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Toros, violencia y capitalismo

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En palabras más chuscas, que los hombres que participaban en el evento se vacunaban mediante la faena salvaje contra el cornúpeta para no liarse a guantazos con sus parejas, esposas o novias.

Su aval funcionalista se basa en la teoría de que todo lo que sucede pasa por algo (el por algo será, siempre ha sido así o toda la vida se ha dicho populares) y cumple una finalidad social a veces oscura para las frías entendederas de la pura razón. De esta manera tan grosera y mistificadora daba carta de naturaleza a un irracionalismo de corte natural, atávico y tradicional, otorgándole al tiempo un sentido positivo a un hecho tan reprobable: el maltrato animal bárbaro y gratuito.

La explicación es banal y confunde a propósito el culo con las témporas. Si fuese verdadera la tesis, el ser humano ya ha encontrado formas más inofensivas para conjurar sus pulsiones emocionales irrefrenables: la representación simbólica y teatral a través de escenificaciones y protocolos culturales que a través de la ficción recrean situaciones de conflicto social, político e ideológico sin tomar chivos expiatorios o realizar sacrificios cruentos para calmar la parte maldita que anida en su compleja psicología de represiones y sublimaciones individuales y colectivas.

Cierto es que la violencia existe, solapada o a las bravas, en las sociedades capitalistas. Es más, la estructura capital-trabajo descansa y se nutre de la violencia institucionalizada (explotación laboral), que se tapa con ideología a raudales y vías de escape apropiadas como la tauromaquia en sus diversas manifestaciones, los conciertos de música pop y los espectáculos deportivos intrascendentes, por no mencionar otros actos de similar contenido y función práctica.

Mediante esos eventos masivos, el conflicto social se atenúa y las dudas existenciales y las energías críticas se reconducen hacia espasmos emocionales inocuos para el sistema. Tal es el objetivo último de la industria del entretenimiento amparada en tres mitos irreductibles: la tradición, la cultura y el arte, tres conceptos comodines que nada significan en sí mismos pero que resuenan mágicamente en los oídos de la muchedumbre.

Todos los que participan sin más en un espectáculo de las características de los citados se sienten sujetos activos entre la grey, protagonistas de un ritual que no precisa palabras para explicarlo. La tradición se siente como un flujo irracional que corre por las venas de manera fluida y constante. Resulta difícil escapar de ahí en contextos o ambientes muy marcados por las costumbres ancestrales.

La opinión del catedrático de marras sobre el Toro de la Vega solo surge para dar un barniz de autoridad académica y cultural a una irracionalidad patente, para ofrecer cobertura a la maldad absoluta por un bien hipotético, la supuesta canalización del furor machista latente contra la mujer. De este modo, la violencia contra el morlaco de turno adquiere un sentido lógico y coherente. El fin, esto es, justifica los medios. De un plumazo. Así de sencillo.

Ese reduccionismo interesado de la complejidad social hurta premisas imprescindibles para interpretar con mayor rigor el Toro de la Vega y otras manifestaciones taurinas. Más que atemperar y reconducir la violencia social inherente a nuestras sociedades competitivas, el torneo de Tordesillas reproduce la violencia en sí misma e incluso incita a llevarla a cabo en otras esferas de la vida cotidiana.

Estamos ante una multitud de machos alfa ante un animal indefenso, en cuyo proceso de enfrentamiento desigual los valores masculinos se ensalzan de una manera sobresaliente. El macho ante la víctima; la masa-fiera ante el elegido (el toro en este caso) para ser sacrificado en comunión colectiva.

Tal tradición reproduce a través de roles invertidos la escala social: el trabajador-toro, la mera fuerza de trabajo explotable,  ante la estructura hostil del régimen capitalista, que puede y debe llegar hasta sus últimas consecuencias para conseguir el sacrosanto empresarial. La figura del toro alanceado y moribundo es la venganza metafórica del trabajador explotado, sumiso y vejado por el sistema. Después de la muerte del toro, todo vuelve a la normalidad. Los ánimos se han templado y el conflicto cotidiano ha desaparecido por un instante. El equilibro restaña las heridas: toda víctima que desconoce su estatus siempre busca otra víctima más débil para compensar sus desajustes psicológicos.

Por analogía alegórica, los valores masculinos se ensalzan en un ritual de violencia (institucionalizado y legitimado por el mito de la tradición) hasta unas cotas muy elevadas. El toro es la víctima en la que se restituye lo robado por el sistema. Cambiemos toro por mujer o inmigrante o pobre y el círculo se habrá cerrado convenientemente para el orden establecido. El enemigo o rival jamás será el capitalismo en este esquema mental propicio para esconder la estructura social dominante.

El poder alienta este tipo de eventos (toros, conciertos de música ligera, fútbol…) porque adormecen las conciencias críticas y esconden dentro de sus entrañas el conflicto social, utilizando los conceptos tradición, cultura y arte como significantes míticos y pretendidamente neutrales para embaucar a las masas.

Quien ose tocar estas instituciones sociales deberá arrostrar las iras del pueblo llano ligado por un vínculo invisible, irracional e irreflexivo a sus tradiciones más queridas, una especie de falsa conciencia extremadamente difícil de combatir con argumentos racionales y ponderados. No hay más que ver la respuesta furibunda de los participantes en el Toro de la Vega contra los manifestantes antitaurinos y los medios de comunicación presentes en el torneo.

Las viejas tradiciones, casi huelga señalarlo, son un granero de votos para la derecha y sus acólitos. La irracionalidad, la magia, el mito y la religión saben dar cobijo y calor ante las inclemencias vitales del día a día. Y en la tradición, el sujeto alienado se siente fuerte en compañía de otros semejantes como él mismo.

El ritual no precisa más que unirse a la fiesta en marcha y dejarse llevar por el inconsciente colectivo. Los hilos que manejan tal algarabía o tinglado nunca se ven ni salen a la palestra. Por eso, el poder ofrece su apoyo a esa representación tradicional donde los roles de dominación se invierten sin que el sistema se ponga en duda ni se resquebrajen sus bases ideológicas. Igual que en los carnavales, que para eso nacieron, para que por unos días de desenfreno el mundo al revés sirviera de consuelo a los pobres, marginados y trabajadores.

Pero todo está reglamentado para que el río desbordado vuelva a sus cauces de la normalidad absoluta: los de arriba a las alturas y los de abajo a morder el polvo de la dura realidad. Después del sacrificio mágico, al tajo, que todo seguirá igual hasta el próximo evento sangriento donde sublimar los sinsabores de la precariedad existencial. Sin culpables ni cargos de conciencia. Es el genérico pueblo el que así lo desea con fervor inusitado.

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