Vamos a la luna

Publicado:

El programa Artemis de la NASA y la Estación Internacional de Investigación Lunar que impulsa China han revivido algo que parecía enterrado con la guerra fría: la carrera espacial

Noticias populares

China y Estados Unidos tienen planificado construir una base lunar en los próximos años, cada uno con unos planes bien definidos. Autor: Juventud Rebelde

Yurisander Guevara Zaila (Unidad y Lucha).— Hay una nueva obsesión por llegar a la luna y, con ella, se ha reactivado la carrera espacial, concepto que parecía archivado tras la caída del muro de Berlín. En plena guerra fría, llegar al único satélite natural de la Tierra era un objetivo estratégico para mostrar superioridad tecnológica. La extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) había logrado, frente a las narices de Estados Unidos, lanzar el primer cohete al cosmos, además del primer animal y el ser humano.

La perra Laika, desgraciadamente, nunca regresó, pero Yuri Gagarin sí lo hizo, y eso tenía a Estados Unidos desesperado. Entonces, nació el programa Apolo, que, en sucesivas misiones, logró, en 1969, poner a varios hombres sobre la superficie lunar. Y hasta ahí la historia (sintetizada, por supuesto), sobre cómo EE. UU. y su Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA, por sus siglas en inglés), mostraron capacidades tecnológicas para llevar a cabo empresas de este tipo.

Por supuesto, que el desarrollo de la industria aeroespacial no terminó ahí, y ha continuado con numerosos y palpables avances a lo largo de estas décadas. Además de la Estación Espacial Internacional, el lanzamiento de sondas para experimentos diversos, la puesta en órbita de miles de satélites y misiones no tripuladas hasta Marte, la humanidad continúa buscando nuevos horizontes.

Hace unos años nos fijamos en Marte, cuando el magnate Elon Musk prometió que, con su empresa, SpaceX, llegaríamos pronto. Sin embargo, la luna parece ser la primera parada en ese objetivo, y algo más alcanzable, que las costosas y largas misiones al planeta rojo, por lo que ahora, todos tienen enfocadas sus miradas en nuestro satélite natural, con destaque para dos potencias: China y Estados Unidos.

Del romanticismo a la práctica

La nueva fiebre lunar ya no se parece a la épica romántica del programa Apolo. Tiene una textura más industrial, y busca ser persistente. Así lo ha refrendado la propia NASA, que publicó hace unos días la Guía para una base lunar, una hoja de ruta que es declaración política al mismo tiempo. En esta se confirma que la agencia estadounidense quiere establecer una base en el polo sur lunar, mediante un proceso escalonado y profundamente dependiente de alianzas comerciales e internacionales, algo ya iniciado con el programa Artemis.

La elección del polo sur no es casual. En esa región apenas llega la luz solar, pero existen muchos cráteres con hielo. Dicha agua congelada puede convertirse en combustible y soporte vital, aunque deberán enfrentar temperaturas extremas, oscuridad prolongada y una geografía hostil que obliga a repensar cada sistema.

El plan no es inmediato. Se organiza en tres fases bien definidas. La primera actúa como laboratorio. Incluye decenas de lanzamientos y aterrizajes robóticos con un objetivo claro: probar tecnologías en condiciones reales. Se trata de validar sistemas de aterrizaje de precisión, explorar el terreno, manipular regolito (la roca y polvo lunares que dañan nuestro hardware actual) y ensayar capacidades básicas de carga y descarga. En esta etapa, los humanos aparecen, pero de forma limitada: misiones tripuladas puntuales, como la de Artemis IV, que está prevista para 2028, lo cual significaría el regreso del hombre a la luna, desde la década de los 70 del pasado siglo.

La segunda fase introduce infraestructura. Hay que construir. El manual de la NASA indica que se despliegan hábitats iniciales, sistemas de energía más robustos y redes de comunicación. El ritmo de misiones aumenta y comienza a perfilarse una lógica semestral de vuelos tripulados. El astro deja de ser un destino ocasional y empieza a comportarse como un sitio de trabajo.

