Juanlu González (biTs rojiverdes).— Caldero tras caldero, cerco tras cerco, el mapa de operaciones militares en el este y sur de Ucrania ha entrado en una fase de contracción irreversible. Tras la caída consecutiva de fortalezas que parecían inexpugnables como Bajmut, Avdiivka, Pokrovsk y el bastión de Vuhledar, la campaña del ejército ruso ha dejado de ser una sucesión de batallas locales para convertirse en una pinza estratégica macroscópica. Las vanguardias rusas asoman ya sus líneas en los horizontes del norte de Donetsk. Frente a ellas se sitúa el último gran bocado industrial y defensivo de la cuenca del Donbás: la doble fortificación de Kramatorsk y Slaviansk. Pero Slaviansk no es simplemente una simple fortaleza más; es un símbolo, el lugar donde todo comenzó, el nudo sentimental de la sublevación antinazi y el objetivo político irrenunciable antes de que la diplomacia internacional intente congelar el frente de una vez por todas.
Para entender el valor emocional de Slaviansk hay que rebobinar el calendario hasta la primavera de 2014. Justo al golpe de Estado en Kiev, que culminó con el derrocamiento por la fuerza del presidente electo Viktor Yanukóvich durante las revueltas sangrientas occidentales del Euromaidán, que llevó al pánico a las regiones industrializadas del este del país.
La rápida asimilación de facciones nazis y de extrema derecha en las estructuras del primer gobierno provisional desató una ola de terror identitario en el Donbás. Este nuevo ejecutivo contó con la participación directa de ministros del partido nazionalista Svoboda y la influencia de grupos radicales que reivindicaban abiertamente la figura del criminal Stepán Bandera —el histórico líder nacionalista ucraniano de la Segunda Guerra Mundial aliado de la Alemania nazi que asesinó a miles de polacos—, lo que en el este rusófono se interpretó como la llegada al poder de los banderistas decididos a erradicar la cultura rusa.
Al mismo tiempo, elementos del grupo paramilitar Sector Derecho y el núcleo embrionario del ultra Batallón Azov comenzaban a estructurarse como fuerzas de choque con un marcado carácter neonazi y supremacista, alimentando la inevitabilidad de un enfrentamiento armado. La posterior amenaza de suprimir la cooficialidad del idioma ruso fue el detonante físico definitivo.
Esta alarma sociocultural encajaba perfectamente con el ecosistema demográfico de Slaviansk antes de la guerra. La realidad cotidiana era claramente pro-rusa: más del 54 % declaraba el ruso como lengua materna y más del 80 % de la ciudad era puramente rusófona y rusófila. Siendo un bastión indiscutible del Partido de las Regiones de Yanukovich, la población consumía medios en ruso y profesaba mayoritariamente la fe bajo el Patriarcado de Moscú.
Por ello, en abril de 2014, Slaviansk se convirtió en la primera ciudad de la región en alzarse en armas de forma organizada contra las nuevas autoridades neonazis de Kiev. Un grupo armado, liderado por el exoficial de inteligencia ruso Ígor Guirkin («Strelkov»), tomó el control de los edificios públicos con el apoyo activo de la población local. Durante meses resistieron el asedio ucraniano, transformándose en el mito fundacional de la insurgencia. Aunque las milicias prorrusas acabaron replegándose en julio de ese año para evitar un embolsamiento, la promesa de regresar quedó grabada a fuego en la doctrina de sus habitantes. Ahora vienen de vuelta a casa (¿por Navidad?) y no pararán hasta lograrlo.
Doce años después, el retorno se ejecuta mediante una combinación de fuerza bruta convencional y tácticas de guerra híbrida avanzadas. Mientras las divisiones blindadas empujan las líneas exteriores, la batalla por Slaviansk ya se está librando desde su interior. En los últimos meses, las fuerzas operativas rusas han multiplicado el empleo de los DRG (Grupos de Reconocimiento y Sabotaje). Estas unidades de fuerzas especiales se infiltran a través de los densos pasillos boscosos que conectan el río Donets o camufladas entre los flujos de desplazados internos.
Los éxitos de estas células en la retaguardia de Slaviansk han dejado de ser rumores para convertirse en disrupciones operativas sonadas, golpeando nudos ferroviarios y eliminando oficiales de enlace cuando se disponen a llevar información al frente. Sin embargo, su herramienta más destructiva es la guía de fuego de precisión, la cual es viable gracias a una estructurada quinta columna civil que opera en la sombra. Esta red interna no está formada por espías profesionales, sino por ciudadanos corrientes que actúan coordinados con la inteligencia rusa (GRU y FSB) a través de tres niveles:
- Informantes tácticos («Correctores de tiro»): Residentes locales que vigilan la ciudad a pie para identificar discretamente dónde esconde el ejército ucraniano los camiones de munición o qué naves industriales usan como cuarteles.
