
Diego Herchhoren (mpr21).— La extradición de Alex Saab —exministro de Industria venezolano y considerado el «cerebro financiero» del chavismo— a Estados Unidos es un punto de inflexión. Lejos de tratarse de un acto de justicia ordinaria o de una mera purga interna, la entrega de Saab por parte de las «nuevas autoridades» venezolanas constituye un acto fundacional de un nuevo orden político en el país.
La figura de Alex Saab: más que un funcionario
Alex Saab no fue un simple funcionario del gobierno deNicolás Maduro, sino el operador del circuito de comercio exterior venezolano en condiciones de sanciones. Con ciudadanías múltiples (Colombia, Venezuela, Antigua y Barbuda) y una red de empresas en Turquía, Hong Kong, Suiza y Panamá, Saab construyó la logística que permitió al gobierno del país sobrevivir al régimen de sanciones impuesto por los Estados Unidos.
Desde 2011 gestionó dos programas sensibles: la construcción de viviendas sociales (Gran Misión Vivienda Venezuela) y la distribución de los subsidios alimentarios CLAP, que durante los años más duros de las sanciones alimentaron a los sectores más pobres.
Pero su verdadero valor estratégico residía en su capacidad para operar entre jurisdicciones y sanciones. A través de sus estructuras fluía oro venezolano hacia Turquía, Emiratos Árabes Unidos e Irán, y a través de él se canalizaban relaciones con empresas occidentales (Chevron, JP Morgan) que, pese al discurso público antichavista, seguían trabajando de facto con Caracas. Por eso, cuando en octubre de 2024 Maduro lo nombró ministro de Industria, no hizo más que reconocer públicamente un poder que Saab ya ejercía en la sombra.
Un historial de detenciones y torturas
El informe recuerda que esta no es la primera vez que Saab es detenido. En junio de 2020, fue interceptado en Cabo Verde cuando volaba a Teherán, a raíz de una notificación de Interpol solicitada por Estados Unidos. El proceso estuvo plagado de irregularidades: la notificación se emitió 24 horas después de la detención, no existía tratado de extradición con Estados Unidos, y tanto la CEDEAO como el Comité de Derechos Humanos de la ONU exigieron su liberación sin éxito. Durante más de un año sufrió condiciones de reclusión extremas —celda de 3×3 m, temperaturas elevadas, falta de luz y atención médica— y en octubre de 2021 fue extraditado a Miami. Allí, en un piso franco de la CIA, se le aplicaron torturas con agua para forzarlo a cooperar contra Maduro.
En diciembre de 2023, Joe Biden indultó a Saab a cambio de diez ciudadanos estadounidenses, veinte presos políticos venezolanos y la consolidación de Chevron en el sector petrolero de Venezuela. El intercambio reveló el enorme valor que Saab tenía para Caracas: por él se pagó con decenas de personas y con acceso a recursos estratégicos.
La paradoja económica venezolana
Entre 2025 y 2026 Venezuela encadenó veinte trimestres consecutivos de crecimiento, con un PIB del +8,66% en 2025 y una previsión del 12% para 2026 —el mejor indicador de América Latina. En los supermercados volvieron a aparecer productos occidentales, algo impensable diez años atrás.
Sin embargo, este crecimiento no fue espontáneo. Fue posible por la conjunción de la recuperación del precio del petróleo, un alivio parcial de las sanciones y, sobre todo, la existencia de mecanismos operativos que permitieran canalizar la inversión occidental sorteando las restricciones oficiales. Esa era precisamente la función de Saab: actuar como bisagra entre la estatal PDVSA y empresas como Chevron o JP Morgan, diseñando esquemas de offshore que las mantenían «en el juego» a pesar de las sanciones.
¿Por qué lo extraditan ahora?
La extradición de Saab no responde a una «purga de maduristas» genérica, sino a un cambio de beneficiarios extranjeros. En Venezuela se ha producido una lucha entre dos grandes intereses estadounidenses: de un lado, JP Morgan (a través de Dalinar Energy); del otro, Paul Singer —donante cercano a Donald Trump— a través de Amber Energy.
Paralelamente, un socio de Trump, Harry Sargeant III (cuya empresa opera en Venezuela desde los años ochenta), promovió la candidatura de Delcy Rodríguez como «líder temporal controlable«. Rodríguez es quien sin duda está ahora al mando.
En este contexto, los esquemas financieros que construyó Saab estaban diseñados para la configuración anterior (Maduro y las estructuras que negociaban con Biden). La nueva configuración requiere nuevos operadores, y Saab se ha convertido en un estorbo.
Pero, además, su conocimiento detallado de las redes de evasión de sanciones y de los actores occidentales que colaboraron en secreto lo convierte en una pieza codiciada por la fiscalía estadounidense. Así, entregarlo no solo limpia el tablero de viejos leales, sino que proporciona un valioso botín informativo a Washington.
Las consecuencias para Venezuela
La extradición de Saab tiene al menos seis consecuencias políticas para Venezuela. Una es que el hecho de que existan «nuevas autoridades» que puedan decidir la entrega de una figura tan prominente del gobierno de Nicolás Maduro implica que Maduro ya no gobierna. Delcy Rodríguez aparece como la líder fáctica, alineada con intereses de la actual administración norteamericana.
La segunda consecuencia es que la extradición es la punta de lanza de una purga sistemática de los viejos operadores. Quienes manejaban los flujos de dinero, oro y sanciones pasan a ser prescindibles o, directamente, moneda de cambio.
La tecera es que se ha instaurado un clima de terror en la dirigencia venezolana. Es un secreto a voces que viven «en estado de tensión y miedo, preguntándose quién será el siguiente». La extradición funciona como un mecanismo de disciplinamiento: ningún alto cargo del chavismo puede sentirse seguro si los nuevos gobernantes deciden entregarlo a la justicia estadounidense.
La cuarta es el cambio en las reglas del juego geopolítico. Venezuela deja de ser un país que negocia desde la confrontación con Estados Unidos para convertirse en un socio alineado con los nuevos beneficiarios extranjeros. Las viejas reglas (protección mutua, evasión de sanciones con aval ruso e iraní) se sustituyen por la lógica de que los antiguos operadores se entregan para que la nueva administración obtenga legitimidad y favores de Washington.
La quinta es la subordinación a intereses financieros estadounidenses concretos. La decisión de extraditar no responde a criterios judiciales internos, sino a la puja entre fondos de inversión como Amber Energy (Paul Singer) y JP Morgan. La política venezolana queda así subordinada a las facciones del capital financiero estadounidense.
Y la sexta es que de manera indubitada esto supone un debilitamiento de las alianzas con Rusia e Irán.
Venezuela priorizó en su política armamentista a las armas convencionales rusas (fusiles AK) sobre el desarrollo de drones, a diferencia de Irán. La entrega de Saab envía la señal de que los nuevos gobernantes no tienen reparo en romper con las antiguas alianzas estratégicas antinorteamericanas, lo que erosiona el polo de influencia ruso-iraní en el Caribe.
Un apunte sobre la relación con Rusia y una nueva Venezuela
Saab negoció con representantes rusos la posible localización de producción de drones en Venezuela, pero el proyecto no se concretó porque Caracas priorizó el armamento tradicional. Esto ha sido un error estratégico de calado, pues los drones serían mucho más útiles para una «disuasión asimétrica» frente a la presencia estadounidense en el Caribe que miles de fusiles encerrados en arsenales.
La ironía es que Irán —país con el que Venezuela trabajó activamente a través de Saab— sí desarrolló esa capacidad. La entrega de Saab consuma, en cierto modo, la marginación del enfoque ruso-iraní en favor de un realineamiento con Washington.
La extradición de Alex Saab no es un hecho judicial aislado, sino el acto fundacional de un nuevo orden político en Venezuela. Los antiguos cuadros chavistas son sacrificados para facilitar el control de los recursos venezolanos (petróleo, gas, oro) por una nueva facción local aliada de sectores conservadores estadounidenses vinculados a Donald Trump.
El costo político es la pérdida de cualquier vestigio de autonomía y la instauración de una lógica de «entreguismo» como herramienta de gobierno. El clima de miedo entre la dirección, la reconfiguración de los beneficiarios extranjeros y el fin de la política de confrontación con Estados Unidos dibujan un escenario en el que Venezuela deja de ser definitivamente un laboratorio de resistencia antimperialista para convertirse en un tablero de intereses financieros norteamericanos en pugna. El valor simbólico de entregar al «cerebro financiero» de Maduro es, en esta lectura, la prueba más elocuente de que las reglas del juego han cambiado para siempre.

