Ceuta: la vergüenza compartida de quienes juegan con el sufrimiento ajeno.
Camaradas:
Lo que está pasando en Ceuta es una tragicomedia. Sería solo comedia, la comedia grotesca de la hipocresía política, si no fuese, ante todo, un drama humano: gente que huye del hambre y de la represión, jugándose la vida, y que se encuentra convertida en munición arrojadiza entre gobiernos que la utilizan sin mirarla a la cara.
Y cuando digo que todos mienten, no exagero. Miente el Gobierno español, que no se atreve a decir en voz alta lo que sabe perfectamente: que detrás de esta avalancha migratoria está la mano de Marruecos, presionando y chantajeando. Miente la derecha, VOX incluido, que exige «mano dura» con Rabat mientras se cuida mucho de señalar a quien realmente mueve los hilos desde Washington y Tel Aviv. Y miente, por supuesto, el reino alauita, que sabe perfectamente lo que hace y por qué lo hace.
Porque no nos engañemos: nadie cree que Marruecos actúe solo. Rabat no mueve la presión migratoria sobre Ceuta sin el visto bueno de Washington y sin la connivencia de un Israel que lleva años utilizando la política exterior marroquí como palanca contra España. Es la misma lógica que en 2020 llevó a la Administración Trump a reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, a cambio de que Rabat normalizase las relaciones con Tel Aviv: territorios ajenos convertidos en moneda de cambio geopolítica. Esa hipoteca la seguimos pagando hoy, en forma de menores empujados hacia las vallas.
Y aquí toca recordar la historia, porque sin ella no se entiende nada. En 1975, con la Marcha Verde, Marruecos ocupó el Sáhara Occidental —entonces provincia española— con el respaldo diplomático de Estados Unidos, en pleno contexto de la Guerra Fría y de la diplomacia de Henry Kissinger. España, en plena agonía del franquismo, entregó al pueblo saharaui a un nuevo poder colonial. Felipe González prometió, antes de llegar a La Moncloa, que ayudaría a los saharauis a recuperar su independencia. Décadas después, mantiene estrechos vínculos personales y de negocios con las élites marroquíes, mientras el Sáhara sigue ocupado. De aquella traición venimos.
¿Y hoy? Hoy asistimos a un espionaje israelí, el programa Pegasus, utilizado —según las revelaciones periodísticas de 2021, confirmadas por investigaciones oficiales— para intervenir teléfonos del propio Gobierno español, presuntamente por parte de Marruecos. Hoy asistimos a un Gobierno de Trump que llama «colonos» a los españoles de Ceuta y Melilla y da alas a quienes reclaman esos territorios como marroquíes. Y no es solo Washington: en 2019, Yair Netanyahu, hijo del primer ministro israelí, llamó públicamente a «árabes y musulmanes» a «liberar» Ceuta y Melilla, equiparándolas con Cisjordania en un cruce dialéctico con la ocupación palestina. El mensaje es viejo, pero la lógica que lo sostiene sigue viva: Ceuta como arma arrojadiza contra España cuando conviene a Israel o a Trump.
Frente a esto, la derecha española y europea hace un teatro miserable. La derecha catalana reduce el drama migratorio a una pelea de competencias autonómicas, como si el problema fuese quién gestiona la frontera y no por qué miles de personas arriesgan la vida para cruzarla. Giorgia Meloni exige explicaciones a España cuando Italia recibe el doble de inmigración y su represión draconiana no ha frenado nada. Es la mediocridad discursiva de una derecha que solo sabe señalar a Marruecos cuando le sirve para atacar al Gobierno de turno, y calla como una tumba ante Washington y Tel Aviv.
La verdad, camaradas, es incómoda para todos: la inmigración se está utilizando como arma geopolítica. Marruecos es una dictadura sátrapa, enemiga de su propio pueblo antes que de nadie, y ese pueblo —el mismo que manda a sus hijos a jugarse la vida en una patera— es también víctima de este juego. Trump ha decidido utilizar Ceuta para desestabilizar a España y a Europa, y para alimentar su relato electoral. Y aquí, ni el Gobierno se atreve a nombrar al verdadero poder que empuja desde detrás, ni la derecha tiene la independencia para hacerlo.
Solo nos queda a los pueblos de Europa la cabeza fría, la memoria histórica y la empatía real, no la impostada. La de quienes entienden que detrás de cada persona que cruza una valla no hay una amenaza, sino la consecuencia directa de un reparto colonial del mundo que nunca llegó a repararse.
Hasta la victoria siempre!
André Abeledo Fernández

