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Más se perdió en Cuba

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Catalunya, aparta de mí este cáliz (1)

No es lo mismo ver las cosas desde arriba que desde abajo. Las clases dominantes no ven los problemas de la misma manera que quienes los padecen. La mayor parte de las veces ni siquiera ven un problema. Cuando un opresor pisa el pie descalzo de un oprimido con sus botas, ni siquiera se da cuenta de ello.

Sin embargo, el opresor impone su criterio; es quien define los problemas y la manera de resolverlos. En el caso de Catalunya, el Estado central siempre ha tirado “balones fuera” hablando de un “desafío” que no procede de Catalunya sino de los independentistas, que sólo son una parte de los catalanes.

Es el fraude típico de sacar los micrófonos a la calle y preguntar al primero que pasa, a la vista de todos, si se “siente” catalán, o no, o ambas cosas, si se “siente” independentista o no.

Antes esos mismos reporteros preguntaban en la calle por “la violencia”, y en frío nadie admite ni ha admitido nunca ni ser violento ni resolver los problemas por la violencia… hasta que “la violencia” les ataca personalmente y entonces se dan cuenta de que no hay nadie en el mundo que ponga la otra mejilla.

Por eso ya no hay Ministerios de la Guerra, como antes; han cambiado los nombres por los de “Ministerio de Defensa” y dentro de poco se llamarán “Ministerios de Mantenimiento de la Paz”.

Hay catalanes que no saben que lo son, como hay obreros que se creen “clase media”. Incluso también los hay que se ponen siempre del lado del opresor. Pero la identidad, nacional o de cualquier otro tipo, no es como una insignia que uno se pone en la solapa a sí mismo.

Con la democracia ocurre lo mismo que con la violencia. Nadie está en contra. Hasta los franquistas eran partidarios de la “democracia orgánica”. No se les escapaba nada. También defendían el “Estado de Derecho”, lo mismo que ahora. Cuando Fraga era ministro “de Información”, inmediatamente después de las protestas mundiales por el fusilamiento de Julián Grimau, publicó un libro oficial titulado “España, un Estado de Derecho”.

El Estado burgués no puede entender que los explotados y oprimidos se quejen, reclamen y reivindiquen porque no hay ningún motivo para ello. Por eso no reacciona nunca a tiempo. Cuando reacciona no es porque haya problemas sino porque los oprimidos se ha levantado para denunciarlos. Lo que le preocupa no es el problema, sino la protesta. Entonces echa la culpa a los oprimidos por protestar ruidosamente en la calle.

En 1898 Cuba no tenía ningún problema colonial del que lamentarse. Muchos cubanos tampoco se consideraban cubanos, sino españoles. Pero hubo otros independentistas que buscaron problemas donde no los había y su fanatismo llegó al punto de que cuando no pudieron “desconectar” por las buenas, desataron una guerra, la famosa Guerra de Cuba, para liberarse del Estado central.

En España nunca han permitido otra forma de liberarse que ésa.

Aquella guerra de liberación de 1898 no sólo cambió a Cuba para siempre, sino que también cambió a España siempre. Aceleró la crisis de un Estado semifeudal podrido y carcomido hasta la médula que se hundió en 1931 con el más leve soplo de aire fresco: unas elecciones municipales.

Exactamente lo mismo va a ocurrir ahora, por más que haya quien salga en auxilio de un Estado fascista que ha vuelto a naufragar, especialmente esos “falangistas de izquierda” que se lavan las manos como Pilatos invocando el ya famoso “ni unos ni otros”.

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