Cuba: el bloqueo que el mundo condena y Washington recrudece.
Hay veces en las que la hipocresía de la política internacional resulta tan evidente que resulta imposible no denunciarla. Cuba lleva más de seis décadas sometida a un bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos, una política que año tras año es rechazada por una aplastante mayoría de los países del mundo en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Y, sin embargo, Washington sigue ignorando la voluntad de la comunidad internacional y mantiene una estrategia de asfixia económica contra once millones de personas.
La última votación de la ONU volvió a ser contundente. Por trigésima tercera vez consecutiva, la inmensa mayoría de los Estados miembros exigió el fin del bloqueo. Ciento sesenta y cinco países votaron a favor de poner fin a esta política y apenas siete se opusieron. Pero para Estados Unidos la opinión del mundo parece no tener valor cuando se trata de imponer sus intereses geopolíticos.
Lejos de rectificar, la administración de Donald Trump ha optado por profundizar todavía más las sanciones. Nuevas medidas dirigidas contra sectores estratégicos de la economía cubana, restricciones financieras adicionales y obstáculos crecientes para las relaciones comerciales internacionales están agravando una situación ya extremadamente difícil. Diversas informaciones apuntan a que estas medidas están afectando especialmente al suministro energético, al acceso a combustible y a la capacidad de la isla para realizar operaciones financieras internacionales.
Las consecuencias las pagan, como casi siempre ocurre, los ciudadanos corrientes. Son las familias trabajadoras quienes sufren los apagones, las dificultades para acceder a determinados bienes esenciales o los problemas derivados de la escasez. Incluso organismos de Naciones Unidas han advertido de que las sanciones tienen efectos directos sobre el acceso a servicios básicos como la alimentación, el agua o la atención sanitaria.
Quienes defienden estas medidas aseguran que buscan presionar al Gobierno cubano. Pero después de más de sesenta años de bloqueo resulta legítimo preguntarse si el verdadero objetivo es otro: provocar un deterioro económico tan profundo que genere desesperación social y abra la puerta a un cambio político impulsado desde el exterior.
Lo más preocupante es que Cuba no constituye un caso aislado. La presión constante contra la Revolución Cubana forma parte de una estrategia más amplia de injerencia sobre aquellos países que se niegan a aceptar los dictados de Washington. Ahí están las sanciones y agresiones contra Venezuela, la política de confrontación con Irán o el apoyo incondicional que Estados Unidos presta a Israel mientras continúan las operaciones militares en Palestina y los ataques en otros puntos de Oriente Medio.
Podemos discutir sobre los sistemas políticos de cada uno de esos países. Podemos tener opiniones distintas sobre sus gobiernos. Lo que no debería admitirse es que una potencia extranjera pretenda decidir quién gobierna en otras naciones mediante sanciones económicas, bloqueos, amenazas o presiones de cualquier tipo.
La soberanía nacional no puede ser un principio válido únicamente cuando conviene a las grandes potencias. Debe ser un derecho universal. Son los pueblos quienes tienen que decidir libremente su futuro, su modelo político y su destino colectivo, sin injerencias externas, sin chantajes económicos y sin agresiones de ningún tipo.
Por eso resulta imprescindible denunciar el recrudecimiento del bloqueo contra Cuba. Porque más allá de las diferencias ideológicas que puedan existir, estamos hablando de la defensa de un principio básico del derecho internacional: el respeto a la soberanía de los pueblos.
Y porque ningún pueblo debería ser castigado colectivamente para intentar doblegar su voluntad.
Hay además una cuestión que los defensores del bloqueo rara vez responden. Si el socialismo cubano es un fracaso tan absoluto como afirman, ¿por qué necesitan mantener durante más de sesenta años un bloqueo económico, comercial y financiero sin precedentes? Si realmente el sistema estuviese condenado por sus propias contradicciones, bastaría con dejarlo en paz. No harían falta sanciones, persecución financiera, restricciones comerciales ni medidas destinadas a dificultar el acceso a combustible, medicamentos o materias primas.
La realidad es que, pese a todas las dificultades impuestas desde el exterior, Cuba ha conseguido preservar logros sociales que siguen siendo reconocidos en buena parte del mundo. Ha mantenido una sanidad pública universal y gratuita, una educación pública accesible para toda la población y ha desarrollado una importante capacidad científica y biotecnológica. A pesar de las enormes limitaciones económicas derivadas del bloqueo, la isla ha impulsado investigaciones médicas propias y ha desarrollado tratamientos y vacunas que han despertado interés internacional.
Al mismo tiempo, Cuba logró erradicar el analfabetismo hace décadas y reducir la desnutrición infantil a niveles que muchos países con mayores recursos económicos todavía no han conseguido alcanzar. Todo ello en condiciones extraordinariamente adversas, sometida a una presión económica constante cuyo objetivo declarado ha sido provocar el agotamiento económico y social del país.
Esto no significa que Cuba no tenga problemas. Los tiene, y muy graves. Pero resulta intelectualmente deshonesto analizar esos problemas ignorando el contexto de una agresión económica sostenida durante generaciones. Ningún país del mundo puede ser evaluado al margen de las circunstancias en las que desarrolla su proyecto político y económico.
Por eso surge una pregunta incómoda para los defensores del bloqueo: si el socialismo está destinado inevitablemente al fracaso, ¿por qué dedicar tantos recursos a intentar destruirlo? Quizá porque el verdadero temor no sea que fracase, sino que pueda demostrar que existen alternativas diferentes al modelo económico dominante.
Los pueblos tienen derecho a equivocarse y también tienen derecho a acertar. Lo que no tiene justificación es intentar imponer desde el exterior cuál debe ser su destino. Cuba debe poder decidir su futuro sin bloqueos, sin sanciones y sin amenazas. Como cualquier otro pueblo del mundo.
André Abeledo Fernández