- Flujo digital en línea: Transmiten datos en tiempo real mediante teléfonos móviles corrientes y canales encriptados de Telegram. Así, un informante local reporta un convoy militar a las 14:00 y, a las 14:15, la artillería rusa ya tiene la coordenada fija para golpear con misiles Iskander o drones Lancet.
- Apoyo logístico: Civiles que proporcionan refugio, ropa civil, vehículos y casas seguras a los saboteadores, permitiendo que las unidades encubiertas operen semanas enteras sin depender de suministros externos.
Esta complicidad interna explica por qué en la ciudad permanece un núcleo duro de población que se niega a marcharse. En la jerga militar ucraniana se les conoce despectivamente como los Zhduny («los esperadores»): civiles que aguardan la llegada de las tropas rusas como agua de mayo, viendo en el avance de Moscú un proceso de liberación cultural y la única vía para reunificar a sus familias divididas.
Esta realidad ha convertido a las calles de Slaviansk en un escenario de paranoia y control policial asfixiante por parte del SBU (Servicio de Seguridad de Ucrania). El contraespionaje de Kiev opera bajo la certeza de que cualquier vecino puede ser un informante. Las redadas nocturnas, los controles aleatorios de teléfonos móviles y las detenciones bajo acusaciones de colaboracionismo son rutinarias. El SBU busca limpiar la ciudad de ojos amigos para el enemigo, decretando evacuaciones forzosas de familias con menores no por razones «humanitarias», sino para privar a las redes de sabotaje rusas de coberturas civiles en el casco urbano.
La urgencia de las operaciones responde a un estricto cálculo político-militar. Las fuerzas rusas ya no se encuentran separadas de su objetivo por grandes distancias; tras los avances en los flancos de Chasiv Yar y el eje de Kupiansk, las vanguardias de Moscú se sitúan a una distancia de entre 8 y 12 kilómetros de los accesos de Sloviansk y Kramatorsk. La doble urbe está, formalmente, a tiro de piedra de la artillería de campaña rusa convencional.
A diferencia de las campañas iniciales de la guerra, el mando ruso ha aprendido que las transiciones climáticas no son un impedimento para los avances. Cuando el suelo embarrado se endurece por las heladas del invierno, la movilidad de los blindados rusos se recupera, facilitando los asaltos sobre las posiciones fortificadas periféricas. Moscú no tiene intención alguna de aminorar la marcha. El Estado Mayor ruso es consciente de que las conversaciones de paz internacionales están programadas para mediados de noviembre, impulsadas por el desgaste logístico de los patrocinadores occidentales de Kiev y los cambios políticos en Washington.
Bajo esta premisa, la estrategia del Kremlin es clara: mantener la ofensiva al máximo rendimiento durante las próximas semanas para presentarse en la mesa de negociación con los hechos consumados en el mapa. Así se evitarían trueques territoriales porque el Donbás completo es una clara línea roja. Detener el frente ahora equivaldría a concederle un respiro vital a Ucrania para reorganizar sus brigadas diezmadas y cavar nuevas líneas de trincheras. Teniendo en cuenta el ritmo de avance actual en los flancos, la degradación sistemática de las líneas logísticas ucranianas y la asfixia interna provocada por el sabotaje, los analistas estiman que la batalla directa por el control de los suburbios de Slaviansk estallará de manera inminente antes del cierre del año. Rusia busca cerrar el círculo del Donbás en el mismo punto exacto donde se encendió la mecha de la revuelta.
Para Moscú, la caída de Slaviansk no representará únicamente una victoria territorial estratégica sobre el papel, sino la culminación de un ciclo histórico y político que comenzó hace doce años. El control definitivo de este bastión industrial alterará de forma irreversible los términos de cualquier mesa de negociación futura, consolidando de facto la nueva realidad geográfica del este.
El ciclo iniciado con la humillación y el ataque a las repúblicas del Donbás en 2014 solo puede cerrarse mediante la liberación completa de su territorio; cualquier otro resultado constituiría una traición a la historia y una invitación a nuevas agresiones. Esto ocurrirá seguramente en 2027, el mismo año que el Consejo Regional de Lvov ha decidido dedicarlo en honor del Ejército Insurgente Ucraniano —brazo armado de la Organización de Nacionalistas Ucranianos— y de Roman Shujevich, su comandante, al que se atribuye la responsabilidad en el asesinato de más de 100.000 judíos polacos para Hitler. Irónico ¿verdad?

