El mito de la ‘comunidad científica’ y el ‘consenso científico’

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Los medios tienen reservado para “La Comunidad Científica” (CC) el lugar de sujeto gramatical en casi todas las oraciones que encabezan las noticias ansiógenas. Escuchamos con frecuencia: “La CC vaticina una inminente …”; “La CC predice que…”, “La CC alerta sobre…” No se cansa de localizar y analizar temibles cepas y asustadoras variantes que siguen las letras del alfabeto griego hasta a la épsilon, por el momento. También podemos sorprenderla cuando, como un solo corazón, queda “en ascuas” frente al veredicto de un juicio realizado a unos sismólogos en Italia. Entre sismos y variantes que se multiplican, nuestra desesperanza crece sustentada por la base firme de esa enorme sabiduría.

A pesar de que a muchos nos llama la atención el protagonismo que ha tomado la CC en la sociedad recientemente, esta expresión no es nueva. En el número 6 de la Revista Iberoamericana de Educación de 1994, ya se la mencionaba como una institución con capacidad de influir en “la creación de creencias” asociadas a la discriminación: “Estas creencias se articulan y configuran bajo la influencia de factores relacionados con la comunidad científica, con la familia, con la educación y con la sociedad en general. A partir de ellos se construyen mecanismos que actúan como elementos de discriminación”. Nuevamente, nos invade la desesperanza, esta vez relativa a la convivencia pacífica de la humanidad.

Debido a la gran sapiencia que le atribuimos, la CC interviene certera y eficazmente en asuntos sociales y políticos, tal como ocurre en la siguiente ocasión: “La comunidad científica protestó contra la entrega de un premio a Bolsonaro en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York y logró que se cancelara el evento”. Más allá de la posición política que se pueda tener con respecto al presidente de Brasil, llama la atención que la heterogeneidad de la enorme población brasileña en torno a ese tema tan controvertido no se vea reflejada en la certeza con la que la CC expresó su “protesta”.

Esto probablemente se deba a que el consenso está ubicado en el corazón mismo de la CC. De acuerdo con la definición en Wikipedia, se trata de una institución muy abarcadora, pues “consta del cuerpo total de científicos junto a sus relaciones e interacciones”. Pero a diferencia de lo que pasa en todas las familias numerosas, la CC actúa como un solo cuerpo y no conoce el disenso. El consenso científico es su característica principal, según esa misma página de Wikipedia, en la que se agrega que dicho consenso “se rige a partir del método científico. El método científico, implícitamente, requiere la existencia de la comunidad científica, donde los procesos de revisión de pares y reproducibilidad son llevados a cabo”.

Luego de haber tomado cursos de metodología, durante el largo camino que me llevó a la obtención de mi doctorado, me quedó la impresión de que la aplicación del método científico tenía como objetivo garantizar justamente lo contrario. Se debe exigir que los investigadores expliciten su procedimiento metodológico para poner las cartas sobre la mesa, para dar lugar a que sus conclusiones sean posibles de ser discutidas, contrastadas y, eventualmente, confirmadas o rebatidas por cualquier otro investigador.

Algo ha cambiado en la concepción de la ciencia

Pero algo ha cambiado en la concepción de la ciencia. Según se puede leer en una página de la Universidad de Berkeley, la ciencia está inmersa en la comunidad científica. Esto significa que el trabajo de cada científico se subordina al consenso de un colectivo. Un simple silogismo nos lleva a concluir que los científicos que deberían apoyarse en el rigor metodológico deben ahora supeditar sus conclusiones al parecer de su comunidad. Por eso, a la abreviatura CC, de ahora en adelante, le agregará una C correspondiente a la palabra “consensual” (CCC).

El requisito de que exista consenso en la CCC termina por amenazar la preservación del propio método científico, que fue diseñado para la indagación e investigación constantes. Según el análisis de D.A. Díaz sobre el centralismo político “se instala un problema grave y apocalíptico, se plantea un consenso unánime sin fisuras sobre la naturaleza y origen del mismo, sus soluciones, que emanan de la voz de alguna agencia global especializada o de instituciones sin la más mínima existencia ontológica -la “ciencia”, el más utilizado-, y se vincula el problema a todos y cada uno de los aspectos existenciales de los ciudadanos”.

Basta colocar las palabras “comunidad científica” en el buscador para leer sus advertencias sobre una vasta gama de problemas que nos angustian diariamente: el agujero de ozono, el cambio climático, el calentamiento global, el derrumbe del edificio en Miami y la infaltable secuencia de advertencias sobre “nuevas cepas”, que nos recuerdan que esta “pandemia” está siempre vivita y aterrando. Su palabra atemorizante se agiganta a partir de ese consenso, cada macizo mazazo opinatorio nos deja atónitos ante ese saber inmenso ejercido por la totalidad de los científicos de la tierra, que en conjunto nos vaticina un futuro funesto. Apenas escuchamos su nombre en los informativos, nos aprontamos para caer en la más profunda desesperanza sobre el porvenir de la humanidad.

Los asesores científicos de los gobiernos

La opinión de la CCC calificada y calificadora nos llega a través de sus voceros en el Uruguay. En diciembre 2020, por ejemplo, representantes de la CCC, recibieron el apoyo de los representantes locales en una mesa de discusión en la que hubo escasa discusión. Entre el 16 de abril del 2020 y el 16 de junio del 2021, quedaron registradas las palabras emitidas y escritas por sus representantes legitimados en función de su pertenencia al Grupo Asesor Científico Honorario (GACH). Estas palabras han amplificado y difundido su opinión “unívoca del inicio al fin de su intervención, y han dejado una estela de reproches que nos llenan de culpa por no haber sabido seguir al pie de la letra sus mandamientos”.

Pero ¿a qué se refiere la expresión “comunidad científica” a la cual ellos pertenecen con tanto orgullo? ¿Qué es realmente esa entidad abstracta e imperceptible? No se trata de una persona, pero opina como si lo fuera. Se trata de un colectivo multitudinario que logra acuerdos de modo firme, veloz y certero. Es cierto que la palabra “comunidad” alude a los aspectos que son comunes a determinados grupos de individuos. Todo parece evidente e incluso tautológico. Sin embargo, basta tener algo de experiencia de vida, para saber que, en todo grupo que comparte intereses, existe una enorme variedad de matices, y que lo más difícil en esas unidades colectivas es llegar al consenso. Basta haber estado en grupos de estudio o de viaje, para haber tenido la experiencia de que es imposible lograr un acuerdo a priori y permanente. Las mesas familiares, las conversaciones fraternas, las cooperativas de vivienda, los grupos de militantes, y cualquier agrupación de personas tiene siempre que lidiar con esa piedrita en el zapato a la hora de tomar resoluciones rápidas.

Entonces, ¿cómo puede la CC llegar al consenso que la caracteriza de ese modo tan armónico, vertiginoso, imperceptible? En lo que va de este año y medio, la hemos escuchado opinar incansablemente sin que se le escape “ni un sí, ni un no”. La hemos visto no dudar en momentos de éxito, y tampoco dudar en momentos de fracaso, sin importar los altibajos en los reportes numéricos del MSP [Ministerio de Salud Pública de Uruguay]. La CCC se mantiene siempre firme en sus medidas recomendadas, sea cual sea el resultado de las mismas. Parece inevitable que la miremos con admiración, incluso con algo de envidia ante ese estridente y orgulloso consenso.

El combustible del pensamiento

No hay grupo de personas que actúe como “un solo hombre”, ni siquiera un solo hombre o una sola mujer. Tras haber estudiado cuatro años intensamente, para elaborar una tesis de doctorado, y a partir de mi experiencia clínica y personal, me fui dando cuenta de que convivir con la contradicción es uno de los desafíos que enfrentamos cotidianamente, para mantener la consistencia de nuestro sí mismo a lo largo del tiempo.

Nuestro mundo interno dialógico está poblado de diferentes voces que no siempre están de acuerdo entre sí. Con el objetivo de observar la conversación interna, diseñé un procedimiento metodológico psicodramático. Los datos recogidos mostraron que ni siquiera la identidad de una sola persona es unívoca. Al desplegar el contenido de nuestras reflexiones en el escenario psicodramático, vemos emerger diferentes facetas de nosotros mismos que conviven sin consenso, y que discuten a viva voz en el “teatro de nuestro mundo interno”. Los resultados observados llevan a concluir que lejos de impedir el desarrollo del pensamiento, el debate interno es su principal combustible, lo impulsa y lo mantiene con vida.

De ese debate interno, se nutre también el pensamiento que impulsa la ciencia. De las dudas de los científicos, surgen los problemas y preguntas imprescindibles para iniciar cualquier investigación. Este es el ABC del método que conocemos todos aquellos que alguna vez nos desempeñamos como científicos.

