando los mercados globales de materias primas, los sistemas alimentarios, las cadenas de suministro industriales y las condiciones financieras, potencialmente durante años. No se trata solo de una crisis regional: es un shock estructural para la economía mundial en un momento de fragilidad geoeconómica.

El precio del petróleo registra aumentos sostenidos que impactan directamente en los costos del transporte, la producción y la energía. La inflación sube. El coste de la vida sube. Los trabajadores y trabajadoras de Madrid, de París, de Buenos Aires o de Ciudad de México pagan en sus facturas y en sus salarios reales el precio de una guerra que nunca eligieron y que solo beneficia a los de siempre: las grandes petroleras, los fabricantes de armas, los fondos de inversión que especulan con la inestabilidad como si fuera una mercancía más.

Los daños en instalaciones energéticas del Golfo ya generan una factura de reparaciones de al menos 25.000 millones de dólares, y la cifra sigue aumentando. El peor caso es el de Ras Laffan, en Catar, el mayor complejo de exportación de gas natural licuado del mundo, cuya capacidad de exportación se ha reducido drásticamente. La recuperación total podría llevar hasta cinco años. Cinco años de crisis energética. Cinco años en los que la clase trabajadora global pagará la aventura bélica de Trump y Netanyahu.

¿Y Europa? Europa, como siempre, acomoda la espalda a la pared que le señala Washington. Los gobiernos europeos, con honrosas excepciones, han vuelto a demostrar que su autonomía estratégica es papel mojado cuando el amo habla. La misma Europa que construyó su identidad sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial asiste impasible al bombardeo de poblaciones civiles, al asesinato de líderes de Estado durante negociaciones diplomáticas, a la continuación del genocidio en Gaza, y lo llama política exterior aliada.

No hay palabras suficientemente duras para describir esta cobardía. Pero hay una muy precisa: complicidad.

Los pueblos, sin embargo, no callan. Las calles del mundo se han llenado una vez más de quienes sí son capaces de llamar a las cosas por su nombre. Trabajadores, jóvenes, sindicatos, organizaciones populares que entienden que la paz no es un valor abstracto sino una condición material para la vida digna. Esa es la única esperanza real: que los pueblos se organicen, que la clase trabajadora entienda que sus intereses no están con los que hacen las guerras sino con quienes las sufren.

El imperialismo siembra guerras y recoge beneficios. Nosotros sembramos conciencia y recogeremos justicia. No tenemos otra opción.

Paz para Irán. Paz para el Líbano. Libertad para Palestina. Desde el río hasta el mar.

 

André Abeledo Fernández

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