El miedo no basta: cuando la izquierda deja de transformar, la ultraderecha avanza

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El miedo no basta: cuando la izquierda deja de transformar, la ultraderecha avanza

Desde el Gobierno se nos repite constantemente que existe una ofensiva de la derecha política, mediática, judicial y económica para derribar al Ejecutivo. Y, en gran medida, es cierto. También es cierto que un gobierno de PP y VOX supondría un enorme retroceso para los derechos sociales, laborales y democráticos conquistados durante décadas de lucha.

Es verdad que los grandes poderes económicos simpatizan mucho más con las políticas del Partido Popular que con cualquier propuesta mínimamente progresista. Es verdad que VOX nace de las entrañas del PP y que muchos de sus principales dirigentes han desarrollado toda su carrera política bajo el paraguas de la derecha tradicional. Es verdad que los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad sueñan con un país donde los trabajadores tengan menos derechos, donde los sindicatos sean irrelevantes y donde las políticas públicas queden subordinadas a los intereses de las grandes fortunas.

Todo eso es cierto.

Pero también hay otra verdad que cada vez resulta más difícil ocultar.

El miedo ya no es suficiente.

No basta con decirle a la gente que lo que viene es peor. No basta con advertir sobre el peligro de la ultraderecha. No basta con señalar las amenazas a la democracia. Porque cuando una familia no puede pagar el alquiler, cuando un trabajador necesita acudir a organizaciones benéficas para poder llenar la nevera, cuando tener empleo ya no garantiza una vida digna, el miedo deja de ser un argumento eficaz.

La historia nos enseña una lección que demasiados dirigentes parecen haber olvidado: el fascismo no avanza porque la gente sea especialmente malvada o ignorante. Avanza cuando la desesperación sustituye a la esperanza. Avanza cuando millones de personas sienten que nadie resuelve sus problemas cotidianos. Avanza cuando la política se convierte en una sucesión de discursos mientras la realidad empeora.

Y la realidad de muchos trabajadores sigue siendo extremadamente dura.

Los alquileres son inasumibles. La vivienda se ha convertido en un lujo para una parte creciente de la población. Hay personas que trabajan cuarenta horas semanales y siguen siendo pobres. Trabajadores que viven con ansiedad permanente, con miedo a perder el empleo o a reclamar derechos que existen sobre el papel pero que no se atreven a ejercer por temor a represalias.

¿De qué sirve reconocer derechos laborales si el trabajador tiene miedo de utilizarlos?

¿De qué sirve anunciar medidas si después no existen mecanismos suficientes para garantizar su cumplimiento?

Durante años se prometió derogar la reforma laboral que tanto daño causó a la clase trabajadora. Finalmente se introdujeron modificaciones positivas en algunos aspectos, pero cuestiones fundamentales como el coste y las condiciones del despido permanecieron prácticamente intactas. El trabajador continúa ocupando la posición más débil en una relación laboral profundamente desequilibrada.

La propia Unión Europea ha señalado en diversas ocasiones la insuficiente protección frente al despido existente en España. Cuando incluso instituciones nada sospechosas de radicalismo consideran que los trabajadores están excesivamente desprotegidos, quizás sea momento de asumir que el problema existe.

Mientras tanto, seguimos observando situaciones preocupantes. Propuestas que incentivan la reducción de bajas médicas o el aumento de altas laborales generan inquietud porque pueden situar intereses económicos por encima de la salud de los trabajadores. Una sociedad decente debería proteger a quien enferma, no presionarlo para volver antes de tiempo a su puesto de trabajo.

Pero el problema va mucho más allá del ámbito laboral.

También afecta a las políticas sociales.

Se anuncian ayudas que después llegan a muy pocas personas. Se presentan medidas que parecen revolucionarias en los titulares pero que terminan diluyéndose en procedimientos burocráticos interminables o requisitos imposibles de cumplir. El Ingreso Mínimo Vital es un ejemplo que merece una reflexión profunda. Aunque ha ayudado a muchas familias, también son numerosos los hogares que continúan atrapados en la pobreza y que no consiguen acceder a una prestación que, en teoría, fue diseñada para proteger precisamente a quienes más lo necesitan.

Cuando las políticas sociales se convierten en una carrera de obstáculos, dejan de cumplir su función.

Y mientras tanto, se nos dice que la economía va bien.

Quizás la macroeconomía vaya bien. Quizás algunos indicadores sean positivos. Quizás las cifras de crecimiento sean mejores que las de otros países europeos.

Pero millones de personas no viven dentro de una estadística.

Viven dentro de una nómina.

Y cuando la nómina no alcanza para llegar a final de mes, cuando la cesta de la compra sigue subiendo, cuando el alquiler consume la mitad del salario y cuando el futuro parece cada vez más incierto, las celebraciones oficiales suenan lejanas.

Porque existe una contradicción evidente: los ricos son cada vez más ricos mientras una parte importante de la población trabajadora continúa perdiendo capacidad adquisitiva. Y esa contradicción no se resuelve con campañas de comunicación ni con discursos triunfalistas.

Se resuelve enfrentándose a los intereses que se benefician de ella.

Por supuesto que un gobierno de PP y VOX sería peor para los trabajadores. Por supuesto que supondría más recortes, menos derechos y más privilegios para las élites económicas. Pero precisamente por eso resulta tan preocupante que quienes se presentan como alternativa no estén siendo capaces de responder con la contundencia necesaria a los problemas reales de la mayoría social.

La izquierda no puede limitarse a pedir el voto por miedo.

Necesita recuperar la credibilidad demostrando que está dispuesta a transformar las condiciones materiales de vida de la gente. Necesita garantizar que los derechos se cumplen. Necesita fortalecer las inspecciones de trabajo. Necesita combatir de verdad la especulación inmobiliaria. Necesita asegurar que las ayudas llegan a quienes las necesitan. Necesita volver a hablar el lenguaje de la clase trabajadora.

Porque cuando la izquierda renuncia a cambiar la realidad, la ultraderecha encuentra el terreno abonado para crecer.

Y no porque tenga soluciones.

Sino porque demasiada gente siente que nadie más las tiene.

La mejor manera de frenar al fascismo nunca ha sido el miedo.

Siempre ha sido la esperanza acompañada de hechos.

Y los hechos, hoy más que nunca, son imprescindibles.

 

André Abeledo Fernández 

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