Comunismo, autodeterminación y la realidad plurinacional del Estado español
Para un comunista, el derecho de autodeterminación de los pueblos no es una cuestión secundaria ni un debate accesorio. Es un principio democrático fundamental. No es una concesión, no es una moda política ni una reivindicación coyuntural. Es una cuestión de coherencia ideológica.
Por eso resulta sorprendente observar cómo una parte de la izquierda del Estado español, especialmente aquella que interpreta la realidad desde una visión centralista y uniformadora, sigue teniendo enormes dificultades para comprender algo tan elemental como la existencia de diferentes pueblos y naciones dentro del Estado.
Se puede ser comunista y gallego, vasco, catalán, canario o andaluz. Se puede ser comunista e independentista. Lo que resulta mucho más difícil de explicar es cómo alguien puede definirse comunista y, al mismo tiempo, negar el derecho de los pueblos a decidir libremente su futuro.
Porque el comunismo no consiste en imponer una identidad nacional desde arriba. Tampoco en obligar a nadie a permanecer dentro de una estructura estatal contra su voluntad. El comunismo aspira precisamente a acabar con todas las formas de opresión, incluidas las nacionales.
Otra cuestión distinta es confundir la lucha por la liberación nacional con un proyecto burgués o colocar la cuestión nacional por encima de la lucha de clases. Ahí sí existe una contradicción política evidente.
La historia demuestra que numerosas burguesías han utilizado las identidades nacionales para dividir a los trabajadores y enfrentar a quienes comparten los mismos problemas económicos y sociales. Ser conscientes de ese peligro es una obligación para cualquier militante comunista.
Pero reconocer esa realidad no puede llevarnos al error contrario: negar la existencia de las naciones o cuestionar el derecho de autodeterminación. Porque hacerlo supone abandonar uno de los principios históricos del internacionalismo proletario.
Los comunistas somos internacionalistas precisamente porque reconocemos la existencia de diferentes pueblos y naciones. Somos internacionalistas porque creemos en la solidaridad libre entre ellos, no en la subordinación de unos a otros. Somos antiimperialistas porque entendemos que ninguna nación tiene derecho a imponerse sobre otra.
La convivencia solo puede construirse desde el respeto mutuo y desde la igualdad. No existe convivencia cuando una parte niega la identidad de la otra. No existe fraternidad entre pueblos cuando unos pretenden decidir por los demás.
Por eso conviene recordar una evidencia que sigue siendo incómoda para muchos: el Estado español no es una nación homogénea. Es una realidad plurinacional. Es una estructura política donde conviven diferentes pueblos con identidades, culturas, idiomas e historias propias.
Y si queremos construir un proyecto común, ese proyecto debe estar basado en la libre voluntad de sus integrantes.
No pueden existir naciones de primera y de segunda categoría. No puede haber lenguas respetables y lenguas toleradas. No puede hablarse de igualdad mientras unos pueblos tengan reconocido de facto aquello que a otros se les niega sistemáticamente.
La unidad solo tiene sentido cuando es libre. Cuando es voluntaria. Cuando nace del convencimiento de que caminar juntos beneficia a todos.
Cuando la unidad se sostiene mediante la imposición, la amenaza o la negación de derechos, deja de ser unidad para convertirse en dominación.
Por eso el derecho de autodeterminación no debería ser visto como una amenaza para nadie. Los derechos nunca son el problema. Los problemas son los privilegios.
Siempre utilizo el mismo ejemplo: el derecho al divorcio no destruye los matrimonios felices. Al contrario. Una pareja que se quiere y se respeta no teme la existencia de ese derecho. Solo quienes saben que la relación se sostiene mediante la dependencia o la imposición perciben el divorcio como una amenaza.
Con los pueblos ocurre algo parecido.
Una unión basada en el respeto mutuo tiene muchas más posibilidades de perdurar que una construida sobre la negación de la diversidad. Los pueblos no suelen romper vínculos históricos porque sí. Lo hacen cuando sienten que no son respetados, cuando se les niega su voz o cuando perciben que forman parte de una estructura que no los reconoce como iguales.
Por eso resulta urgente abrir un debate profundo sobre el modelo de Estado. Sobre la monarquía y la república. Sobre la organización territorial. Sobre la plurinacionalidad. Sobre el derecho de autodeterminación.
Porque ninguna democracia madura debería temer que la ciudadanía opine y decida.
No se puede construir una comunidad política sólida desde la imposición. No se puede construir fraternidad desde la negación del otro. No se puede construir una verdadera unión de pueblos libres si algunos tienen prohibido siquiera plantear democráticamente cuál quieren que sea su futuro.
La única convivencia duradera es aquella que se construye entre iguales. La única unidad legítima es la que nace de la libertad. Y la única forma de que el Estado español sea algún día la casa común de todos sus pueblos es reconocer que nadie puede ser obligado a quedarse en una casa que no siente como propia.
Ese es el verdadero sentido democrático del derecho de autodeterminación. Y también una de las razones por las que ningún comunista consecuente debería renunciar jamás a defenderlo.
André Abeledo Fernández

