Mi definición de comunista, o por qué no necesito disculparme por serlo.
Hace años escribí una frase que sigue siendo, para mí, la brújula de todo lo que pienso y de todo lo que escribo: un comunista es una persona que piensa que cualquier persona, por el hecho de haber nacido, tiene derecho a una vida digna y a tener sus necesidades básicas cubiertas, es una persona que piensa que la economía tiene que estar al servicio del ser humano y no el ser humano al servicio de la economía, es una persona que piensa que tenemos que trabajar para vivir y no vivir para trabajar, es quien considera que la patria es la clase obrera y quien piensa que la solidaridad, la igualdad, la fraternidad y la justicia social son los cimientos de un futuro socialista.
No es una consigna, es una declaración de principios que se sostiene sola, sin necesidad de citar tochos teóricos ni de refugiarse en la erudición. Y precisamente por eso molesta tanto a quienes viven cómodos en el sistema: porque no hace falta ser un intelectual para entenderla, hace falta ser honesto.
Vayamos por partes, porque cada línea de esa definición es una bofetada a la lógica capitalista.
Que cualquier persona, por el hecho de haber nacido, tenga derecho a una vida digna. Suena obvio, ¿verdad? Pues no lo es para un sistema que reparte la vida por sorteo: naces en un barrio o en otro, en una familia con recursos o sin ellos, y a partir de ahí el capitalismo decide si tendrás sanidad de calidad, si comerás bien, si tendrás techo. Un comunista rechaza esa lotería. No pedimos igualdad de oportunidades dentro de las reglas del juego capitalista, pedimos cambiar el juego.
Que la economía esté al servicio del ser humano y no al revés. Aquí está la clave de todo. El capitalismo nos ha hecho creer que somos nosotros quienes debemos ajustarnos a la economía: que si el mercado exige precariedad, aceptamos precariedad; que si exige recortes, aceptamos recortes; que si exige que trabajemos hasta los setenta años, lo aceptamos también. Un comunista invierte esa ecuación: la economía existe para nosotros, no nosotros para ella. Si no genera bienestar, sobra.
Que trabajemos para vivir y no vivamos para trabajar. Yo he sido cajero, reponedor, delegado sindical, dieciocho años dentro de Mercadona me han enseñado que el capitalismo necesita convencernos de que nuestra identidad se mide en productividad. Y no. Somos padres, madres, militantes, lectores, gente que quiere sentarse a comer sin mirar el reloj. La vida no es un anexo del trabajo, el trabajo debería ser un medio para vivir la vida.
Que la patria sea la clase obrera. Esta es la parte que más incomoda a quien confunde patriotismo con banderas. Nuestra patria no tiene fronteras porque la explotación tampoco las tiene. El compañero explotado en Galicia tiene más en común con el obrero explotado en Marruecos o en Colombia que con el empresario que comparte con él el mismo DNI. Las banderas dividen, la conciencia de clase une.
Que la solidaridad, la igualdad, la fraternidad y la justicia social sean los cimientos de un futuro socialista. No es una utopía inalcanzable, es un proyecto político concreto que ya demostró, allí donde se aplicó con seriedad, que es capaz de garantizar vivienda, sanidad, educación y jubilación digna a millones de personas.
Vivimos tiempos en que el fascismo vuelve a asomar la cabeza en toda Europa, alimentado precisamente por el fracaso de una socialdemocracia que renunció a esta definición, que prefirió administrar el capitalismo en vez de combatirlo. Frente a eso, mi respuesta sigue siendo la misma que hace años: ser comunista no es una etiqueta del pasado, es la única forma de mirar el presente con dignidad y el futuro con esperanza.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

