El Imperio hispánico, un sistema ideal: «ni capitalista ni feudal ni esclavista», ¿el «reino de los cielos»?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«Santiago Armesilla, reúne un totum revolutum de ideologías y argumentarios nacionalistas: maoísmo, castrismo, juche, falangismo… todo ello, por supuesto, sazonado con los argumentos estrella de su maestro Gustavo Bueno. A partir de este repugnante recetario acaba presentando una visión completamente distorsionada de su querido Imperio español, cometiendo verdaderos atentados contra la ciencia histórica. En realidad, su metodología de análisis no es novedosa: anacronismos, reduccionismos y comentarios vulgares, el clásico arsenal que usa todo revisor histórico. Veamos:

«El Imperio español fue la primera sociedad política anticapitalista exitosa que existió. Su resistencia a dicho avance capitalista, lento pero seguro durante casi cinco siglos –XIII-XVIII–, resistió del XVI al XIX. De aquella resistencia quedan remedos como el latinoamericanismo». (Twitter; @armesillaconde, 9 sept. 2019)

De esta burda forma presenta a un imperio colonial de la Edad Moderna como «la primera sociedad política anticapitalista» de la historia. Marx y Engels parecen ser que se equivocaron buscando los gérmenes del socialismo científico, que, al parecer, ya estaban imbuidos en la política de Carlos I, Felipe II o Carlos IV, o en Espartero y O’Donnell, a los cuales tanto criticaron por su fanatismo religioso, conservadurismo político y reaccionarismo cultural. Al leer esto cualquiera pensaría que es una broma, pero Armesilla realmente está diciendo que el atraso que supone la resistencia de las clases dominantes feudales al progreso capitalista es un ejemplo de «anticapitalismo» consecuente, y no de los intereses reaccionarios de las clases dominantes.

Y aunque también parezca increíble, cuando habla de que quedan remedos en las sociedades latinoamericanas de esa resistencia al capitalismo, tiene en mente a los gobiernos del «socialismo del siglo XIX», aquellos no solo entregados a la burguesía criolla de toda la vida, sino neocolonizados por empresas estadounidenses, españolas, rusas y chinas. Atentos:

«@armesillaconde: La encomienda, al convertirse en temporal, acabó con cualquier posible implantación del feudalismo. El Imperio hispánico no fue propiamente feudal ni capitalista, ni esclavista. Fue un Imperio de transición con formas sociales propias y peculiares, algunas socialistas, las misiones». (Twitter; Santiago Armesilla, 26 de octubre de 2019)

Suponemos que, si no fue feudalista, esclavista ni capitalista, y sí una pizca de «socialista», simplemente podemos celebrar que fue lo más parecido al «reino de los cielos» sobre la tierra, ¿no? La febril idealización de su nacionalismo le lleva a plantear que el imperialismo hispánico era un imperio de tipo «especial», esto es, por encima de las propias relaciones de producción de la época:

«¿Por qué cae el Imperio español? Porque entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX era ya inviable resistir más, y prorrogar más, esa forma de sociedad mercantilista construida sobre las bases de la Reconquista frente al avance del modo de producción capitalista». (Twitter; @armesillaconde, 9 sept. 2019)

Si se reconoce que el Imperio hispánico acabó incorporando y generalizando el mercantilismo, ¿en qué se cree Armesilla que deriva siempre el mercantilismo del siglo XVI-XVIII de todos los países europeos? La respuesta es en el capitalismo moderno. La diferencia estriba entonces en el ritmo de su implementación o, mejor dicho, en que muchos lo quisieron adoptar, pero no lo pudieron aplicar consecuentemente, entre ellos España. He aquí una explicación del fenómeno mercantilista de la pluma de los economistas soviéticos:

«Los mercantilistas expresaron los intereses de la burguesía naciente en las profundidades del feudalismo, esforzándose por acumular riqueza en forma de oro y plata mediante el desarrollo del comercio exterior, el saqueo colonial y las guerras comerciales, y la esclavitud de los pueblos atrasados. En relación con el desarrollo del capitalismo, comenzaron a exigir que el poder estatal patrocinara el desarrollo de empresas industriales: las fábricas. Se establecieron primas de exportación, las cuales se pagaron a los comerciantes que vendían bienes en el mercado exterior. Los aranceles de importación pronto se hicieron aún más importantes. Con el desarrollo de las manufacturas y luego de las fábricas, la imposición de derechos sobre los productos importados se convirtió en la medida más común para proteger la industria nacional de la competencia extranjera. Esta política condescendiente se llama proteccionismo.  En muchos países, persistió durante mucho tiempo después de que se superaran las ideas del mercantilismo. En Inglaterra, los derechos de protección fueron de gran importancia en los siglos XVI y XVII, cuando se vieron amenazados por la competencia de las manufacturas más desarrolladas de los Países Bajos. Desde el siglo XVIII, Inglaterra había ganado firmemente la primacía industrial. Otros países menos desarrollados no podían competir con él. En este sentido, las ideas del libre comercio comenzaron a abrirse camino en Inglaterra». (Partido Comunista de la Unión Soviética; Economía política, 1954)

¿Y no fue América la plataforma idónea de explotación que permitió a los países europeos la acumulación originaria capitalista? Cualquiera que haya ojeado «El Capital» (1867) de Karl Marx, sabrá que es así. Es una conclusión tan obvia que sale a flote por sí sola, por lo que uno ni siquiera necesitaría haber consultado dicha obra. Además, diversos autores latinoamericanos han incidido en esto recopilando toda una serie de datos incontestables para estos negacionistas históricos:

«La Cambridge History of the British Empire ha reconocido que los empresarios ingleses obtuvieron entre 200 y 300 millones de libras inglesas en oro de beneficio por el trabajo esclavo en las Indias occidentales. Las ganancias obtenidas por Francia en el tráfico de esclavos durante el siglo XVIII ascendieron a 500 millones de libras francesas oro. Más todavía, poco antes de la revolución burguesa de 1789, las dos terceras partes del comercio exterior francés provenía de la explotación de Las Antillas, especialmente del azúcar haitiano. En fin, puede afirmarse que América latina se constituyó en la periferia colonial más importante del capitalismo europeo en formación. Las islas antillanas del azúcar fueron uno de los basamentos de la acumulación originaria, especialmente en los siglos XVII y XVIII en que el azúcar se convirtió en uno de los productos básicos del mundo. Los políticos y escritores ingleses, entre ellos John Ashley en 1744, reconocieron que el azúcar fue uno de los factores claves en la acumulación de capitales para el ulterior desarrollo manufacturero. El azúcar brasileño del siglo XVI y parte del XVII contribuyó a la acumulación originaria del capital en los Países Bajos sobre la base de la comercialización y el transporte de dicho producto controlado por Holanda. Durante el siglo XVIII, el oro y los diamantes del Brasil aportaron en gran medida al fondo de acumulación que permitió el despegue industrial, porque esos minerales preciosos pasaban a Lisboa y de allí a Londres. Con toda razón se ha dicho que «entre 1700 y 1770, el comercio anglo-portugués contribuyó sustancialmente al desarrollo de la economía inglesa» (42). Celso Furtado ha remarcado también la importancia de Brasil en relación al proceso de acumulación originaria de capital inglés: «Para Inglaterra, el ciclo del oro brasileño proporcionó un fuerte estímulo al desenvolvimiento manufacturero, una gran flexibilidad a su capacidad de exportación y permitió una concentración de reservas que hicieron del sistema bancario inglés el principal centro financiero de Europa» (43). La acumulación de capital en este período –dice Mandel– superó millones de libras inglesas en oro, es decir, más del valor total del capital invertido en todas las empresas industriales hacia 1800 (44)». (Luis Vitale; Comparada de los pueblos de América Latina, 1997) 

No seremos nosotros quienes quisiéramos estar de acuerdo con un ideólogo del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile, pero estos datos recogidos de diversas fuentes son irrefutables, no podemos ir contra la evidencia científica: el expolio de las riquezas y la mano de obra en América por parte de los europeos fue brutal y despiadado. Lo que más bien habría que preguntarse es lo siguiente, ¿no tuvo durante siglos el Imperio hispánico una oportunidad de oro –nunca mejor dicho– para desarrollar el capitalismo con tales privilegios mineros y comerciales?

