La crisis de la democracia burguesa y la necesidad de recuperar la bandera del comunismo

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La crisis de la democracia burguesa y la necesidad de recuperar la bandera del comunismo

La democracia burguesa atraviesa una profunda crisis en prácticamente todo el mundo. Una crisis que no nace de la casualidad ni de errores puntuales de gestión, sino de las propias contradicciones internas del sistema capitalista. Cuando un modelo político y económico es incapaz de dar respuesta a los problemas reales de la mayoría social, cuando millones de trabajadores y trabajadoras ven cómo empeoran sus condiciones de vida mientras una minoría acumula cada vez más riqueza, la frustración acaba abriendo las puertas a la reacción, al fascismo y a la ultraderecha.

La historia nos enseña que las crisis no son una anomalía del capitalismo, sino una de sus características esenciales. Son periódicas, inevitables e inherentes a un sistema basado en la explotación del ser humano por el ser humano. Y cuando esas crisis golpean con fuerza, la llamada democracia liberal muestra su verdadera naturaleza.

Porque la democracia burguesa no es el gobierno del pueblo. Es el gobierno de una minoría económica que controla los resortes fundamentales del poder. Nos dicen que vivimos en democracia porque votamos cada cuatro años, pero quienes realmente toman las decisiones fundamentales rara vez aparecen en las papeletas electorales. Son los grandes propietarios, los fondos de inversión, las multinacionales, la banca y los poderes económicos que financian campañas, controlan medios de comunicación y condicionan gobiernos.

Lo que caracteriza el momento actual es una enorme crisis de confianza. Millones de personas han dejado de creer en las instituciones porque las instituciones han dejado de servirles. Se desconfía de los partidos políticos, de los medios de comunicación, de los sindicatos institucionalizados e incluso de la propia capacidad colectiva para transformar la realidad. El sistema ha conseguido inocular la resignación como si fuera una virtud.

Vivimos además una época de prostitución permanente del lenguaje. Palabras que históricamente tenían un significado concreto son vaciadas de contenido para ponerlas al servicio de los intereses de la oligarquía.

Nos hablan constantemente de la «libertad». Pero cuando los poderosos hablan de libertad no suelen referirse a la libertad de vivir dignamente, de acceder a una vivienda, de recibir atención sanitaria o de tener un empleo estable. Hablan de la libertad de los grandes empresarios para despedir, de la libertad de los especuladores para enriquecerse, de la libertad de los fondos buitre para convertir derechos básicos en mercancías.

La llamada «libertad de comercio» no es otra cosa que la libertad para hacer negocio con las necesidades humanas. La libertad para especular con la vivienda, con los alimentos, con la energía o con los recursos esenciales para la vida. Es la libertad de unos pocos para explotar a la inmensa mayoría.

También presumen de la libertad de pensamiento y de expresión. Sin embargo, cualquiera que observe la realidad con honestidad sabe que la libertad formal no garantiza la capacidad real de hacerse escuchar. La protesta social es perseguida, las leyes represivas castigan la movilización y quienes cuestionan seriamente los pilares del sistema son marginados, silenciados o criminalizados.

La llamada «ley mordaza» es uno de los ejemplos más evidentes de cómo la democracia burguesa tolera la discrepancia únicamente mientras esta no cuestione los intereses fundamentales del poder económico.

Lo mismo ocurre con la supuesta libertad de prensa. Nos dicen que existe pluralidad informativa porque cualquier empresario multimillonario puede comprar un periódico, una radio o una cadena de televisión. Pero eso no es libertad de prensa para la clase trabajadora; es la libertad de la oligarquía para imponer su relato.

La inmensa mayoría de los grandes medios de comunicación responden a intereses empresariales concretos. Son herramientas de construcción ideológica destinadas a convertir la mentira en verdad oficial y la explotación en algo natural e inevitable. Su función principal no es informar, sino moldear conciencias y desactivar cualquier cuestionamiento profundo del sistema.

Y mientras tanto nos invitan a elegir entre opciones políticas diferentes en apariencia pero muy similares en lo esencial. Cambian los colores, los logotipos y los discursos de campaña, pero los intereses económicos que condicionan las decisiones de fondo permanecen intactos.

Porque los grandes centros de poder no se presentan a las elecciones. Nadie vota a los consejos de administración de los bancos. Nadie elige a los fondos de inversión internacionales. Nadie deposita una papeleta para decidir quién dirige los organismos financieros internacionales que condicionan las políticas económicas de países enteros.

Sin embargo, esos poderes tienen una capacidad de decisión infinitamente superior a la de millones de ciudadanos que acuden a votar convencidos de estar decidiendo su futuro.

Por eso resulta tan hipócrita que quienes defienden este sistema acusen constantemente al comunismo de ser incompatible con la libertad.

Cuando los comunistas hablamos de la dictadura del proletariado no hablamos de la dictadura de un individuo ni de una élite privilegiada. Hablamos del poder político de la mayoría trabajadora frente a la minoría explotadora. Hablamos de una sociedad donde los intereses colectivos estén por encima del beneficio privado.

Una sociedad donde nadie pueda enriquecerse apropiándose del trabajo ajeno. Donde la economía esté al servicio de las necesidades humanas y no de la acumulación de capital. Donde los sectores estratégicos pertenezcan al conjunto del pueblo y no a grupos privados cuyo único objetivo sea maximizar beneficios.

El comunismo representa la aspiración de construir una sociedad donde toda persona tenga garantizado el derecho a una vida digna por el simple hecho de existir. Donde la vivienda, la sanidad, la educación, el trabajo y los cuidados dejen de ser privilegios sometidos al mercado para convertirse en derechos efectivos.

Esa es la verdadera libertad. La libertad de quien no teme quedarse sin techo. La libertad de quien no depende de la caridad para sobrevivir. La libertad de quien no tiene que vender su dignidad para llegar a fin de mes.

Frente a una izquierda acomplejada que renuncia cada día más a hablar de explotación, de lucha de clases y de socialismo, los comunistas tenemos la obligación de recuperar un lenguaje claro, comprensible y honesto. Debemos dejar de disfrazar nuestras ideas para hacerlas aceptables ante quienes nunca las aceptarán.

La clase trabajadora no necesita discursos vacíos ni campañas de marketing político. Necesita verdad, organización y conciencia.

Por eso es imprescindible que los comunistas demos un paso al frente. Que recuperemos el prestigio de nuestras ideas mediante el ejemplo cotidiano, la coherencia y la lucha. Que volvamos a estar presentes en los centros de trabajo, en los barrios, en los movimientos sociales y en cada conflicto donde exista una injusticia que combatir.

Porque la historia demuestra que ningún derecho fue concedido voluntariamente por los poderosos. Todos fueron conquistados mediante organización, movilización y lucha.

Y porque frente a la barbarie, frente al fascismo y frente a la decadencia de un sistema incapaz de ofrecer un futuro digno a la mayoría, sigue siendo más necesario que nunca levantar la bandera del comunismo y defender sin complejos la emancipación de la clase trabajadora.

 

André Abeledo Fernández

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