SUMAR se divide después de restar.

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SUMAR se divide después de restar. 

La política tiene una virtud y un defecto: el tiempo acaba poniendo a cada uno en su sitio. Se puede construir un relato, controlar titulares, vender sonrisas y fabricar líderes en los platós de televisión, pero las urnas siempre terminan dictando sentencia. Y la sentencia sobre Sumar es cada día más evidente.

Se presentó como el gran proyecto para unir a la izquierda. Se prometió una nueva etapa, una política más amable, más dialogante y más eficaz. Pero desde el primer minuto quedó claro que aquello no iba de sumar, sino de sustituir. No se buscaba integrar sensibilidades diferentes, sino imponer un liderazgo y apartar a quien pudiera hacerle sombra.

El primer gran gesto político de Sumar no fue tender la mano, sino levantar un veto contra Podemos. Así empezó todo. No construyendo puentes, sino dinamitándolos. No fortaleciendo el espacio de la izquierda transformadora, sino debilitándolo desde dentro.

Pensaron que podían hacer política sin conflicto, como si los grandes poderes económicos fueran a renunciar voluntariamente a sus privilegios. Creyeron que bastaba con sonreír, hablar de consensos y evitar cualquier confrontación para cambiar la realidad. Pero la historia demuestra exactamente lo contrario: ningún derecho de la clase trabajadora fue un regalo. Todos fueron conquistados luchando.

Mientras la derecha y la extrema derecha se organizaban para recuperar el poder, una parte de la izquierda decidió que su principal adversario estaba en su propio espacio político. Dedicaron más energía a combatir a quienes compartían la mayor parte de sus objetivos que a enfrentarse a quienes quieren privatizar servicios públicos, recortar derechos laborales o convertir el odio en una herramienta electoral.

Ese ha sido el gran error histórico de Sumar.

Porque cuando la prioridad deja de ser mejorar la vida de la gente para convertirse en controlar unas siglas, unos cargos o unos ministerios, el proyecto deja de ser colectivo y pasa a ser personal.

Hoy vemos cómo quienes se presentaban como la gran renovación política van desapareciendo uno tras otro de la primera línea. Algunos dimiten. Otros abandonan. Otros simplemente esperan que el tiempo borre su responsabilidad. Pero las consecuencias permanecen.

Una izquierda más pequeña.

Una izquierda más dividida.

Una izquierda más débil.

Y una derecha mucho más cerca del Gobierno.

Nadie podrá decir que era imprevisible. Muchos lo advirtieron desde el principio. La unidad no se construye expulsando al diferente. La unidad no nace de los vetos. La unidad no consiste en pedir generosidad a los demás mientras uno se reserva todo el poder.

La historia será especialmente dura con quienes, bajo el discurso de la unidad, terminaron haciendo exactamente lo contrario. Porque hay errores políticos que se corrigen con el tiempo, pero hay otros que cambian el rumbo de un país.

Si el Partido Popular y Vox llegan a gobernar, la responsabilidad será, en primer lugar, de quienes representan ese proyecto conservador y reaccionario. Pero también habrá que preguntarse quién allanó el camino con decisiones sectarias, cálculos personales y una estrategia que convirtió a los aliados en enemigos.

La izquierda no necesita más operaciones de marketing. No necesita líderes construidos por los grandes medios de comunicación. No necesita proyectos diseñados en despachos para contentar a quienes nunca votarán a la izquierda.

Necesita volver a sus raíces. Escuchar a la clase trabajadora. Defender sin complejos los servicios públicos, los derechos sociales, el feminismo, el ecologismo y la justicia fiscal. Y, sobre todo, comprender que ninguna organización vale más que el objetivo común de transformar la sociedad.

Porque la historia siempre termina siendo implacable.

Y cuando dentro de unos años se analice por qué la izquierda perdió una oportunidad histórica, Sumar ocupará un lugar destacado. No como el proyecto que unió a las fuerzas progresistas, sino como el experimento político que, prometiendo sumar, acabó restando. Restando fuerza, restando esperanza y, lo que es peor, restando posibilidades de seguir construyendo un país más justo para la mayoría social.

 

André Abeledo Fernández 

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