Migración, explotación y la prostitución del lenguaje.
Camaradas:
Me parece surrealista, casi increíble. Hace apenas unos años nos habría parecido imposible llegar hasta aquí. Y, sin embargo, aquí estamos: viendo cómo Feijóo, cómo Abascal, cómo el PP y Vox al completo, definen como «invasores» a personas que huyen de una dictadura sátrapa, la marroquí, y de la miseria y la necesidad. Niños, mujeres y jóvenes que se han creído la historia de que, llegando a Europa, tendrán un futuro mejor. Una historia que, por desgracia, casi nunca es cierta.
El negocio de la mentira.
Esta misma gente que llama invasores a criaturas es la que después lanza bulos en internet, diciendo que a quien llega al Estado español se le entregan «paguitas» y ayudas sin fin. ¿Hay mayor reclamo para la inmigración irregular que engañar a estos migrantes haciéndoles creer que, con solo pisar suelo europeo, su vida quedará resuelta?
Cada bulo que lanza esta ultraderecha alimenta precisamente la migración que dice combatir. Buscan el conflicto, buscan que el problema crezca para poder explotarlo políticamente después. Sus mentiras son el mejor reclamo para esa inmigración desesperada, y son mentiras porque, por desgracia, el llamado Estado del bienestar es ya, más bien, un Estado del malestar. Casi no queda justicia social. El escudo social es un decorado. No hay ayudas reales ni para las familias españolas que las necesitan, y muchísimo menos para los extranjeros.
Para los migrantes sin papeles no hay absolutamente nada: solo explotación laboral, trabajo sin contrato y una vida entera de obstáculos por no tener la documentación en regla. Eso sí existe. Todo lo demás es bulo, es siembra de odio, es aprovechar la frustración y la ignorancia para cosechar violencia que les allane el camino hacia el poder. Para eso, todo vale.
La verdad, primera víctima de esta guerra.
Se dice que la verdad es la primera víctima de cualquier guerra. También lo es en esta guerra de la mentira. La mata Feijóo cada día, la mata Abascal, la mata toda la derecha, y también el PSOE en no pocas ocasiones.
Pero lo que hace la ultraderecha con estas vidas humanas no tiene nombre ni tiene pase: personas que mueren utilizadas como piezas por la dictadura sátrapa marroquí, que, según tu análisis político, actúa subordinada a intereses geopolíticos mayores. Señalan al Gobierno, señalan a Marruecos, pero rara vez señalan a los actores internacionales que consideran responsables últimos de muchos de estos conflictos. Al amo no se le señala.
Llamar a las cosas por su nombre.
Me gustaría que volviésemos a llamar migrantes a quienes intentan entrar en España y en Europa buscando una vida mejor. Que, en lugar de bulos sobre ayudas millonarias y vidas resueltas sin trabajar, les llegara la verdad: lo durísimo que es llegar aquí sin conocer a nadie, lo durísimo que es vivir sin papeles.
Porque a muchos de los que llegan, al poco tiempo les nace el arrepentimiento de haberlo vendido todo para acabar viviendo peor que en su país de origen. Si se hiciera ese trabajo honesto de información, en lugar del trabajo de intoxicación, tal vez muchos se lo pensarían dos veces.
Otros huyen de guerras civiles, de torturas y de abusos: para ellos, llegar aquí es la única forma de conservar la vida, y a esa gente le debemos, como mínimo, empatía.
La memoria que nos falta.
Cuando se nos dice que los españoles que emigraron lo hicieron con contrato y papeles en regla, se habla de una época concreta: la de la emigración a Alemania y Suiza, países que necesitaban mano de obra barata y la obtenían de una España donde, según el resto de Europa, «África empezaba en los Pirineos».
Pero hubo una emigración anterior: sin papeles, sin contrato, a la aventura, en la que muchos perdieron la vida fuera de su continente. Una emigración que salió antes de la Guerra Civil por hambre y necesidad, que salió durante la guerra y la posguerra por miedo a ser asesinados y que siguió saliendo después, porque la pobreza y la falta de oportunidades no desaparecieron. Se fueron a América.
¿Cuántos de nosotros no tenemos familia en Cuba? Yo tuve un bisabuelo veinte años en Cuba para volver sin nada. Otro bisabuelo mío murió en Río Grande do Sul, en Brasil, y su cuerpo nunca regresó. Había ido allí a trabajar. Es la historia de muchísimos gallegos, extremeños y andaluces que cruzaron el océano sin saber qué les esperaba, confiando en que allí encontrarían un futuro.
A la gente que hoy llega hasta nosotros le ocurre algo muy parecido. Son seres humanos. No son invasores, no son bestias. Algunos son niños.
Un futuro oscuro si no lo impedimos.
Cuando veo a ese personaje de Vox, con sus gafas de culo de botella, llamando a cazar al inmigrante, me retrotraigo a otros tiempos: a la Alemania nazi, donde también se perseguía a personas; a la España franquista, donde también se perseguía a personas.
Cuando escucho hoy llamamientos a la cacería, siento que esta involución nos empuja hacia un futuro muy oscuro. Y no solo da miedo: da mucha pena. Saber que a las próximas generaciones les vamos a dejar un futuro peor del que tenemos.
Siempre he pensado que una generación incapaz de dejar a la siguiente un futuro mejor es una generación fracasada y cobarde. Porque, si lo perdemos todo, si no defendemos nuestros derechos y nuestros intereses, si nos dejamos engañar, serán nuestros hijos y nuestros nietos quienes tengan que luchar, sudar y sacrificarse para reconquistar lo que hoy entregamos sin dar la más mínima batalla.
Terrible.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