Hay que sembrar un ‘miedo realista’

En el campo de la psicología, el GACH dejó resonando en los oídos de quienes quieran escucharlo, a través de la voz del Dr. Bernardi, la recomendación de que es “necesario un miedo realista hasta que las vacunas hagan efecto”. Su recomendación nos llegó, luego de más de un año de mensajes atemorizantes. También se escuchó la voz de la Dra. Alejandra López Gómez, cuando ella se refirió a la insuficiencia del concepto de libertad responsable para controlar la pandemia.

En tanto psicóloga e investigadora en ese campo científico, me considero integrante de la CCC. La pregunta que me surge es ¿cómo hacemos quienes así nos consideramos, para compatibilizar opiniones que se nos imponen como consensuales, pero que se dan de bruces con todo lo que aprendimos leyendo sobre investigaciones científicas a lo largo de los años?

Como profesora de la materia “Psicología de la Salud” en la Universidad de Ottawa, en la capital canadiense, leí y enseñé sobre los resultados de una enorme cantidad de estudios relacionados con los efectos del estrés prolongado en el desequilibrio hormonal, en la desregulación del sistema inmunitario, en la generación de trastornos psíquicos y fisiológicos. No hay psicólogo ni médico que no haya visto los efectos devastadores del miedo crónico en la vida de niños, jóvenes y adultos. Aún si descartamos el pánico, como sugirió el Dr. Bernardi, todos sabemos que el miedo es eficaz, si y solo si, es puntual. Un miedo que dura un año y medio no es puntual, y tampoco es realista.

Un miedo puntual es la respuesta a una alarma que interrumpe la cotidianeidad. En la normalidad, nuestro sistema funciona en dos modalidades. Cuando surge una alarma, la modalidad que nos permite concentrarnos en las actividades cotidianas se pone en pausa, y se instala una modalidad defensiva. Nuestro sistema se alerta y dispone a afrontar una amenaza real no normal. Si el sentimiento de alerta es prolongado, comenzamos a sospechar que estamos ante una amenaza fantaseada, en el caso de un adulto, o de una situación de abuso infantil. Hasta este año, nunca había escuchado la posibilidad de que un miedo invada la vida cotidiana de personas adultas y que se trate de un “miedo realista”, salvo en casos de “burn out” o de acoso laboral, situaciones de violencia familiar o de vulnerabilidad socioeconómica.

En la Nueva Normalidad, la coincidencia temporal del miedo y la vida cotidiana no puede sino producir lo que se conoce como “estrés tóxico”. Éste provoca una exigencia que sobrecarga los sistemas de respuesta y produce un desgaste del organismo. En el caso de los niños, el miedo prolongado en el entorno familiar, aún si no es intenso, puede llegar a producir una disociación que está en la base de patologías severas.

Si el miedo se vuelve crónico, produce lo que se conoce “estrés tóxico”, una serie de efectos adversos graves que es necesario evaluar y comparar con los efectos nocivos que estamos tratando de evitar. Esta es una tarea que los psiquiatras y psicólogos del GACH no han realizado, quizás porque saben que el miedo crónico, la restricción de la libertad, la disminución del contacto físico, y el aislamiento social, son caminos seguros hacia un grado más o menos elevado de patología a corto, mediano o largo plazo.

El estrés es por definición una respuesta a un elemento estresor. El miedo nunca puede aplicarse como medida preventiva, porque esta emoción disfórica necesariamente aumenta el estrés. No hay científico en este momento, ni mucho menos ninguna CCC, que haya presentado evidencia para rebatir las siguientes afirmaciones: “El estrés eleva el cortisol en el cuerpo. El cortisol es la hormona del estrés que suprime el sistema inmunológico. La adrenalina aumenta en el cuerpo y desorganiza el sistema nervioso. A corto plazo, nos ayudan a pelear o escapar, pero a largo plazo suprimen el funcionamiento corporal. Por eso, no nos llama la atención que las personas que están aisladas y estresadas tienen más chance de enfermarse”.

Para seguir atemorizándonos, la CCC decidió blindar todos los meses del año. Para poder atemorizarnos, a pesar de saber a ciencia cierta los daños que nos causa, debe blindar también su corazón y su conciencia.

—Mariela Michel https://extramurosrevista.com/a-ciencia-cierta-y-corazon-blindado-la-comunidad-cientifica/

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