Geopolítica: La cultura de la cancelación mata

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Mauricio Escuela.— ¿Hay una cancelación de todo lo que es ruso en Occidente?, amén de las matrices que lo niegan, las escuelas que históricamente han marcado un devenir académico están eliminando las referencias a autores como Dostoievski. En España, ha sido noticia cómo en los bares se sustituye el nombre de ensaladilla rusa por el gentilicio de ucraniana. Todo eso porque lo que provenga de Moscú o haga referencia a ese universo puede supuestamente ofender o sea ser lesivo a la dignidad de alguien que, aunque no esté en medio del fragor de las bombas y la guerra, tendría necesariamente que sentirse indispuesto con todo lo que sea eslavo. Esto no se había visto antes con un acontecimiento bélico, más allá de que siempre las contiendas vayan acompañadas por un teatro de operaciones cultural que incide en los criterios y la toma de decisiones. Pero la cancelación de Rusia expresa quizás algo mucho peor, quizás que Occidente no está dispuesto a permitir el renacer de un gran otro global que le dispute lo que ha sido de su hegemonía desde la modernidad. Lo cultural es en este caso un correlato de lo que estaría pasando en los bastidores de la gran política, la cual se piensa de manera macro y que afecta tanto lo cotidiano como lo que resulta general.

 

Rusia es señalada como el gran culpable de una guerra que no empezó en 2022, sino que se remonta a 1991, cuando la OTAN prometió no expandirse hacia el este, cosa que ha incumplido. En 2014, el golpe de Estado atlantista en Ucrania dio paso a un gobierno proccidental que trajo consigo el establecimiento de una dinámica anti eslava y racista en las leyes y los procederes políticos. Las provincias ruso hablantes han sufrido desde entonces un genocidio contra su población que no ha hallado eco ni en la ONU ni en ninguna de las instancias que supuestamente deberían ser imparciales. Como ocurría con el sistema de la Sociedad de Naciones, las leyes internacionales solo son vinculantes por la fuerza o la conveniencia, lo cual pudiera ser el talón de Aquiles del actual orden mundial. Rusia interviene en 2022 a la altura de un conflicto que había escalado en sus fronteras y cuando Zelensky ya estaba solicitando armas atómicas a Occidente para atacar Moscú, a la vez que ilegalizaba a la oposición y aprobaba leyes que persiguen el idioma ruso y a las personas de dicha etnia como si fuesen enemigos del Estado ucraniano. Sin embargo, las matrices occidentales y sus lacayos se esfuerzan por crear una cancelación del debate en torno a la guerra, la cual oculta las verdaderas causas. Esto da paso a relatos que falsean los hechos y que establecen una visión racista y anti rusa del asunto. Occidente posee las armas para lograrlo, ya que concentra todo el poder corporativo mediático. El teatro de operaciones posmoderno incluye el silenciamiento del contrario y su satanización, así como el ocultamiento de hechos. Para ello, los sitios rusos han sido penalizados en las redes sociales, borrados. Facebook ha creado la etiqueta de “medios controlados por Moscú” para desacreditar y disminuir el impacto de otros relatos en torno a la guerra.

Y es que en esta contienda se decide el equilibrio del mundo y los occidentales han querido ocultarlo, estableciendo una matriz de “lucha de liberación nacional” por parte de Kiev, contra el imperio ruso. Ese lead noticioso se repite como si fuera un mantra e ir en su contra puede llevarte incluso a no estar en el mundial de fútbol, aunque los jugadores de dicho deporte no sean decisores políticos ni jefes militares. Si los escritores son silenciados, si pasa lo mismo con cualquier ruso, la maquinaria de odio occidental pudiera estar probando su fuerza para dirigirse contra cualquiera que ose cuestionar los intereses geopolíticos. En ese ínterin el orden internacional ha demostrado que uno de sus pilares es la cultura o la guerra simbólica, en la cual se decide quién es el bueno y el malo y, por ende, se establece la narrativa del vencedor de antemano. Tal y como ocurre en los filmes de Hollywood, el enemigo es ese otro al que hay que negar existencialmente, ya sea a través de los medios o mediante una bomba. En el caso de Rusia, ha operado mucho más la cuestión de la cultura ante la imposibilidad de una confrontación nuclear con la superpotencia. Pero no se debe descartar que las élites tengan debajo de la manga conducir al mundo a su peor escenario. La cultura de la cancelación contra Rusia pudiera ser contra cualquiera y operarse desde los centros mediáticos internacionales sin que haya ningún tipo de tapujos, vergüenza o remordimiento.