«En las últimas décadas, numerosos autores han minimizado el papel del capital comercial en el proceso de gestación del modo de producción capitalista, motejando de «circulacionista» a quien se atreva a poner de manifiesto su relevancia. El argumento principal de algunos autores, como Theotonio Dos Santos, es que en la antigüedad romana existió capital comercial y no por ello se accedió al capitalismo. Creemos haber demostrado que el capital comercial de la formación social europea de los siglos XIV al XVII cumplió un papel diferente al del capital comercial de la época romana, contribuyendo a la acumulación originaria, que promovió la inauguración de nuevas formas de producción a través de la industria a domicilio y la manufactura. (…) Pierre Vilar sostiene que las ganancias de los empresarios europeos se hicieron a expensas de los trabajadores mineros latinoamericanos: «la intensidad de la acumulación monetaria en Europa, condición para la instalación del capitalismo, dependió del grado de explotación del trabajador americano (…) La acumulación primitiva del capital europeo dependió tanto del esclavo cubano como del minero de los Andes» (39). Hamilton ha calculado en 500 millones de pesos en oro el monto de lo trasladado de América por los españoles hacia Europa, entre 1503 y 1660. Las cuatro quintas partes de la producción mundial de metales preciosos provenía de América Latina. Enrique Semo afirma que «las colonias americanas le produjeron a España aproximadamente hasta 1518, alrededor de 70.000 pesos anuales, un total de 1.2 millones hasta 1554. Después de la conquista del Perú, el ingreso anual subió a 3.5 millones y llegó en tiempos de Felipe II a 45 millones» (40). En 1626 un alto funcionario de la corona, Pedro Fernández de Navarrete, «computaba los ingresos hasta su época en 1.536 millones, mientras el ilustre doctor Sancho de Moncada, lamentando la escasez de dinero, ya advertida en la Península, admite el dato de que los ingresos registrados de América habían sido de 2.000 millones sólo en el siglo XVI» (41)». (Luis Vitale; Comparada de los pueblos de América Latina, 1997) 

Por tanto, si se quiere debatir si el Imperio hispánico era «progresista» o no para la época, habría que ver qué postura tuvo hacia esta adaptación al nuevo sistema capitalista que se iba fraguando poco a poco, o, mejor dicho, si más allá de sus intenciones, se enroló o se quedó atrás, y efectivamente todos sabemos el ranking en que quedó el Imperio hispánico respecto a otras potencias. Marx lo explicó brillantemente:

«La época antecedente al desarrollo de la sociedad industrial moderna se inaugura con la sed universal de dinero, tanto de los individuos como de los estados. El desarrollo real de las fuentes de riqueza avanza por así decirlo a sus espaldas, como medio para adueñarse del representante de la riqueza. Allí donde el dinero no deriva de la circulación –como en España– sino que se lo encuentra directamente, empobrece a la nación, mientras que aquellas naciones que deben trabajar para arrancárselo a los españoles desarrollan las fuentes de la riqueza y se enriquecen realmente». (Karl Marx; Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, 1858)

Siguiendo en esta línea, ¿puede alguien considerar al Imperio hispánico de aquellos siglos como un referente, no solo desde el punto de vista actual, sino del prisma de la Edad Moderna? ¿O este era más bien un gigante de barro consumido por sus propios vicios, como las «manos muertas» y el espíritu ocioso de la «hidalguía»? El hecho de que las leyes que compatibilizaban la nobleza con el trabajo manual del siglo XVI no se hubieran asentado ni mucho menos, hizo que Carlos III en su Real Cédula del 18 de marzo de 1783 decretase que el oficio de curtidor, herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros pasasen a ser «honestos» y «honrados». Un hecho histórico como este, aunque no puede esgrimir el cuadro de toda una época, sí puede dar una pincelada clarividente de lo que fue su tiempo.

No obstante, Armesilla solo se centra en comentarnos que la intención de los dignatarios castellanos era «retrasar la formación del capitalismo todo lo posible» en el Imperio hispánico. ¿Todo lo posible en vistas a qué? Sobre esta «resistencia» al capitalismo solo caben dos opciones:

a) La primera opción es reconocer que las clases explotadoras no querían adecuarse a los nuevos tiempos o no eran capaces de hacerlo. La segunda es fantasiosamente estúpida y consiste en plantear sin vergüenza alguna ante el público, que los reyes, nobles, obispos y válidos tenían un «pensamiento anticapitalista» pionero y revolucionario, que eran adelantados a su época porque ante los primeros gérmenes del capitalismo ya sabrían a ciencia cierta lo que iba a ocurrir, sabían las consecuencias de superar el modo de producción feudal, y ellos, como grandes humanistas adelantados a su época, estarían buscando ya una alternativa al incipiente capitalismo y sus negativas consecuencias que reproducían en sus mentes iluminadas por la providencia o vaya uno sabe qué. En resumen, una preciosa y pionera vía alternativa al capitalismo que Armesilla no explica demasiado, pero que debemos presuponer que más tarde retomarían los socialistas utópicos y coronarían Marx y Engels. Esto es surrealista desde el momento en que se pretende vendernos que los mandatarios, los mismos que ignoraban diariamente las calamidades del feudalismo, fueron los que ya estaban poniendo la primera piedra para superar al capitalismo que apenas asomaba la cabeza.

b) Si somos seres cuerdos y no nos creemos tal relato de ficción, atendiendo a los hechos se deberá reconocer que las castas políticas y económicas estaban en contra de la modernización del país y por ende del progreso de la época. En cambio, si algún místico elige lo anterior… en fin, no hace falta ni comentarlo, ya que nosotros no aceptamos debatir la historia en base a la fe en los «pueblos elegidos», la capacidad o no de videncia de los personajes o las posibles intervenciones milagrosas; pero, por encima de todo, lo que no toleramos son los anacronismos, por tanto, más allá de la presunta buena voluntad de los explotadores castellanos, es innegable que su sistema económico no solo fue una mezcla de feudalismo y esclavismo, sino que pese a teorizar y a veces implementar el mercantilismo, el capitalismo en España se incorporó tarde, bastante demasiado tarde en relación al resto de Europa.

El imperio español del siglo XVI-XIX, cada vez venido a menos tanto territorialmente como económicamente, se mantuvo demasiado tiempo anquilosado en las viejas normas y formas de pensar rentistas de la nobleza y el clero, la propia mentalidad gremial y las legislaciones que la apoyaban tardaron mucho en decaer. Los negocios castellanos fallidos en las empresas industriales y financieras quebraron demasiadas veces como para asentar a tiempo una industria y un comercio competitivos de cara al exterior, por lo que Castilla, eje fundacional del imperio, acabó cumpliendo un papel meramente secundario dentro del mercado internacional, monopolizado por holandeses, franceses y después ingleses. La falta de actualización e inversión en el campo fue una losa cada vez más pesada en un país eminentemente agrícola, con una productividad cada vez más alejada de los países punteros en este sector. Tampoco hubo una progresiva unificación de reinos y sus respectivas legislaciones, siendo un imperio de diversos reinos, lenguas, leyes y costumbres, con desfasadas trabas aduaneras que saboteaban la expansión comercial. La deuda y las bancarrotas siempre fueron una constante en la dinastía de los Austrias –a partir del siglo XVI–, cosa que tampoco solucionaron los Borbones –a partir del siglo XVIII–. Sin olvidarnos de la famosa sangría demográfica y las guerras internas y externas, que hacían imposible todo crecimiento sostenible. Todo ello y muchos más fueron los factores que terminaron por retrasar la incorporación de España al mundo capitalista, algo que no es un secreto para cualquier economista o historiador con un mínimo de rigor. Véase la obra de F. Simón Segura: «Manual de historia económica mundial y de España» de 1993.

Para mediados del siglo XIX, la Corona española estaba muy lejos de ser esa superpotencia que un día fue, ni siquiera era un país con unos rasgos sociales y económicos acordes al resto de países punteros del continente europeo. Marx ya describió varios de estos factores que impidieron un desarrollo similar al resto:

«Desde el establecimiento de la monarquía absoluta, las ciudades han vegetado en continua decadencia. No podemos explicar aquí las circunstancias, políticas o económicas, que destruyeron el comercio, la industria, la navegación y la agricultura españoles. Para el presente propósito basta simplemente recordar el hecho. De esta forma, la vida local de España, la independencia de sus provincias y de sus municipios, el diversificado estado de la sociedad, basado originariamente en la configuración física del país e históricamente desarrollado merced a la forma separada en que las diversas provincias se emanciparon del dominio moro y formaron pequeñas comunidades independientes, todo ello quedó finalmente reforzado y confirmado por la revolución económica que secó las fuentes de actividad nacional. Y como la monarquía absoluta encontró en España materiales refractarios por naturaleza a la centralización, hizo cuanto pudo para evitar el desarrollo de intereses comunes nacidos de una división nacional del trabajo y de una multiplicidad de intercambios internos, desarrollo que constituye precisamente la base sobre la que puede crearse un sistema uniforme de administración y un patrón de leyes generales». (Karl Marx; España revolucionaria, 1854)

Esto no quita el hecho de que cuando en 1898 ocurre el famoso derrumbe de la presencia colonial española en América, ya existieran las bases económicas del capitalismo en la Península Ibérica, y que precisamente aun existieran conatos importantes de feudalismo en el campo, como reconocían los marxistas de la época. Véase nuestro capítulo: «Para comprender el surgimiento del movimiento nacional catalán hay que conocer la historia de España» de 2020.

Para ir finalizando, en lo relativo al Sr. Armesilla, entendemos a nuestro querido lector que se puede desesperar leyéndole, pero no podemos pedir peras al olmo. ¿Qué vamos a esperar de una persona que considera a China como «modelo de progreso» (sic) –sí, han leído, el del sistema de trabajo 996 de Jack Ma–? Para el caballero Armesilla, el Imperio español no era ni feudal ni capitalista, Franco y Perón eran «antiimperialistas», mientras que Chávez y Evo u Ortega, «socialistas» (sic):

«Cuando definimos al Imperio español como «sociedad política transicional, ni feudal ni capitalista». Remitimos, por tanto, a esa parte para entender el funcionamiento económico, administrativo y político de la también llamada Monarquía Católica Universal. Un universalismo católico incompatible con el modo de producción capitalista. (…) El proyecto de la Monarquía Católica Universal era el de un Imperio Universal generador, no depredador, y no capitalista. El de las naciones políticas desgajadas del Imperio ha sido cambiante a lo largo del tiempo, oscilando desde la inserción ejemplarista en la dialéctica de Estados capitalista, a la construcción de regímenes socialistas contrarios a dicha inserción en diversos grados –Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua–, o el desarrollismo industrial con capacidad para resistir ciertas sumisiones políticas capitalistas sin renunciar a cierta construcción de un cierto Estado de bienestar –Venezuela con Marcos Pérez Jiménez, Argentina durante los dos gobiernos de Juan Domingo Perón, España con la presidencia de Antonio Maura y las dictaduras de Miguel Primo de Rivera y de Francisco Franco, lo que Bueno llamó, polémicamente, derecha socialista, como contradistinta del keynesianismo socialdemócrata–». (Santiago Armesilla; Rosa Luxemburgo y España. Escrito para la Razón Comunista, 2019)

Considerar a alguien que suelta estas barbaridades como un «experto» en economía o historia, como algunos de sus groupies hacen, sería poco menos que una broma de mal gusto que solo puede provenir de una mente débil o poco instruida. Marx ya describía a estos estrambóticos productos salidos de las universidades como los predicadores de la más absoluta confusión ideológica. Aquellos que, como muchos que hoy cursan las carreras de ciencias políticas, sociología, antropología o historia, se dejaban seducir fácilmente por todo tipo de ideas burguesas dominantes –chovinismo a ultranza incluido–:

«Estas gentes desde el punto de vista teórico son un cero a la izquierda e inútiles en el sentido práctico. (…) Como dicen ellos, [pretenden] inculcarles «elementos de instrucción» [al pueblo], poseyendo ellos mismos sólo conocimientos a medias y confusos, además de proponerse, ante todo, la tarea de elevar la importancia del partido a los ojos de la pequeña burguesía. Sin embargo, no son ni más ni menos que unos miserables charlatanes contrarrevolucionarios». (Carta de Karl Marx a Friedrich Adolph Sorge, 19 de septiembre de 1879)

¡Qué más añadir después de este vapuleo!». (Equipo de Bitácora (M-L); El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno, 2021)

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