Venezuela secuestrada: la Democracia Bolivariana frente al fascismo imperial del petróleo.

Publicado:

Noticias populares

Venezuela secuestrada: la Democracia Bolivariana frente al fascismo imperial del petróleo.

Camaradas,

Hugo Chávez habló siempre de la democracia protagónica, la que va mucho más allá de votar cada cinco años y meter una papeleta en una urna. Habló de la unión cívico-militar, de la base socialista y bolivariana, de un pueblo que deja de ser espectador de su propio destino para convertirse en protagonista. El socialismo de la República Bolivariana nunca fue una copia de nada ni de nadie: desde el primer día, la figura del Libertador Simón Bolívar y la conciencia de clase de un pueblo históricamente saqueado formaron la columna vertebral del proyecto que Chávez levantó y que Nicolás Maduro sostuvo, con sus aciertos y sus contradicciones, durante más de una década bajo el asedio permanente del imperio.

En ningún país del mundo se ha votado tanto como en Venezuela. Desde la victoria del MVR en 1998, el pueblo venezolano fue llamado una y otra vez a decidir, a ratificar, a corregir, a construir las herramientas de una democracia participativa que ponía el poder en manos de las mayorías y no en manos de una oligarquía vendida a Washington. Esa es la verdadera acusación que nunca perdonaron ni perdonarán: que Venezuela se atreviera a decir que su petróleo era de su pueblo y no de Wall Street.

El crimen que Occidente llama operación.

En la madrugada del 3 de enero de 2026 el imperio cruzó la última línea roja. Fuerzas especiales estadounidenses, en la llamada «Operación Determinación Absoluta», irrumpieron en Caracas y secuestraron al presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro, junto a su esposa Cilia Flores. Lo sacaron de su país en helicóptero, lo procesaron como a un delincuente común en una sede de la DEA en Nueva York y lo exhibieron esposado y grillado ante las cámaras, en lo que el propio Secretario de Guerra de Estados Unidos definió, sin ningún pudor, como una demostración de «letalidad y precisión». Donald Trump lo llamó una de las operaciones militares «más impresionantes» de la historia de su país. Nosotros lo llamamos por su nombre: secuestro de Estado, terrorismo internacional, un magnicidio político disfrazado de operación antidroga.

Ante el tribunal de Manhattan, Maduro se mantuvo firme, como se mantuvo firme Chávez cuando lo secuestraron en el golpe de 2002: «No soy culpable, soy un hombre decente, sigo siendo el presidente de mi país. Soy un prisionero de guerra.» Así habla un revolucionario ante el tribunal del Imperio, no ante la justicia.

El objetivo nunca fue la democracia: fue el petróleo.

Que nadie se llame a engaño. Nunca fueron los derechos humanos. Nunca fue el narcotráfico. Ese mismo fin de semana, mientras el pueblo venezolano todavía no salía de su asombro, Trump se reunía en la Casa Blanca con las grandes petroleras y anunciaba que Estados Unidos controlaría la explotación del petróleo venezolano «durante mucho más» de un año. Washington ha ido más allá: ha declarado que controlará las ventas de petróleo venezolano de manera indefinida, con los ingresos depositados en cuentas del Tesoro estadounidense, sin que nadie en Caracas sepa a ciencia cierta qué proporción, si es que alguna, llegará finalmente al pueblo venezolano. Según cifras recientes, la facturación del petróleo requisado ya supera los 13.000 millones de dólares desde el secuestro, mientras Trump presume públicamente de que esas ganancias ya han «pagado la guerra varias veces».

Bajo presión directa de Washington, la Asamblea Nacional fue obligada a reformar la Ley de Hidrocarburos para entregar a capital privado, local y extranjero, lo que durante veinticinco años fue propiedad soberana del pueblo venezolano a través de PDVSA. Lo que Chávez construyó con conciencia de clase y sudor colectivo, el Imperio lo desmontó en semanas con helicópteros Delta Force y presión de mercado.

Una ocupación que no se atreve a llamarse ocupación.

Ocho meses después del secuestro, la fachada de «transición democrática» que prometió Washington se ha desnudado por completo. La interina Delcy Rodríguez gobierna bajo tutela directa de Estados Unidos, sin haber cedido ni un centímetro de poder real a nadie, ni siquiera a la propia oposición que aplaudió la intervención. Diosdado Cabello, con 25 millones de dólares de recompensa sobre su cabeza puesta por el mismo gobierno que ahora comercia con él, sigue siendo ministro del Interior. Ni Edmundo González ni María Corina Machado, los favoritos de siempre del Departamento de Estado, han recibido ni una migaja de poder: Trump los ha descartado sin más, porque lo único que le interesa de Venezuela nunca fue la democracia, fue el crudo.

Y mientras tanto, el pueblo venezolano paga la factura de la infamia por partida doble. En junio, dos terremotos gemelos sacudieron Caraballeda y dejaron más de cinco mil muertos, una tragedia que expuso ante el mundo entero la incapacidad y el desinterés del gobierno interino, más ocupado en garantizar los barcos petroleros a Washington que en atender a su propio pueblo sepultado bajo los escombros. Ese es el verdadero rostro de la «liberación» prometida: salarios de hambre, inflación, servicios públicos colapsados y un gobierno interino que responde ante Wall Street y no ante Caracas.

Curiosa dictadura la de Venezuela.

Decían que Venezuela era una dictadura. Curiosa dictadura donde el pueblo votaba más que en ningún otro país del planeta, donde la oposición tenía medios privados, ruedas de prensa y financiación extranjera para pedir sanciones contra su propio pueblo. En una dictadura de verdad la oposición está en fosas comunes, en campos de concentración o en el exilio; en Venezuela chavista estaba dando entrevistas en la CNN. Lo que había allí era una Democracia con mayúsculas, imperfecta como todas, asediada como ninguna, frente a una oposición vendida que hoy aplaude el secuestro de su propio presidente y la entrega del petróleo del pueblo a las multinacionales yanquis.

No pasarán.

La detención, el traslado forzoso y la humillación pública de un mandatario electo es la máxima expresión del fascismo internacional administrado por el gran capital petrolero. Ayer fue Irak. Ayer fue Libia. Ayer fue Siria. Hoy es Venezuela. Mañana puede ser cualquier pueblo que se atreva a decir que sus recursos son suyos y no de Washington.

La clase trabajadora internacional no puede mirar hacia otro lado. Exigir la liberación del presidente Nicolás Maduro y el respeto absoluto a la soberanía bolivariana es hoy un deber central del internacionalismo obrero. Chávez volverá a nacer cada mañana, en cada fábrica, en cada huelga, en cada pueblo que se niegue a arrodillarse. Y Nicolás Maduro seguirá siendo, en Nueva York o en Caracas, el presidente legítimo de un pueblo que no ha dejado de resistir.

¡No pasarán!

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández 

DEJA UN COMENTARIO (si eres fascista, oportunista, revisionista, liberal, maleducado, trol o extraterrestre, no pierdas tiempo; tu mensaje no se publicará)

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimas noticias

Lenin: o home que demostrou que a teoría revolucionaria se fai acción

Lenin: o home que demostrou que a teoría revolucionaria se fai acción Hai quen reduce a Vladímir Ilich Uliánov, Lenin,...

Le puede interesar: