Javier Martorell (Unidad y Lucha).— La lucha contra la OTAN y sus bases en el Estado español no puede entenderse como una reivindicación aislada. Se trata de una expresión concreta de la lucha antiimperialista. La OTAN representa el brazo armado del sistema para atentar contra la soberanía de los pueblos y, en el marco de la crisis estructural del capitalismo, lo ejecuta con unos niveles de violencia y capacidad de destrucción sin precedentes.
En absoluto es una mera alianza defensiva, tal y como dicta la propaganda del sistema; se trata del principal instrumento militar del imperialismo. Su función es proteger los intereses del capital y de la oligarquía mediante la fuerza, la dominación de los mercados, el control de los recursos naturales y la subordinación de los pueblos. Décadas de intervenciones militares evidencian cómo la violencia imperialista reconfigura territorios según sus necesidades estratégicas.
Hoy nos encontramos en un escenario de guerra global permanente, en el que la OTAN es parte fundamental de una estrategia que trasciende conflictos concretos. Esta dinámica responde a la agudización de las contradicciones del sistema capitalista, que, en su afán de garantizar su supervivencia, recurre a la militarización y las guerras para sostener sus tasas de ganancia, mantener el estatus geopolítico y abrir nuevos espacios de acumulación.
El Estado español, lejos de situarse al margen de esta dinámica, se encuentra plenamente integrado en ella. Desde su ingreso en la OTAN, ha asumido un papel activo en las ofensivas imperialistas, participando en misiones militares y cediendo su territorio al servicio de la maquinaria de guerra. Las bases militares de Rota y Morón, entre otras instalaciones, constituyen enclaves estratégicos para facilitar el despliegue rápido de tropas y recursos en las operaciones contra territorios de África, Oriente Medio y Europa del Este. Además, la presencia de las bases no implica exclusivamente cesión de soberanía e implicación en los conflictos; también convierte al territorio donde se sitúan en objetivo militar. Sumado a ello, cabe destacar que los acuerdos que regulan el funcionamiento de estas instalaciones limitan cualquier control efectivo por parte del Estado español, acuerdos que se revisan y prorrogan de manera periódica, aun sin que España sitúe la mínima discrepancia ni enmienda al respecto.
En este contexto, la responsabilidad del Gobierno PSOE-Sumar es enorme. Tras construir un discurso aparentemente crítico con determinadas guerras o con actores concretos del escenario internacional, mantiene intactos los pilares de su política internacional. Las declaraciones institucionales frente a agresiones como las de Palestina o Irán, o las supuestas limitaciones al uso de las bases, contrastan con una práctica política que refuerza la integración en la OTAN y consolida el papel español como aliado estratégico.
Este Gobierno, lejos de cuestionar la permanencia de las bases o de plantear una ruptura con la Alianza Atlántica, ha asumido los compromisos de incremento del gasto militar, avanzando hacia los objetivos impuestos por la OTAN. Este aumento presupuestario, camuflado bajo argumentos de seguridad o modernización, responde, en realidad, a las necesidades del complejo militar-industrial y a la lógica de la economía de guerra, desviando para ello recursos públicos que deberían destinarse a cubrir necesidades de la clase trabajadora.
Del mismo modo, y con un similar discurso contradictorio, se mantiene la colaboración con la industria armamentística y se permite la continuidad de relaciones comerciales que alimentan conflictos internacionales. Estas prácticas políticas, basadas en la farsa y el blanqueamiento de los intereses del capital y sus guerras, evidencian los límites de un reformismo que, aun simulando un lenguaje progresista, no confronta ni lo más mínimo con las estructuras del sistema.
No habrá paz, soberanía para los pueblos ni avances sociales sin romper con las estructuras imperialistas. La consigna «OTAN no, bases fuera» no puede quedarse en la desclasada ambigüedad del antibelicismo; ha de ser un llamamiento de confrontación contra el sistema. La lucha contra la OTAN debe dotarse de carácter de clase y suponer un motor para fortalecer la unidad antiimperialista, el apoyo a la resistencia de los pueblos y la práctica de la solidaridad internacionalista.


