Un equipo de asesores rusos está de visita en Damasco, donde ha informado al gobierno sirio de que el ejército de Estados Unidos abandonará Al-Tanf y se retirará completamente del norte de Siria (provincias de Hassakah y Deir Ezzor) en los próximos seis meses.

Para preparar la cumbre entre Trump y Putin, otra delegación ha visitado también Teherán.

Trump lleva tiempo esperando que el Pentágono le presente un plan de retirada de las fuerzas desplegadas en Irak y Siria porque a partir de ahora en ambos países la resistencia sólo tiene un objetivo: atacar a las fuerzas estadounidenses y Trump quiere que abandonen Oriente Medio antes de que se empantanen en una guerra interminable.

El Pentágono no gana nada manteniendo su presencia en un ambiente hostil. El mayor temor de Washington es que las fuerzas desplegadas en el norte de Siria e Irak regresen a casa en bolsas de plástico. Entonces a Trump le resultaría difícil ofrecer una explicación plausible para la continuación de la ocupación en el Levante tras de la derrota del Califato Islámico o lo que queda de él en Siria e Irak.

En Irak la hostilidad hacia el ejército estadounidense va en aumento. Las unidades Hachd Al-Chaabi claman venganza contra Estados Unidos tras la destrucción por aviones no identificados (sospechosos de ser israelíes) de su centro de mando y control en la frontera entre Irak y Siria, que había recibido órdenes precisas de destruir a las unidades del Califato Islámico que intenten penetrar en Irak.

La amenaza de la Brigada Hezbolah Irak contra las fuerzas estadounidenses, a la que se refirió Sayed Hassan Nasrallah, el dirigente de Hezbolah en Líbano, preocupa en Washington, cuyo objetivo es evitar que se repita la experiencia vivida entre 2003 y 2011, cuando se convirtieron en el blanco de los ataques, tanto de sunitas como de chiítas.

Hasta ahora sólo la presencia Haidar Abadi al frente del gobierno de Bagdad ha impedido los ataques a las tropas estadounidenses en Irak. Pero su relevo es ya inminente.

Estados Unidos ha perdido la partida que inició en 2011. Junto con Israel no sólo ha admitido el fracaso de su objetivo de derrocar a Bashar Al-Assad: tras siete años de guerra el Eje de la Resistencia se ha fortalecido.

No se trata sólo de Siria. De ahí que Trump quiera garantías de seguridad para Israel, de manera que las fuerzas iraníes o de Hezbolah no se acerquen a sus fronteras. Lo que Rusia no puede garantizar es que Siria se abstenga de exigir la devolución de su territorio ocupado en los Altos del Golán, invadidos por Israel.

A Damasco no le importaría ofrecer garantías a Israel porque ya no necesita el apoyo de sus aliados iraníes y libaneses. La única excepción es la frontera entre el Líbano y Siria, donde se requiere una estrecha colaboración sobre el terreno de las fuerzas de ambas partes para impedir el contrabando de armas y el cruce de yihadistas a través de la frontera. Eso es algo que sólo Hezbollah puede garantizar.

En la cumbre habrá una última súplica de Trump a Putin: quiere cambiar a Siria por Palestina o, en otras palabras, quiere que Putin apoye el “Acuerdo del Siglo” contra Palestina, algo que no es posible por muchas razones.

Aunque quisiera, Rusia no podría respaldar un acuerdo que nace muerto. Además, no les interesa: sacrificarían el as de la baraja, que es Siria, una plaza importante porque tiene frontera con Israel y porque el gobierno tiene buenas conexiones con los palestinos, con Irán y con Hezbolah.

Si Rusia le priva a Siria de su posición privilegiada en Oriente Medio, perdería esa influencia.

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