Kike Parra (Unidad y Lucha).— Hiperinflación y guerra son dos conceptos con una amplia relación de causa-efecto a lo largo de la historia. Los conflictos armados han actuado en muchas ocasiones como catalizador para la destrucción de las capacidades productivas y han generado una necesidad descontrolada de aumento del gasto público.
Uno de los ejemplos clásicos más significativos fue la Alemania de 1923. La República de Weimar fue testigo en primera persona de cómo los precios se duplicaban cada pocos días. Un pan que en 1922 costaba 160 marcos, pasó a costar 200.000 millones a finales de 1923. La financiación de la guerra sobre la base del aumento de la deuda y la emisión de papel moneda, junto con las reparaciones impuestas por el Tratado de Versalles, llevaron a este escenario hiperinflacionario.
La mayoría de economistas utilizan la definición de hiperinflación establecida por Philip Cagan en 1956, cuando sitúa que para que esta se diese, la tasa inflacionaria debía superar el 50 % mensual. Más allá de la cifra, la hiperinflación representa una ruptura del contrato social y del consenso sobre el valor del dinero. Es la expresión máxima de una crisis de confianza en el estado y las clases dominantes.
Para adentrarnos en una situación de este tipo, se deben conjugar, por tanto, varios factores. A saber: la guerra debe colapsar la capacidad productiva destruyendo fábricas, campos agrícolas y ganaderos o infraestructura u obstruir flujos comerciales. Además, la emisión de moneda y deuda, tanto para financiar la guerra como sus efectos posteriores debe conjugarse con el primer condicionante.
La actual situación de desesperación del imperialismo por hacer sobrevivir un sistema que hace aguas por todos sus lados nos ha llevado a la barbarie generalizada y al peligro de la continuidad física de la vida en el planeta. El imperialismo necesita jugarse el futuro inmediato al todo o nada en una guerra desatada contra los pueblos para apoderarse de los recursos del planeta. Ya hemos vivido de forma desenfrenada cómo la financiarización de la economía y el aumento de la deuda pública se han utilizado para prorrogar este sistema caduco. Esta es la lógica de la situación bélica en el Golfo actualmente y en otros muchos rincones del planeta. La guerra es total contra toda la humanidad y todos los escenarios bélicos forman parte de la misma lucha.
No se trata de la locura de cuatro políticos o el chantaje de unos estúpidos “mesiánicos” sobre otros. Por ello, la solución no es el relevo de tal o cual personaje, sino que es preciso un giro de 180 grados en las relaciones de producción sistémicas y, por tanto, en la superestructura que le da soporte.
En función de la evolución de la situación geopolítica y, sobre todo, de la correlación de fuerzas en la lucha de clases internacional, nos adentraremos hacia esa hiperinflación o no. En cualquier caso, lo que sí es seguro es que nos acercamos a un estado de empobrecimiento acelerado y absoluto, junto con un probable desabastecimiento de productos básicos (alimentos, combustible, medicamentos, etc.) y una combinación de inflación y estancamiento económico (estanflación).
En esta situación, que no es de futuro sino de presente, en la que los pueblos sometidos históricamente al colonialismo y al imperialismo sufrirán antes y en mayor medida, y en la que amplios sectores de trabajadores y trabajadoras serán arrastrados a tremendas situaciones de pobreza, es en el escenario en el que las fuerzas revolucionarias deberemos situarnos para organizar la respuesta obrera y popular contra los elementos reaccionarios, rearmados para la contención y defensa de este sistema moribundo. Se trata no solo de organizar la respuesta defensiva contra la sobreexplotación, sino también de articular y proponer desde ya alternativas económicas concretas, pasando a la ofensiva, como el control de precios de bienes básicos, la nacionalización de la banca y los monopolios energéticos bajo control obrero, o la planificación de la producción para garantizar el abastecimiento.


