Basta con poner encima de la mesa el abigarrado lenguaje que utilizan los académicos y periodistas para referirse a lo que siempre se calificó como fascismo y reacción para darse cuenta de que hay gato encerrado, empezando por la empalagosa terminología diseminada por el carrillismo en España, entre los que son “de derechas” y ellos, que eran “de izquierdas”.

Donde no hay una terminología clara no hay análisis de ningún tipo sino intentos de enmascaramiento que, si bien son de diferentes tipos, siempre proceden del mismo origen: la CIA y las universidades de Estados Unidos, que casi son lo mismo. Tras la guerra mundial, el fascismo se finiquita porque -oficialmente- no hay partidos fascistas, ni ideologías fascistas; a lo sumo sujetos nostálgicos de tiempos pretéritos, insignificantes e irrelevantes.

Los fascistas tampoco se reconocen como tales e incluso España también se definieron como una “democracia orgánica” que ya anticipaba el camuflaje de la transición. El esquema es bien simplón y la burguesía no se aparta nunca de él: los regímenes políticos son democráticos, autoritarios o totalitarios, una etiquetas que se pueden poner y quitar con meros relevos en el gobierno y cambios de fachada.

Si alguien domina la terminología “derecha, izquierda” y el tríptico democrático, autoritario y totalitario ya puede aspirar a una cátedra de sociología moderna. Si además quiere escribir muchos artículos, crearse un currículo y hacer cerrera deberá añadir a su diccionario muy poco más: ultraderecha, racismo, antisemitismo, islamofobia…

Antes y ahora la burguesía no va más allá de la superficialidad, del pensamiento, de los programas, las declaraciones o las entrevistas con unos y otros para establecer su taxonomía política, desde la ultraderecha a la ultraizquierda pasando por el centro, un recorrido en el que unos y otros se justifican a sí mismos por referencias cruzadas.

Esas clasificaciones siempre dejan al margen al Estado, que no es un actor sino un árbitro, naturalmente neutral, que nada tiene que ver para los fascistas estén arrinconados o en plena etapa de esplendor, como parece que ocurre ahora. De ese modo cuando alguien pregunta por qué los partidos “ultraderechistas” triunfan en las elecciones, todo vuelve a su cuna: porque es lo que muchos votan, su elección.

Si alguien es curioso y quiere seguir preguntando por qué hay una parte importante del electorado que vota a esos partidos, a lo máximo obtiene una explicación de tipo sicológico, e incluso sicopatológico, lleno de fobias.

Es la pescadilla que se muerde la cola, la explicación que no explica nada.

Incluso en el ámbito ideológico, a casi nadie se le ha ocurrido reflexionar por los cambios significativos que ha experimentado el fascismo europeo desde 1945, cuando era antisemita, a 2017, cuando se ha pasado al sionismo, es decir, por las conexiones entre Israel y los movimientos neonazis.

En toda Europa los fascistas han cambiado a los judíos por los musulmanes como “chivo expiatorio”. Esto convierte a los sionistas en sus amigos del alma. El nazi holandés Geert Wilders ha afirmado que Israel es “la primera línea de defensa de Occidente” contra el islam.

Lo mismo que el nazi austriaco Strache, Wilders ha viajado a Israel unas 40 veces, aunque oficialmente nunca se ha entrevistado con miembros del gobierno de Tel Aviv, que se preocupan de guardar las apariencias. Marine Le Pen ha declarado que en Francia el Frente Nacional es “el mejor escudo para proteger a los judíos”, como si hubiera algo o alguien que pretendiera perseguirles. ¿Necesitan protección hoy los judíos o quienes necesitan protección son otro tipo de perseguidos?

El mito del holocausto judío a manos de los nazis sigue en el limbo de las ideologías políticas y religiosas, que son como la ropa de temporada: se quitan y se ponen de los armarios con enorme facilidad, lo mismo que los nombres y las siglas de los partidos. En Austria los nazis se llaman “Partido de la Libertad” nada menos. Uno de sus mayores apoyos financieros es el capitalista judío Georg Muzicant, hijo del antiguo presidente de la comunidad semita de Viena.

El dato a retener no es que un judío financie a un partido nazi, sino que para prosperar un partido -de cualquier tipo- necesita financiación, entre otras cosas, y por lo tanto, se trata de averiguar, quién apoya, promueve y financia al fascismo y por qué. Al levantar el telón lo que aparecen no son los chivos expiatorios, las ideologías, las filias ni las fobias, sino capitalistas, imperialistas, burócratas, aparatos de poder, medios de comunicación, intereses, monopolios… Todo eso que quieren mantener en un segundo plano.

Todos los pueblos, antiguos y modernos, tienen alguien a quien culpar de los problemas ajenos. En el Antiguo Testamento, el chivo expiatorio asumía los pecados de los demás. Era el cornudo, un cabrón a quien el sumo sacerdote transfería los pecados del pueblo de Israel. Después abandonaban al animal en el desierto, donde moría. Así se limpiaban los pecados del pueblo y se apaciguaba a Azazel, un ángel caído que se convirtió en un demonio en el desierto.

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