LA DEMOCRACIA EN VENEZUELA SERÁ BOLIVARIANA O NO SERÁ.

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LA DEMOCRACIA EN VENEZUELA SERÁ BOLIVARIANA O NO SERÁ.

Por André Abeledo Fernández

Hugo Chávez siempre habló de la democracia protagónica que va más allá de votar cada cinco años, y también de la necesidad de la unión cívico-militar con una base socialista y bolivariana. El socialismo de la República Bolivariana de Venezuela nunca buscó ser una copia de ninguna otra experiencia a nivel continental o mundial. Desde el principio, el componente bolivariano y la figura del Libertador Simón Bolívar han formado parte de la base del nuevo proyecto socialista liderado por Hugo Chávez Frías.

En ningún país del mundo se ha votado más veces que en Venezuela. Desde la victoria electoral del MVR que presentó a Hugo Chávez como candidato en 1998, Venezuela ha votado una y otra vez. Se ha dado verdadera voz al pueblo venezolano, se han creado las herramientas para que los venezolanos sean realmente los dueños de su destino y no los oligarcas o la embajada de los EEUU en Caracas.

La democracia protagónica consiste en que sea el pueblo el que tome las decisiones, que las elecciones no signifiquen la delegación del poder popular en ningún partido o grupo de poder. Una auténtica democracia participativa en manos del pueblo. Hugo Chávez recorrió toda Venezuela para explicar su proyecto, insistió en todo momento en la necesidad de una nueva y verdadera constituyente que sirviese para profundizar en la verdadera democracia, una constituyente que puso también en manos del pueblo.

Se trata de hacer una auténtica revolución y para eso había que romper el sistema. La democracia de partidos que funciona sin pueblo y solo con votos. La democracia burguesa que solo hace creer al pueblo que puede decidir, pero lo único que permite en realidad es elegir en qué partido político va a delegar su poder de decisión en cada legislatura.

En la democracia burguesa quienes realmente son los dueños de los partidos deciden, siempre ganan los mismos, gobiernan los poderes económicos a quienes nadie elige. Para muestra actual y clara, la figura de Elon Musk en la Casa Blanca: nadie lo eligió, pero es el número dos de Donald Trump en los EEUU. O su jefe, que eso no queda del todo claro.

La supuesta democracia norteamericana pretende dar lecciones a Venezuela mientras apoya a una oposición venezolana que defiende los intereses de la oligarquía y de Washington, que son quienes la financian y toman las decisiones sin contar con el pueblo. Los mal llamados opositores siguieron usando la mentira, los bulos, las injerencias, los sabotajes, los llamamientos a golpes de Estado, las amenazas de intervenciones militares, las sanciones y los bloqueos económicos para tratar de tumbar la Revolución Bolivariana. Y al final, el imperialismo cruzó la última línea roja.

El crimen que Occidente llama operación

En la madrugada del 3 de enero de 2026, la DEA de los Estados Unidos ejecutó la llamada «Operación Determinación Absoluta» irrumpiendo en Caracas. Nicolás Maduro fue capturado junto a su esposa Cilia Flores y trasladado inmediatamente a Nueva York para enfrentar cargos ante un tribunal federal de Manhattan. Lo hicieron de noche, con helicópteros, con armas, con la prepotencia de quien lleva décadas creyendo que el mundo entero es su patio trasero. Lo llamaron operación. Nosotros lo llamamos por su nombre: un secuestro, una invasión, un crimen de Estado.

Ante el juez, Maduro se mantuvo firme: «No soy culpable, soy un hombre decente, sigo siendo el presidente de mi país.» Y al salir de la sala añadió: «Soy un prisionero de guerra.» Así habla un revolucionario. Así habla un hombre que sabe que no está ante una corte de justicia, sino ante el tribunal del Imperio.

Secuestrar al presidente constitucional de Venezuela significa secuestrar el voto de millones de venezolanos. Significa pisotear el derecho internacional, la soberanía de los pueblos y cualquier principio que Occidente dice defender cuando le conviene. El propio gobierno venezolano y el PSUV calificaron inmediatamente la operación como un «secuestro». Y tenían razón, porque eso es exactamente lo que fue.

El verdadero objetivo: el petróleo

No nos engañemos. Nunca fue la democracia. Nunca fueron los derechos humanos. Nunca fue el narcotráfico. Después de la captura de Maduro, el presidente Donald Trump dejó claro que la operación tenía como objetivo, al menos en parte, el control del petróleo de Venezuela, y ese mismo viernes se reunió con los jefes de las principales compañías petroleras en la Casa Blanca. 

Trump afirmó que Estados Unidos podría controlar Venezuela y explotar sus reservas de petróleo durante años. Cuando le preguntaron si hablaba de tres meses, seis meses o un año, Trump respondió: «Diría que mucho más.» «La reconstruiremos de una manera muy rentable», dijo. Ahí está la verdad desnuda, sin retórica, sin disfraces democráticos. Venezuela como botín. El petróleo del pueblo venezolano como premio de guerra.

Trump anunció que el gobierno interino venezolano entregaría entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a los Estados Unidos, y que el dinero obtenido «será controlado por mí, como presidente de los Estados Unidos.» Que alguien explique en qué se diferencia eso del colonialismo más descarado de los siglos XIX y XX. Que alguien lo explique con la cara bien puesta.

Bajo presión de Washington, la Asamblea Nacional aprobó una reforma de la Ley de Hidrocarburos que habilita a empresas privadas, locales y extranjeras, a explorar, producir y comercializar petróleo con mayor independencia del Estado, eliminando la participación mayoritaria de PDVSA en todos los proyectos. En menos de un mes, el Imperio liquidó décadas de soberanía energética venezolana. Lo que Chávez construyó con el sudor y la conciencia de un pueblo, Trump lo desmontó con helicópteros y presión de mercado.

Curiosa dictadura, la de Venezuela

Decían que Venezuela era una dictadura. Curiosa dictadura, donde el pueblo votaba más que cualquier otro, donde el pueblo era el protagonista, donde las decisiones importantes se ponían en manos de las mayorías. La oposición podía presentarse a elecciones, tenía sus medios de comunicación privados que atacaban al gobierno, daba ruedas de prensa, pedía sanciones contra su propio pueblo y hacía llamamientos a invasiones. En cualquier país del mundo estarían en la cárcel por alta traición.

En una dictadura de verdad, la oposición está muerta, enterrada en fosas comunes, en campos de concentración o en el exilio. En Venezuela se la pasaba dando ruedas de prensa. Que dictadura ni que cuento. Lo que había era una DEMOCRACIA con mayúsculas, frente a una oposición vendida y traidora.

Y ahora esa misma oposición, financiada desde Washington, aplaude la intervención militar sobre su propio país. Aplaude el secuestro de su presidente. Aplaude la entrega del petróleo venezolano a las multinacionales yanquis. Que cada cual saque sus propias conclusiones sobre quién amaba Venezuela y quién la vendió.

No pasarán.

La detención, el aislamiento y la coacción de un mandatario electo es la máxima expresión del fascismo internacional administrado por el gran capital. El objetivo real nunca ha sido la «democracia», sino el saqueo de los recursos naturales de Venezuela y la destrucción del ejemplo de dignidad que sembró Hugo Chávez.

La clase trabajadora global debe entender que la batalla de Caracas es la batalla de todos. Hoy es Venezuela. Ayer fue Iraq, fue Libia, fue Siria. Mañana puede ser cualquier nación que se atreva a decir que sus recursos son de su pueblo y no de Wall Street.

Exigir la liberación del presidente Nicolás Maduro y el respeto absoluto a la legitimidad bolivariana es hoy el deber central del internacionalismo. Frente a la agresión imperial, la respuesta solo puede ser la movilización total, la denuncia frontal y la lealtad inquebrantable con los pueblos que deciden ser libres.

¡No pasarán!

 

André Abeledo Fernández

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