La guerra de Ucrania es una guerra posmoderna, woke, en la cual se ponen en juego conceptos que son de ahora mismo, creaciones de los laboratorios de Occidente. Esas armas ideológicas no van nada más contra Rusia, sino que son mantras que se lanzan contra la disidencia global y que sepultan a los contrarios en un montón de mentiras y de post verdades. Esa lógica posmoderna y mediocre no admite un debate filosófico. Los que han cuestionado tales ideas, como el pensador ruso Alexander Dugin, reciben la etiqueta de “fascistas” y van a la hoguera internacional. Sin embargo, nada se dice sobre que el rejuego occidental en Europa está regenerando a las viejas derechas, las cuales intentaron un golpe de Estado en Alemania recientemente. En América, además, la táctica de los golpes de Estado y el uso político de la justicia para eliminar líderes populares, vienen siendo el pan nuestro. Todo orquestado desde los laboratorios de poder, mientras las embajadas norteamericanas se visten de ideología woke y hacen un trabajo de zapa, disfrazándose de inclusivas en materia identitaria. La máquina burguesa va a la marcha y no se detendrá hasta establecer un nuevo paradigma acorde con el reparto que está teniendo lugar. El cambio de tecnoparadigma impulsado por los globalistas del Foro de Davos necesita un nuevo ser humano, que esté despojado de su derecho natural, una masa inerte y sin identidad ni resistencia. A eso va la guerra de Ucrania también, a cancelar una de las civilizaciones que por excelencia han determinado a la Humanidad desde que se constituyeron los Estados naciones. ¿Y por qué?, por su peso como país, esta cultura es un oponente natural de los occidentales. Digamos que existencialmente, Rusia requiere tomar siempre una postura propia y divergente de Occidente si quiere sobrevivir al imperialismo euronorteamericano. Los pactos del pasado, en la era Yeltsin, llevaron a Moscú a niveles de subdesarrollo y de humillación sin precedentes. Y eso está en la memoria de los rusos y no va a volver. Es ese orgullo nacional y conciencia del valor propio lo que molesta, también resulta un mal ejemplo que tanto la OTAN como Estados Unidos quieren borrar. En el nuevo orden de Davos, no cabe una Rusia insumisa y mucho menos con proyectos de desarrollo propios, como los que se han establecido con otras naciones emergentes. Por ello lucharán contra Moscú, pero lo harán con la cultura primero, prevaleciendo de ser posible, cancelando, haciendo que el otro sea la nada.

Tan posmoderna es la guerra en Ucrania, que los occidentales lograron que Rusia pareciera el agresor. Desde el inicio se hizo todo lo posible para que esa marca de la bestia quedara sobre la frente de Putin. No solo porque la OTAN está consciente de que es preferible hacer una confrontación cultural e híbrida con Moscú, sino porque además se aspira a la recolonización de Rusia, tal y como ocurrió en tiempos de Yeltsin. Quienes caen en la trampa de la cultura de la cancelación obvian que Occidente inició la guerra mundial desde que se declaró vencedor en 1991 y con derechos a hacer y deshacer en el mundo, violando el derecho internacional. Así ha sido en Libia, Irak, Yugoslavia, Yemen y un largo etcétera. La narrativa de los malos y los buenos ha hecho que mucha gente ingenua condene a Moscú, cuando no hay forma de catalogar las atrocidades propagadas por Occidente en el Donbass a lo largo de todos estos años contra Rusia y los rusos. En esa misma lógica se quiere que se condene el “imperio ruso” pero a la vez se santifica a los Estados Unidos, se les coloca el halo del progresismo woke y de la inclusión y se pide borrar y obviar el pasado.

¿Qué pasará cuando termine la guerra woke de Ucrania? El mundo no es el mismo, la dependencia de los pobres ha aumentado, la inflación es inmensa y hay todo un negocio con la comida y las medicinas que hace que millones mueran. Los planes de reducir la población parecen engarzar con estos resultados. Mal que bien a Occidente le van saliendo sus cálculos. Incluso Europa se ha visto golpeada y ha vuelto a ser más cercana a los Estados Unidos, como desean los círculos gobernantes de ese país. No obstante, el supuesto aislamiento a Rusia es un bumerán, ya que Moscú ha establecido líneas de comercio diferentes y ha hecho negocio también a su forma. Esto no les conviene a los occidentales, quienes luchan por cancelar todo tipo de desarrollo eslavo. Todo apunta a más guerras. Siguen en marcha el crecimiento chino y la creación de armas de inmenso poder en Rusia. Las contradicciones entre los polos se agudizan y en vez de llegar a una solución, se aplaza su peor escenario. En todo caso, Ucrania ha quedado destrozada. Es un país que se ha sacrificado por seguir la agenda occidental. Estados Unidos ha hecho siempre las guerras fuera de su territorio y les sabe sacar provecho comercial. Habrá negocios con la reconstrucción de Ucrania y con otros aspectos más de la guerra. El dinero corre y los beneficiarios no son los de abajo. Se trata en todo caso del dinero de la muerte, algo que ya se sabe que es común en la era moderna del pillaje y del despojo.

Ucrania está en el centro de un tablero que no versa sobre Ucrania, sino de cómo cancelar a los que denuncian el orden internacional vigente. Hoy son las banderitas azules y amarillas en las cuentas de Facebook, mañana puede ser cualquier otro símbolo que Occidente declare como políticamente correcto. La situación en cuanto a guerra cultural no cambia con un acuerdo de paz entre Moscú y Kiev, si bien esa es la salida más recomendable para todos. Lo peligroso de esta manera de abordar los conflictos por parte de Occidente es que se les puede ir de las manos. No va a ser suficiente con cancelar a Rusia, que por su peso en el mundo no es un país cancelable. ¿Cuál sería el siguiente paso? La negación existencial por medio de las armas. Y eso es lo que Zelensky ha estado reclamando, el uso de la fuerza de Occidente para desaparecer a Rusia del mapa. Locura que traería un maremágnum de desastres sin retorno y quizás el fin del mundo tal y como lo conocemos y un retroceso global.

Es un hecho que la cultura occidental de la cancelación está saboteando los intentos de paz de Moscú y llevando el conflicto mucho más allá, provocando los efectos de un mundo en guerra total. Para esta tarea, el lacayo Zelensky se ha portado con disciplina y entrega, tanto que sus pecados como neonazi le son condonados. Nadie habla de las leyes brutales de su gobierno, sino que se le declara persona del año y héroe, tal y como lo dijo Sabina a la prensa española recientemente. Las líneas de la cancelación bajan de esta manera a través de los influencers, figuras, proyectos y eventos más poderosos. Verbigracia, los Óscar, el Mundial de Fútbol, entre otros. Nada escapa al totalitarismo de la conciencia construida. No hay manera de huir del linchamiento de todo lo que es ruso, sino que se te obliga a participar so pena de ser excluido.

En la posmodernidad dictatorial que Occidente propaga como parte de su agenda, los disidentes son simples conspiranoicos que no tienen derecho a la palabra. Por ello, todo el que cuestione el relato en torno a la guerra de Ucrania será apartado, no lo leerán, ni siquiera se le consideraría una voz de una persona cuerda. Ese fue el proceso con Assange. La satanización, el asesinato de carácter, van por la misma senda de la muerte real y física. Una cosa es la antesala de la otra. Nadie dude de que en su momento la cultura de la cancelación pasa a la acción y es capaz de cancelar matando. El ciberterrorismo, el acoso mediático, la censura y el espionaje se ejercen de forma constante. Occidente sigue siendo el aparato que sostiene el mayor dispositivo de inteligencia del mundo, el llamado Five Eyes, que reúne los sistemas de inteligencia de cinco grandes potencias anglosajonas.

Negar el encadenamiento de poderes dentro de la lógica del sistema mundo es ser realmente un conspiranoico y un cómplice de la agenda de dominio globalista neoliberal posterior a 1991 y que aún es la que marca el orden internacional. La cultura de la cancelación existe porque existen los poderes fácticos y el interés de que se lleve adelante ese control social, político, cultural y existencial del hombre. No existe una desconexión entre el fascismo de ultraderecha por ejemplo de un ala más recalcitrante del Partido Republicano y el falso progresismo del ala liberal del Partido Demócrata. Ambos extremos conforman una misma lógica de sistema mundo. No hay una negación del liberalismo a ultranza en ninguna de las opciones que ofrece el capital, sino que se aplica la doctrina de John Willianson ya sea con el cañón o con la zanahoria. Esto es, los puntos del Consenso de Washington, los cuales conforman la base de la dominación y la expansión occidentales de los últimos 30 años.

La cultura de la cancelación reconforma el mundo de acuerdo a ese liberalismo fundamentalista, es la metodología de trabajo, el caparazón. Un arma bastante poderosa que se comporta como un virus que, una vez inoculado, posee pocos antídotos. La identidad resistente pareciera ser lo único que frena ese panorama. Las verdaderas diversidades nacionales y culturales, así como la soberanía de los pueblos.

La cultura de la cancelación mata, de eso no queda ninguna duda.

Fuente: CubaSí

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