Leonel Nodal.— La capital polaca sirvió de escenario ideal para encubrir  con su conmovedor pasado -teñido por los horrores del fascismo hitleriano y los abusos contra los judíos- los  verdaderos apetitos de los grupos de poder ocultos detrás del desafiante inquilino de la Casa Blanca.

En un estilo propio de los filmes de Hollywood -donde la ficción suplanta a la realidad con aventuras de superhéroes combatiendo a diabólicos personajes- la pandilla de filibusteros imperiales reunida de otra vez en la Casa Blanca por el aventurero John Bolton, nombrado por Trump como su Consejero de Seguridad, decidió poner en marcha un plan de chantajes, asaltos y conquistas para 2019, con falsos pretextos libertarios.

‎‎Bolton completó en enero de este año la nómina de asaltantes «con licencia para matar», cuando trajo a su equipo al pistolero ilustrado Elliot Abrams, el connotado traficante de armas israelíes pagadas con dinero del narcotráfico durante el gobierno de Ronald Reagan, y compinche de Oliver North en el escándalo Irán-Contras.

La misión actual de Abrams -bajo la tutela de Bolton y Trump- es el golpe de estado en Venezuela, lo que revela la trascendencia de su rol en la Casa Blanca, pero ese es otro capítulo de la serie gangsteril.

Sin embargo, el célebre conspirador de la derecha dura de Washington —que fue convicto por sus andanzas criminales en Centroamerica y luego perdonado por George Bush, el hijo—, tiene mucho que ver con el mesiánico mensaje belicista pronunciado por el vicepresidente Mike Pence en Varsovia, sede de un conciliábulo convocado bajo el inofensivo lema «Paz y Seguridad en el Medio Oriente», donde el gobierno de Donald Trump presentó a sus aliados las exigencias de su nueva estrategia de dominio global.

Cuando Abrams volvió al nido del poder lo hizo entonces como asesor para el Medio Oriente, y la confesionalización de la política exterior estadounidense le debe buena parte de su instrumental teórico, quien en los años de Reagan participó en la creación del US ‎Institute of Peace –que instrumentó las causas humanitarias como pretexto de intervención– y ‎de la National Endowment for Democracy (NED), financista de la subversión alrededor del planeta.

Con Bush hijo, Abrams trabajó en el «Grupo para la Política y las ‎Operaciones en Irán y en Siria»  y después estuvo a cargo de la «Estrategia para la Democracia Global» otro plan imperial vestido de angelical ropaje.

El historial de agente 007 con dotes de intelectual judío-sionista lo sitúa como precursor de la llamada «teopolítica» o geopolítica de carácter confesional, que preconiza una santa alianza con los cristianos-sionistas.

Bolton, Abrams y el ex jefe de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) Mike Pompeo, actual secretario de Estado, integran el núcleo duro de los lobbys de la banca judeo-sionista, la industria de armamentos y la petrolera, para impulsar con mano firme y puño de hierro el lema electoral de Trump y clave de la nueva estrategia del poder oculto: «América primero» o, mejor dicho, Estados Unidos primero.

Abrams retomó a finales de 2017, un activo papel como vocero de los grupos de poder que exigían a Trump avanzar con mayor fuerza y decisión en la ofensiva neoconservadora y ultraderechista e instó a Trump a ignorar las restricciones a su desenfrenada y agresiva política exterior, interpuestas por los generales de su equipo gubernamental.

Abrams apuntó a James Mattis, entonces jefe del Pentágono, y a John Kelly, el jefe de personal de la Casa Blanca, ambos ex generales de la Marina, así como a Rex Tillerson, el secretario de Estado, como elementos que debilitaban a Trump al tratar de controlarlo. Los tres fueron apartados del entorno presidencial y en su lugar entró el actual equipo de Bolton.

El 10 de enero de este año, durante una conferencia en la Universidad Americana del Cairo, el secretario de ‎Estado Mike Pompeo fijó los objetivos de la reunión de Varsovia: 1) oponerse al «régimen iraní» y a sus «representantes 2) instaurar una alianza estratégica entre judíos y sunnitas contra el Irán chiita.

Pompeo llegó a Egipto después de hacer paradas en Jordania e Irak, en una gira por el Medio Oriente que también incluyó a Bahrein, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Kuwait y Omán. A juicio de analistas, aquel discurso fue «una descripción autocomplaciente y delirante» de la política de Medio Oriente de la administración Trump.

Entre otras perlas, atribuyó a Trump la destrucción del grupo terrorista Estado Islámico (EI), con la misma falta de pudor del díscolo mandatario, quien pasa por alto la paliza que le dieron la Fuerza Aeroespacial de Rusia y el ejército árabe sirio.

Al llamar a Irán «un enemigo común», Pompeo buscó convencer a los aliados regionales de que el establecimiento de la Alianza Estratégica de Medio Oriente (MESA), también conocida como la OTAN árabe, que incluye el Consejo de Cooperación del Golfo (GCC), así como Egipto y Jordania, serviría a sus intereses para contrarrestar la acción de Irán.

Sin embargo, «la idea de una OTAN árabe es poco convincente», según dijo Yezid Sayegh, un importante miembro de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.

Una conferencia de dudosa reputación

La Conferencia de Varsovia reveló el empeño estadounidense de sumar a sus aliados de Europa a una estrategia de confrontación con Irán, así como contra Rusia y China, a los que Washington intenta sacar del mercado europeo.

El propio Pompeo recordó que la reunión en la capital polaca ocurriría en la misma semana que Irán celebraría 40 años del triunfo de la revolución islámica que derrocó al gobierno aliado del Shah Reza Pahlevi, a la que desde 1979 han intentado destruir por todos los medios.

Apenas 63 países asistieron al encuentro, menos de un tercio de los 192 miembros de Naciones Unidas. Solo un jefe de gobierno acudió a la cita, el primer ministro israelí Bejamín Netanyahu.

Las potencias europeas enviaron representantes de rango inferior, con la excepción del Secretario de Relaciones Exteriores británico, Jeremy Hunt, interesado –dijo- en abordar la crisis humanitaria provocada en Yemen.

Netanyahu expresó su alegría por la cena de apertura en el Castillo real de Varsovia, donde compartió mesa con los titulares del exterior de  Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Bahrein, a pesar de carecer de vínculos diplomáticos.

Según el programa, la conferencia debía centrarse en el proceso de paz y las crisis humanitarias en Oriente Medio. Pero el mensaje en Varsovia fue una clara amenaza para Teherán.

«No puede haber paz en Oriente Medio sin confrontación con Irán», dijo el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, poco antes de la apertura de la conferencia.

Durante el almuerzo, relató un asistente, el tono se hizo aún más agudo cuando el vicepresidente de EE.UU., Mike Pence, exigió que los países europeos abandonen el acuerdo nuclear de 2015 con Irán.

Ausencias notables

Rusia, China, Irán, Líbano y Palestina brillaron por su ausencia en la capital polaca, y en declaraciones sobre la conferencia, Rusia subrayó que esta solo pretendía «movilizar a cualquier persona hostil a Irán para crear condiciones propicias al colapso final del acuerdo nuclear».

Trump sacó a Estados Unidos del acuerdo firmado en 2015, reinstauró las más severas sanciones contra el estado persa y su pueblo, en nombre de la democracia y la lucha contra el extremismo islámico, aunque en verdad le interesa un cambio de gobierno en Teherán, que le permita manejar sus recursos petroleros y su posición estratégica.

La Cancillería rusa repudió la continuidad de los intentos de EE.UU. de imponer sus intereses geopolíticos unilaterales y destacó la exclusión de asuntos claves como la paz en Siria y la solución del conflicto árabe-israelí.

El titular de Relaciones Exteriores de la Autoridad Nacional Palestina, Riad Malki, pidió a los países árabes que boicotearan la reunión de Varsovia, a la que calificó como un complot contra la causa palestina.

El propio día de inicio de la Conferencia de Varsovia, un ataque terrorista en la provincia suroriental iraní de Sistán y Baluchistán, reivindicado por el grupúsculo Yeish al-Adl -uno de los tantos «defensores de la democracia que apoya Washington»- causó la muerte de 27 miembros del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) y dejó otros 13 heridos.

El atentado ocurrió mientras en la ciudad rusa de Sochi los presidentes de Rusia, Irán y Turquía, Vladimir Putin, Hassan Rohani y Recep Erdogan, concertaban nuevas medidas para estabilizar la situación en Siria.

El mandatario iraní declaró que los grupos terroristas que operan en la región reciben desde hace años apoyo logístico de algunos gobiernos extranjeros, en particular de Estados Unidos.

El clan Bolton revela sus objetivos

En un claro reflejo de las teorías del clan Bolton-Abrams, funcionarios del Departamento de Estado publican sin el menor recato los objetivos reales de la reunión de Varsovia.

En una rueda de prensa telefónica, reportada por EFE, explicaron que Estados Unidos está inquieto por la expansión del gigante tecnológico chino Huawei en el centro del continente, donde cuenta con su «mayor presencia» fuera de China.

«Lo que estamos tratando de hacer en Europa Central es incrementar la influencia diplomática, comercial, militar y cultural de Estados Unidos. Nuestra visión es que esto estaba atrasado y era necesario desde hace tiempo», dijeron los funcionarios, que hablaron en condición de anonimato.

Subrayaron que la «falta de una implicación robusta de Estados Unidos durante la última década en Europa Central ha creado vacíos que han llenado fácilmente China y Rusia».

La belicista retórica de confrontación de franco matiz confesional e imperial utilizada por los personeros de la administración Trump dejó un amargo sabor en la opinión pública europea –sometida a fuertes presiones para que adopte las políticas del mandamás de la Casa Blanca, en tanto en la región de Medio Oriente todo indica que se trata de más de lo mismo: reforzar la alianza estratégica con Israel y hacerle pagar a los estados árabes aliados la gruesa factura y las consecuencias.

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