
Yeilén Delgado Calvo (Granma).— Son versos fuertes y gráciles como las cañas, porque a su robustez nada le sobra: Jesús nació en el centro de su isla y allí / se le descubre desde el mar, en los días claros, / cubierto de nubes fijas; / ¡subid, subidlo y contemplaréis desde su frente / con qué fragor hierve a sus pies y se renueva / en ondas interminables la vida!
Nicolás Guillén publicó por vez primera Elegía a Jesús Menéndez en la Editorial Páginas, del Partido Socialista Popular, el 14 de julio de 1951 –hace 75 años–; el secretario general de la Federación Nacional de Trabajadores Azucareros había sido asesinado por el capitán Joaquín Casillas Lumpuy, el 22 de enero de 1948.
Guillén comenzó entonces a escribir, poco a poco, desde el dolor por la pérdida del amigo y por la ausencia del dirigente sindical que dejaba huérfanos a todos los que admiraron su rectitud frente al poder explotador. El resultado fue una elegía sorprendente, que no ha dejado de cautivar a lectores y estudiosos.
De hecho, Mirta Aguirre afirmó que se trataba de «el logro más alto de cuanto ha producido la poesía cubana en cien años. Y, acaso en toda su historia». Ángel Augier, al ahondar en su hechura, la calificó de obra de magistral factura sinfónica, y genuina gran poesía de poderoso aliento revolucionario y antimperialista: «Guillén acertó al utilizar los más variados recursos artísticos, las más diversas formas, desde el romance al son, desde el verso libre y el versículo rimado a la prosa poemática».
José Antonio Portuondo realzó la «poetización –y hasta versificación– de un menester tan bajo como son las cotizaciones bursátiles». Y en estas mismas páginas, Denia García Ronda (además de resaltar la enorme variedad de recursos del lenguaje figurado y otros propios de la estructuración poética, y el logro de una emotividad lírica de gran aliento) afirmó que se trata de una de las elegías más novedosas y técnicamente complejas de la poesía de habla hispana.
En este texto, la denuncia social y la altura artística no riñen ni se solapan; armónicamente, sirven una a la otra, y logran un todo estremecedor: Jesús no está en el cielo, sino en la tierra; no demanda oraciones, sino lucha; no quiere sacerdotes, sino compañeros; no erige iglesias, sino sindicatos: Nadie lo podrá matar.
En el tomo II de la Historia de la Literatura Cubana, del Instituto de Literatura y Lingüística, explican que más de un crítico considera esta la cumbre de la obra lírica de Guillén. Y, sobre todo, insisten en sus aportes a la tradición elegíaca de la poesía cubana.
A su manera personal de entender y plasmar lo elegíaco la caracteriza el interés por ampliar los límites de la elegía clásica, al pasar del «sentir íntimo y absolutamente individual a un estado de emotividad concurrente»; es decir, el sentimiento del individuo lleva implícito y es trasunto de una emoción colectiva.
La Elegía a Jesús Menéndez no provoca quedarse en la introspección tras el dolor, supone un canto para acabar con la injusticia, porque asegura que la ignominia no puede durar para siempre. De la irreverencia tras el tono bíblico de estos versos se han dado cuenta muchos investigadores, incluso fuera de la Isla, como el crítico polaco Stefan Moravski, quien aseguró que podríamos calificarla de Escritura prometeica para los pueblos del Tercer Mundo.
El venidero diciembre se cumplirán 115 años del nacimiento de Jesús Menéndez, y los versos del Poeta Nacional de Cuba nos lo seguirán trayendo vivo:
Entonces llegará,
General de las Cañas, con su sable
hecho de un gran relámpago bruñido;
entonces llegará
jinete en un caballo de agua y humo,
lenta sonrisa en el saludo lento;
entonces llegará para decir,
Jesús, para decir:
–Mirad, he aquí el azúcar ya sin lágrimas.
Para decir:
–He vuelto, no temáis.
Para decir:
–Fue largo el viaje y áspero el camino.
Creció un árbol con sangre de mi herida.
Canta desde él un pájaro a la vida.
La mañana se anuncia con un trino.

