SUMAR: LA CRÓNICA DE UNA DECEPCIÓN ANUNCIADA

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SUMAR: LA CRÓNICA DE UNA DECEPCIÓN ANUNCIADA

Hubo un tiempo en que se nos dijo que SUMAR venía a reconstruir la izquierda. Que representaba una nueva forma de hacer política. Que superaría las viejas divisiones, los personalismos y las luchas internas que habían debilitado al espacio político situado a la izquierda del PSOE. Se nos prometió una nueva etapa basada en la unidad, el diálogo y la participación.

Sin embargo, para muchos de nosotros aquello no era una novedad. Ya habíamos visto antes películas parecidas. Con otros nombres, con otros logotipos y con otros eslóganes, pero con argumentos prácticamente idénticos. Por eso algunos advertimos desde el principio que el problema no estaba en las promesas, sino en los métodos. No en los discursos, sino en la forma de construir el proyecto.

Y lo que entonces se planteaba como una advertencia para el futuro hoy ya forma parte del pasado y del presente.

La decepción ya ha llegado.

Lo que se presentaba como una gran confluencia terminó reproduciendo muchas de las dinámicas que supuestamente venía a combatir. Las decisiones continuaron alejándose de la militancia organizada. Los debates políticos fueron sustituidos por estrategias de comunicación. La construcción colectiva quedó subordinada a los equilibrios entre dirigentes y a la lógica de los aparatos.

No era una cuestión de mala suerte ni de errores puntuales. Era la consecuencia lógica de un proyecto construido de arriba hacia abajo.

Cuando una organización nace alrededor de una figura política y no alrededor de una base militante sólida, el resultado suele ser el mismo. Todo gira alrededor del liderazgo mientras existe éxito mediático. Pero cuando aparecen las dificultades, las contradicciones y el desgaste institucional, la estructura demuestra su fragilidad.

Durante años se insistió en presentar SUMAR como la solución a los problemas de la izquierda. Hoy resulta evidente que no solo no los resolvió, sino que en muchos aspectos contribuyó a agravarlos. La fragmentación continúa existiendo, la desmovilización social sigue creciendo y buena parte del electorado progresista observa con escepticismo un espacio político que prometía renovación y ha terminado generando frustración.

El problema nunca fue Yolanda Díaz como persona. El problema era convertir una operación política en torno a una figura concreta en sustituto de un proyecto colectivo de transformación social.

Cuando se hablaba constantemente del «proyecto de Yolanda Díaz», ya se estaba definiendo la naturaleza real de la iniciativa. Los grandes movimientos políticos de la historia no se construyeron alrededor de liderazgos individuales, sino alrededor de ideas, programas, organizaciones y objetivos compartidos. Cuando el liderazgo ocupa el lugar del proyecto, el resultado suele ser efímero.

Lo más preocupante es que también se ha cumplido otra de las advertencias que muchos realizábamos entonces.

 

No era el nacimiento de SUMAR lo que debía preocuparnos. Lo preocupante era el día después.

¿Qué ocurriría cuando una parte de la ciudadanía descubriera que las grandes promesas de transformación no se correspondían con cambios reales en sus condiciones de vida? ¿Qué ocurriría cuando la ilusión inicial chocara con la realidad cotidiana de los salarios insuficientes, los alquileres imposibles, la precariedad laboral y la pérdida constante de derechos sociales?

La respuesta la estamos viendo.

La desafección política aumenta. La confianza en la izquierda institucional disminuye. Muchos trabajadores y trabajadoras sienten que nadie representa realmente sus intereses. Y cuando la izquierda deja vacío ese espacio, otros intentan ocuparlo.

La historia europea ofrece suficientes ejemplos como para tomarse esta cuestión en serio. Cuando amplios sectores populares se sienten abandonados o traicionados por quienes afirmaban defenderlos, no siempre giran hacia posiciones más avanzadas. A menudo se refugian en la abstención, el desencanto o incluso en opciones reaccionarias que explotan ese malestar social.

Por eso el fracaso de determinados proyectos no es únicamente un problema electoral. Es un problema político de enorme profundidad.

Mientras tanto, la política espectáculo continúa avanzando. Los mensajes simples sustituyen a los análisis complejos. Los eslóganes sustituyen a los programas. La imagen sustituye a la organización. Todo debe ser rápido, emocional y fácilmente consumible.

Pero una sociedad no se transforma mediante campañas de marketing político.

La izquierda no necesita mejores agencias de comunicación. Necesita más organización popular.

No necesita nuevos envases para las mismas recetas.

No necesita nuevas marcas electorales diseñadas para cada ciclo político.

Necesita volver a conectar con la realidad cotidiana de la clase trabajadora, recuperar la democracia interna, fortalecer la militancia y construir proyectos que no dependan de un líder carismático ni de una operación mediática.

Porque lo que algunos advertían que podía ocurrir con SUMAR ya ha ocurrido.

La ilusión se ha agotado.

Y ahora toca afrontar las consecuencias de haber confundido durante demasiado tiempo la construcción de poder popular con la construcción de una marca electoral.

La verdadera unidad de la izquierda nunca nacerá de un despacho, de una campaña publicitaria o de una operación diseñada para las próximas elecciones. Solo podrá construirse desde abajo, desde la militancia, desde los centros de trabajo, desde los barrios y desde los movimientos sociales.

Todo lo demás ya lo hemos visto.

Y también hemos visto cómo termina.

 

André Abeledo Fernández 

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