La violencia que no sale en los telediarios
Nos enseñan desde niños a reconocer la violencia en el puño, en la piedra, en el cristal roto. Nadie nos enseña a verla en el buzón, en la nómina o en la sala de espera. Y, sin embargo, es ahí, todos los días, donde más gente sale herida.
La violencia de lo cotidiano
No llegar a fin de mes es violencia. Los desahucios son violencia. La miseria es violencia. Trabajar sin derechos es violencia, y los despidos también. Las listas de espera en la sanidad son violencia, y también lo es, sobre todo, llegar tarde a tratar enfermedades curables y que la gente muera por ello.
Lo sabe quien lleva años detrás de una caja o de un mostrador, quien cuenta las horas que le deben, quien llega a casa sin saber si podrá pagar el alquiler. Esa violencia no hace ruido, no rompe escaparates y no abre telediarios. Pero deja muertos, enfermos y vidas truncadas. Se llama «gestión», «ajuste» o «reforma», y se ejerce con la comodidad de quien nunca la sufre.
El Estado y su doble vara de medir
No lo decimos solo los de abajo. Chomsky lo plantea con una claridad desarmante: «Si asumimos que hay unidad en la historia de los actos humanos, entonces la violencia del Estado debe ser juzgada con el mismo rasero que la de los individuos». Si el mismo acto es un crimen cuando lo comete una persona y «política pública» cuando lo ejecuta una institución, el problema no está en el acto, sino en quién tiene el poder de bautizarlo.
Max Weber lo dejó escrito sin rubor: el Estado es aquella comunidad humana que reclama para sí el monopolio de la coacción física legítima. Fijémonos en la palabra: legítima. La violencia no desaparece; se concentra, se organiza y se legitima. Tolstói lo vio con la misma crudeza: todos los gobiernos, mediante sus ejércitos, sus leyes, sus tribunales y sus impuestos, se mantienen por la violencia. Y Gandhi lo resumió así: el Estado representa la violencia de forma concentrada y organizada; el individuo tiene alma, pero el Estado es una máquina sin alma.
La ley como costumbre de la violencia
Walter Benjamin fue más lejos en su obra Para una crítica de la violencia: una ley que no deja escapar ningún factor de su control se asemeja, mediante la repetición de la violencia, a la violencia mítica. Dicho en cristiano: cuando la injusticia se repite lo suficiente, deja de parecer injusticia y pasa a parecer orden natural. El desahucio se convierte en un trámite; el despido, en «flexibilidad»; y la lista de espera, en «una realidad con la que hay que convivir». A eso lo llaman paz social.
Quién pone la violencia en práctica
Julio Cortázar nos dejó la pregunta que el poder prefiere no escuchar: «Es necesario darse cuenta de que la violencia-hambre, la violencia-miseria, la violencia-opresión, la violencia-subdesarrollo, la violencia-tortura conducen a la violencia-secuestro, a la violencia-terrorismo, a la violencia-guerrilla; y que es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella…».
Entender de dónde nace la violencia no es justificarla; es negarse a empezar la historia por el final. Quien solo condena la chispa y calla ante el reguero de pólvora no busca la paz: busca que nada cambie.
Defenderse no es violencia, es justicia
Por eso hay que decirlo sin complejos: cuando el pueblo es tratado con violencia, cuando es llevado al límite, cuando se pisotea su dignidad, defenderse no es violencia: es justicia.
Defenderse es organizarse en el centro de trabajo y en el barrio. Es el sindicato, la huelga, la paralización de un desahucio, la movilización masiva, la desobediencia, el voto consciente y la solidaridad entre quienes no tienen nada más que a los suyos. Es la dignidad ejercida colectivamente. A quien llama «violentos» a los desahuciados que resisten y «normalidad» a los desahucios que se ejecutan, hay que devolverle la pregunta: ¿dónde estaba su indignación cuando la violencia solo caía sobre nosotros?
Quién define la violencia
La batalla, camaradas, también es por las palabras. Mientras sea el poder quien decida qué es violencia y qué no, la clase trabajadora seguirá siendo juzgada con una vara y el Estado y el capital, con otra. Nombrar la violencia estructural es el primer paso para dejar de aceptarla. El segundo es organizarnos para ponerle fin.
¡Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

