
En 2017, Raoul Peck, prestigioso cineasta, guionista y productor comprometido, nacido en Puerto Príncipe, Haití, en 1953, nos sorprendió muy gratamente con el interesante e instructivo filme, El joven Karl Marx. Antes, en 2000 y 2016, ya lo había hecho igualmente con dos producciones muy sugestivas, una, el biopic Lumunba, sobre la vida, el ascenso político y el cruel asesinato, en 1961, de Patrice Lumumba, líder anticolonialista africano y primer ministro electo de la República Democrática del Congo tras su independencia de Bélgica; y otra, el magnífico documental I Am Not Your Negro (literalmente, Yo No Soy Su Negro), referente al activista estadounidense James Baldwin y el movimiento afroamericano en la América moderna. Todas absolutamente recomendables por su calidad artística y por su sustancioso contenido político.
Confusa exposición
Ahora, con Orwell: 2+2=5, producción francesa del año pasado, el director haitiano, calado al tiempo de pesimismo y desgarro políticos, y persistiendo en su labor de documentalista, indaga, según sus palabras, sobre el “autoritarismo actual”. Un tema que no debería dejar indiferente a nadie. En verdad, una preocupante crónica histórica con dos vertientes claramente definidas: la de una obra cinematográfica valiente sobre la denuncia de los peligros inherentes al “totalitarismo económico, político y cultural del mundo actual”, y la de una especie de ensayo que instrumentaliza la figura del escritor y periodista británico George Orwell (1903-1950), en aras de evidenciar la validez de sus polémicas tesis sobre la defensa de “la verdad objetiva” y “la libertad individual frente a cualquier poder totalitario”.
De hecho, es un artificioso Orwell, provisto de sus dos novelas distópicas, Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949), quien, mezclando sesgadas imágenes de archivo, construye el relato desde prácticamente su nacimiento hasta nuestros días. Una narración en la que nadie escapa a sus críticas “antitotalitaristas”: países, regímenes, revoluciones, contrarrevoluciones, etc. Una confusa exposición que deja sin expectativa de cambio a las espectadoras y espectadores al no ver la causa de todo ello.
Y es que cuando se elude el análisis materialista, todo parece un capricho de la naturaleza. Y no es así. Sabemos que desde que existe la propiedad privada y las divisiones sociales (origen del totalitarismo), el desarrollo histórico ha tenido lugar a través de la lucha de clases, condicionando ese combate su devenir y consecuencias. Buenas o malas, todo en función del objetivo por alcanzar. Sabemos también que desde que se consolidó el capitalismo en el siglo XVIII, ha hecho lo innombrable por perdurar: masacrar, colonizar, mentir, desinformar, explotar, expoliar, etc. Hoy también. Incluso, intentar hacernos tragar esa falacia lógica que es 2+2=5. Quizá, en la ausencia que señalamos esté que Peck, en esta ocasión, no haya logrado una obra trascendental. Otra vez será.
Rosebud

