LA TRAICIÓN ES EL MEJOR ALIADO DE LA ULTRADERECHA.
Hay quienes se preguntan cómo es posible que un trabajador vote a quienes lo explotan. Hay quienes fingen no entenderlo. Y hay quienes sabemos perfectamente la respuesta, porque la llevamos denunciando años: cuando la izquierda traiciona, el fascismo avanza. No es una novedad histórica. Es una ley que se repite con una puntualidad que espanta.
El voto de un trabajador a la derecha en el Estado español no es ideológico en la mayoría de los casos. Es un grito. Un grito de rabia, de desesperación, de alguien que se siente abandonado y que, cegado por el miedo y la frustración, agarra la primera mano que se le tiende, aunque esa mano lleve un puñal. Es un voto suicida, sí. Es irracional, también. Pero es, sobre todo, el síntoma de un fracaso que no es del trabajador, sino de quienes debían representarlo y lo vendieron.
Votar a quien quiere quitarte los derechos conquistados con décadas de lucha obrera es un absurdo. Apoyar a quienes gobiernan para los oligarcas, para las multinacionales, para los multimillonarios que los financian, es una contradicción que duele. Pero la clase trabajadora no llega ahí por casualidad ni por estupidez. Llega porque ha sido abandonada. Porque la socialdemocracia y la llamada izquierda se instalaron en los despachos del poder y desde allí legislaron para quienes les pagan, no para quienes les votan.
La ultraderecha no crece porque sea fuerte. Crece porque la traición de la falsa izquierda la alimenta. El fascismo no se fortalece en el vacío: se fortalece en el desengaño. Cada promesa incumplida es un ladrillo en el muro del fascismo. Cada trabajador que ve cómo los precios suben, los salarios se pudren y los políticos progresan sonriendo ante las cámaras es un voto que se aleja de la izquierda y uno que se acerca a quienes explotan el miedo. Y así, de Guatemala a Guatepeor, el pueblo paga el precio de las traiciones ajenas.
No es el enemigo el que más daño hace. Es el traidor. Y los traidores en este tablero tienen nombre y apellidos: son las cúpulas sindicales vendidas a la patronal que destruyen desde dentro el prestigio del sindicalismo y le regalan a la ultraderecha el discurso antisindical. Son quienes, cobijados bajo siglas de izquierda, defienden en los hechos los intereses de los mismos poderes económicos que financian a Vox. Son quienes reparten limosnas con la mano izquierda mientras con la derecha firman los acuerdos que perpetúan la miseria.
El triunfalismo en medio del sufrimiento es una ofensa. Anunciar victorias mientras la clase trabajadora no llega a fin de mes no es política de izquierdas: es cinismo de derechas con etiqueta progresista. Y ese cinismo, esa distancia abismal entre el discurso y la realidad, entre los despachos y los barrios, entre las ruedas de prensa y los turnos de doce horas, es el abono más fértil que existe para que crezca el fascismo.
La solución no es votar a la derecha. Eso está claro. Pero tampoco es seguir votando a quienes traicionan sin consecuencias, aplaudiendo a quienes prometen y no cumplen, tolerando que se nos diga que las limosnas son todo a lo que podemos aspirar. La solución es recuperar una izquierda que sea de verdad de la clase trabajadora, que hable el idioma de los que madrugan y sufren, que no se venda, que no se rinda, que no gestione el sistema sino que lo transforme.
Mientras eso no ocurra, la ultraderecha seguirá teniendo el mejor argumento del mundo: la traición de quienes deberían ser la alternativa.
André Abeledo Fernández

