Sudáfrica para los sudafricanos: cuando los oprimidos repiten el discurso de los opresores
Hay fenómenos políticos y sociales que merecen ser estudiados con atención porque revelan hasta qué punto la ignorancia, la desesperación y la manipulación pueden llevar a una sociedad a caminar contra sus propios intereses. Lo que está ocurriendo en Sudáfrica con el crecimiento de la xenofobia es uno de esos casos.
Resulta sorprendente escuchar en algunos barrios sudafricanos consignas que parecen sacadas de un mitin de la extrema derecha europea o estadounidense. Los argumentos son exactamente los mismos. «Los inmigrantes nos roban el trabajo». «Se aprovechan de nuestros servicios públicos». «Reciben ayudas que deberían ser para nosotros». «Sudáfrica para los sudafricanos».
Cambian los protagonistas, pero el discurso es idéntico.
Durante décadas, los pueblos africanos sufrieron el colonialismo, el racismo institucional y la explotación económica. Sudáfrica vivió el horror del apartheid, uno de los sistemas de segregación más crueles del siglo XX. Generaciones enteras lucharon para derribar un régimen que clasificaba a los seres humanos según el color de su piel. Miles de personas dieron su vida por la igualdad y la dignidad.
Y, sin embargo, hoy vemos a algunos de los descendientes de aquellas víctimas repetir los mismos mecanismos mentales que durante tanto tiempo fueron utilizados contra ellos.
La historia demuestra que la discriminación no depende del color de la piel, del sexo, de la religión o de la nacionalidad. Depende de una idea profundamente reaccionaria: la necesidad de encontrar un culpable débil al que responsabilizar de problemas que tienen causas mucho más complejas.
Es más fácil culpar al inmigrante pobre que señalar a las grandes corporaciones que explotan a los trabajadores. Es más cómodo acusar al extranjero que denunciar la corrupción política. Es más sencillo odiar al vecino que enfrentarse a quienes concentran la riqueza y el poder.
Por eso la xenofobia funciona igual en Johannesburgo, en París, en Madrid o en Washington.
El mecanismo es universal.
Cuando falta empleo, no se señala al empresario que precariza las condiciones laborales. Cuando los servicios públicos están deteriorados, no se analiza quién ha recortado presupuestos o quién se beneficia de las privatizaciones. Cuando la vivienda es inaccesible, no se habla de los fondos especulativos. Siempre aparece el mismo enemigo imaginario: el inmigrante pobre.
La paradoja es tan absurda que parece una caricatura de la realidad.
La mujer machista. El negro racista. El judío nazi. El gordofóbico con sobrepeso. El trabajador que vota contra los derechos laborales. El inquilino que defiende a los fondos buitre. El pensionista que apoya recortes en las pensiones.
El mundo al revés.
Pero no es una contradicción tan extraña como parece. Es el resultado de décadas de propaganda, de manipulación mediática y de una falta alarmante de conciencia de clase.
Porque la ignorancia no distingue colores, nacionalidades ni religiones. Puede encontrarse en cualquier lugar. Nadie está vacunado contra ella.
El racismo no deja de ser racismo porque lo practique una persona que también ha sufrido discriminación. La xenofobia no deja de ser xenofobia porque quien la ejerce pertenezca a un grupo históricamente oprimido. El odio sigue siendo odio, venga de donde venga.
Las élites económicas lo saben perfectamente. Mientras los trabajadores se enfrentan entre sí por su origen, por su lengua, por su religión o por su nacionalidad, nadie cuestiona la concentración de riqueza, la desigualdad creciente o la explotación laboral.
La división siempre beneficia a los de arriba.
Por eso resulta tan preocupante lo que ocurre en Sudáfrica. No solo por las agresiones contra inmigrantes africanos procedentes de otros países del continente, sino porque demuestra hasta qué punto los discursos reaccionarios pueden extenderse cuando las condiciones sociales se deterioran y cuando la educación política desaparece del debate público.
La respuesta a la pobreza no puede ser el odio. La respuesta al desempleo no puede ser la xenofobia. La respuesta a la desigualdad no puede ser perseguir a quienes sufren problemas similares.
Los trabajadores sudafricanos, los mozambiqueños, los zimbabuenses, los congoleños o los nigerianos tienen mucho más en común entre ellos que con quienes acumulan fortunas a costa de su trabajo.
La solidaridad siempre será más útil que el odio. La unidad siempre será más poderosa que la división.
La historia ya ha demostrado demasiadas veces lo que ocurre cuando los pueblos olvidan esta lección. Y también ha demostrado quiénes son los únicos que terminan ganando cuando los pobres son convencidos para luchar entre ellos.
André Abeledo Fernández