Más tarde, la tercera fase representa el punto de no retorno: presencia humana continua. En este momento, la base lunar se convierte en una instalación operativa, con capacidad logística, movilidad avanzada y sistemas autónomos capaces de funcionar incluso sin tripulación. Se trata de un salto conceptual en el que, por vez primera, la humanidad no sería visitante, sino residente fuera de la Tierra, aunque sea en condiciones extremas.

Un mundo hostil

Construir una base en la luna no es un problema de voluntad política. Es de ingeniería radical. El propio documento de la NASA reconoce lagunas críticas: necesita, por ejemplo, sistemas de energía capaces de sobrevivir a noches de más de cien horas, tecnologías para manejar polvo abrasivo, robótica autónoma que opere sin intervención humana y redes de comunicación de alta capacidad.

Ahí, la energía emerge como uno de los cuellos de botella. La iluminación irregular del polo sur complica el uso de paneles solares. Por eso, la NASA contempla soluciones híbridas que incluyen generadores termoeléctricos de radioisótopos y, a largo plazo, reactores nucleares de superficie.

La logística también redefine el proyecto. No se trata solo de enviar astronautas, sino de mantenerlos allí. Agua, oxígeno, alimentos, repuestos. Todo debe llegar o producirse allí. Por eso, el énfasis en la utilización de recursos in situ: extraer hielo, procesar regolito, fabricar materiales. La base lunar, en este sentido, es también un ensayo de economía extraterrestre.

Esa dimensión económica no es menor. El modelo de desarrollo descansa en una red de empresas privadas que suministran lanzamientos, módulos, vehículos y servicios. La luna se convierte así en un mercado emergente.

Entretanto, China avanza con planes propios. Su proyecto, conocido como Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), se desarrolla en cooperación con Rusia y otros países. Beijing ha logrado hitos relevantes en los últimos años, como el alunizaje en la cara oculta y el retorno de muestras, y mantiene el objetivo de enviar humanos antes de 2030.

Según reportes de medios especializados, China planea establecer una base científica en el polo sur lunar en la década de 2030, con fases similares: misiones robóticas iniciales, despliegue de infraestructura y eventual presencia humana. La diferencia radica en la ejecución: una estrategia más centralizada, con menor dependencia de actores privados y una cadencia de misiones que ha mostrado alta consistencia.

El contraste entre ambos modelos resulta revelador. Estados Unidos apuesta por un ecosistema comercial. China privilegia la planificación y la cooperación. Dos formas de entender no solo la exploración espacial, sino el poder tecnológico.

Esa dualidad ha reactivado un término que parecía archivado: carrera espacial. No se trata de repetir la lógica de la Guerra Fría, pero sí de una competencia estructural por liderazgo científico, control de recursos y capacidad de proyección tecnológica.

La luna, en este contexto, funciona como plataforma. Porque no es el destino final. Se prevé que desde allí se lancen misiones al siguiente destino: Marte. Y luego, otras misiones interplanetarias.

El regreso a nuestro satélite natural es, entonces, una estrategia para ver quién llega primero y logra quedarse. Y en ese terreno, la historia apenas comienza.

DEJA UN COMENTARIO (si eres fascista, oportunista, revisionista, liberal, maleducado, trol o extraterrestre, no pierdas tiempo; tu mensaje no se publicará)

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimas noticias

La Internacional Comunista

El desarrollo del capitalismo lo lleva a internacionalizarse, creando bloques que pelean por un nuevo reparto del mundo mediante la conquista de nuevos territorios y materias primas. Por eso, la historia del capitalismo es inseparable de la fase superior que hemos descrito, la imperialista. En su recorrido, el imperialismo se expande, somete a otras economías, saquea sus recursos y castiga a pueblos enteros para sostener la acumulación de unos pocos. El imperialismo es un sistema globalizado de dominación y de nada sirve una resistencia fragmentada. Por lo tanto, no se puede responder aisladamente a un enemigo común que actúa coordinado a escala mundial.

Le puede interesar: