Primero frenar al fascismo, después reconstruir una izquierda de clase.
Hay momentos en que la política exige ordenar las prioridades, y este es uno de ellos. Antes de discutir cómo queremos que sea la izquierda del futuro, tenemos que asegurarnos de que ese futuro todavía sea posible. Y para eso hay que frenar, sin medias tintas, al fascismo, a la ultraderecha y a esos liberales sin empatía ni humanidad que ven a las personas como una partida más en su cuenta de resultados.
La ultraderecha, un equipo de demolición.
Que nadie se engañe: la derecha de hoy ya no es la derecha de hace veinte años. Hoy la derecha es, directamente, la ultraderecha. Y viene con la piqueta en la mano. Lo poco que nos queda de Estado del bienestar, de derechos laborales, de sanidad y educación públicas y de justicia social es, para ellos, un estorbo que hay que derribar. Lo hacen con sonrisa, con bandera y con discurso de odio, buscando un enemigo entre los de abajo —el migrante, el pobre, el trabajador de baja— para que no miremos hacia arriba, hacia donde están los verdaderos responsables de nuestra precariedad.
Frenarlos no es una opción ideológica entre otras: es una cuestión de supervivencia para la clase trabajadora.
La socialdemocracia solo sabe poner parches.
Pero tampoco nos vale esperar la salvación de quienes se presentan como el mal menor. La socialdemocracia no tiene soluciones para nuestros problemas por una razón muy sencilla: es sistémica. Forma parte del mismo sistema que genera la desigualdad y, por eso, como mucho, puede poner parches. Un parche aquí, una subvención allá, un decreto que se queda a medias, mientras los grandes poderes económicos siguen intactos, los fondos buitre siguen especulando con la vivienda y las grandes empresas siguen exprimiendo a sus plantillas.
Lo digo desde la experiencia de quien lleva casi dos décadas en el mostrador y en el comité de empresa: los parches no pagan el alquiler ni llenan la nevera a fin de mes. Y quien administra el sistema sin cuestionarlo no puede cambiarlo.
Reconstruir una izquierda de clase.
Entonces, ¿qué hacemos? Primero, cerrar el paso al fascismo con todos los instrumentos a nuestro alcance: en la calle, en los centros de trabajo, en los barrios, en las urnas. Y después, sin esperar a que nadie nos lo conceda, empezar a reconstruir una verdadera izquierda de clase: una izquierda que no sea una agencia de colocación, que no cambie de nombre cada dos años para repartirse cargos, que esté organizada entre los trabajadores y que sea capaz de defender nuestros derechos y nuestros intereses sin pedir permiso a los poderosos.
Esa izquierda no se decreta desde un despacho. Se construye con sindicalismo combativo, con organización en los barrios, con conciencia de clase y con internacionalismo. Se construye sabiendo quiénes son nuestros enemigos y quiénes, simplemente, nunca estuvieron de nuestro lado.
El orden de las tareas está claro: frenar al fascismo hoy para poder construir mañana. Ni un paso atrás ni una ilusión con quienes solo saben administrar nuestra derrota.
Até á vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

